Si, como dijo Barack Obama hace una semana en la apertura de la Asamblea General de la ONU, la paz en Medio Oriente no llegará en virtud de meros pronunciamientos de foros internacionales, es claro también que desbaratar una movida tan fuerte como la desplegada por el presidente palestino, Mahmud Abás, iba a requerir más que palabras. Así, la decisión israelí de construir más de un millar de nuevas viviendas en el sector árabe de Jerusalén busca derribar de un solo golpe la estrategia palestina para un reconocimiento de su Estado e independencia, y el ridículo en que sumió a las principales cancillerías occidentales, con el Departamento de Estado a la cabeza, supone un subproducto inevitable y políticamente costoso.
Se sabe que la Casa Blanca ya anunció que hará uso de su privilegio de veto en caso de que la moción en favor del Estado palestino recoja el necesario voto de nueve de los quince componentes del Consejo de Seguridad. Eso, que inviabilizaría el reconocimiento del 194º miembro de la ONU, le dejaría a Abás, con todo, un plan B: una votación por mayoría simple en la Asamblea General para la admisión como Estado no miembro. Un estatus recortado, desde ya, pero que supondría un avance sobre lo actual y reconocimiento de facto para nada despreciables.
Al presentar el viernes último su caso ante el Consejo, pero aclarando que no forzarían los tiempos, los palestinos dejaron espacio para un delicado minué diplomático que se debía jugar fuera de aquel foro. Lo costoso que le resultaría a Estados Unidos conciliar un veto a Palestina con su prédica en favor de la soberanía popular en el marco de la llamada «primavera árabe» llevó al Departamento de Estado a poner en marcha una ofensiva negociadora urgente. En ese marco, la perspectiva de conformarse con un reconocimiento limitado en la Asamblea a cambio de un reinicio del diálogo con Israel (con un plazo rígido de un año -que incomoda a Netanyahu- para un arreglo definitivo y con los temas más conflictivos sobre la mesa, como las fronteras de 1967, la cuestión de Jerusalén y el retorno de los refugiados) habría resultado para los palestinos un logro tangible.
Un proyecto de construcción de asentamientos tan importante como el anunciado ayer desbarata, de no ser revertido, cualquier posibilidad de diálogo. Es que los palestinos han establecido como condición ineludible para cualquier tratativa un congelamiento serio de la expansión colonizadora, un afán para el que cuentan con un apoyo de la comunidad internacional tan amplio como, las más de las veces, poco saludablemente retórico.
Incluso Obama se ha pronunciado en el pasado en contra de dicha política, un eco de lo cual se volvió a escuchar ayer en las quejas de Hillary Clinton. Tiempo atrás, un anuncio similar durante una gira del vicepresidente Joseph Biden por Medio Oriente motivó un entredicho muy sonoro entre los dos países aliados.
Ayer, mientras se cocinaba el anuncio hebreo, Obama hablaba del «lazo inquebrantable» entre los dos países con motivo del saludo por el Año Nuevo judío. Así, por más destratado que haya sido, el demócrata no podrá, con las elecciones presidenciales de noviembre del año próximo y una cuesta muy empinada a la vista, volver sobre sus promesas de alinearse con Israel contra un reconocimiento forzado de la independencia palestina. Pero más allá de los pataleos de rigor que se presenciarán en los próximos días, deberá asumir los costos políticos correspondientes. Ser considerado un Presidente impotente en materia internacional o uno poseedor de un irritante doble discurso son, ciertamente, alternativas poco atractivas.
El canciller israelí, Avigdor Lieberman, un duro entre los duros, había dicho el lunes que su Gobierno debía «reconocimiento a Estados Unidos por la ayuda» de los últimos días. El pago, todo indica, fue escaso y amargo.
Pero si bien la jugada del Gobierno de Benjamín Netanyahu aparece efectiva para desarticular la embestida palestina, los costos para Israel no serán menores. ¿Cuál será, tras los hechos de ayer, la actitud de los países a los que Washington presiona en estos días para que voten en contra en el Consejo de Seguridad a fin de evitarse el uso del veto? Las musulmanas Bosnia-Herzegovina y Nigeria, Gabón y hasta Portugal (con poca autonomía política en estos tiempos de crisis) se cuentan entre los miembros rotativos del Consejo que podrían encontrar menos incentivos para alinearse con Washington. El espectro del veto crece para Obama, y el de un aislamiento aun mayor que el actual (lo que no es poco decir), para Israel.
No le faltan razones al Estado judío cuando alega lo difícil que es negociar con los palestinos. ¿Con quién hacerlo, quién puede, del otro lado, dar garantías de cumplimiento de cualquier pacto? Un líder moderado pero probadamente impotente como Abás; un poder en alza como el islamista Hamás, expeditivo en el recurso al terrorismo y que rechaza cualquier compromiso; la propia fragmentación del liderazgo territorial, con el primero en Cisjordania y el segundo reinando en Gaza.
Sin embargo, las justificaciones se acaban cuando de colonización se trata, una política mundialmente condenada. Y una bomba de tiempo: unos 330.000 israelíes viven ya en los asentamientos de Cisjordania y Jerusalén Oriental, que obligarán, en cualquier escenario de tratado de paz, a que los palestinos asuman la pérdida (otra más) del ya magro territorio que dará carnadura a su Estado. Es impensable su desalojo, ni por voluntad de Israel ni por la posibilidad de que los colonos lo acepten, personas en muchos casos de una ideología militantemente nacionalista y armadas, como parte de las fuerzas de seguridad del país.
Que surja un Estado palestino como fruto de negociaciones o como un gesto unilateral no es indiferente para Israel. Lo segundo dejaría planeando el problema de las fronteras, el de Jerusalén, la espada de Damocles demográfica que significaría el retorno de los refugiados, su carácter militarizado.
El problema es que, para evitarlo, en lugar de volver a explorar la diplomacia, Netanyahu opta por la política del hecho consumado, el desaire a los aliados y el aislamiento extremo. Obama podrá ordenar el veto, por más incómodo que se sienta, en el Consejo de Seguridad, pero una votación abrumadora en la Asamblea que dé a Palestina un cierto estatus de Estado podría convertirse en un trago demasiado amargo para quien optó por quemar las naves.
Mientras el mapa político de Medio Oriente cambia vertiginosamente, y los aliados de ayer, como Egipto y Turquía, acaso ya no lo sean mañana, puede que Netanyahu se asome pronto a un abismo impensado: la realidad de un Estado palestino reconocido por casi todo el mundo, con sus reclamos vigentes sobre Jerusalén y las tierras colonizadas, sin limitaciones para armarse y sin compromisos en cuanto al control del islamismo violento. Son los riesgos de imitar demasiado frecuentemente a Pirro.
(Nota publicada en Ámbito Financiero).

