La liberación de más de un millar de presos palestinos, muchos de ellos condenados a perpetuidad por graves atentados terroristas contra civiles, a cambio de un soldado secuestrado en Gaza fue una jugada de alto riesgo para Benjamín Netanyahu, pero todo indica que su consumación supondrá para él un resonante triunfo político.
Aunque en Occidente se desconocen muchas veces las peculiaridades de la política israelí y, por eso, se exageraba la merma de popularidad del Primer Ministro, es cierto que su Gobierno de coalición arrastraba dificultades importantes.
Aunque la economía hebrea viene resistiendo a pie firme el vendaval internacional y exhibió en 2010 y en que va de 2011 tasas de crecimiento próximas al 5%, una pobreza cercana al 25% de la población y las cada vez mayores estrecheces de la clase media generaron un movimiento social de protesta como pocas veces se había visto. Así, las manifestaciones de «indignados» de los últimos meses llegaron a reunir a casi medio millón de personas, una enormidad en un país de 7,5 millones. Las demandas en pos de una extensión de la educación pública, de una política de vivienda amplia y asequible y de una reducción de la brecha entre ricos y pobres dejaban de lado, por fin, las cuestiones ligadas a la seguridad frente al terrorismo y asemejaban a Israel a un país como los demás.
El auge de dicho movimiento coincidió con una caída de la popularidad de Netanyahu a poco más del 30%, una luz de alerta pero no una catástrofe en un sistema parlamentario y políticamente muy fragmentado como el hebreo, que requiere de la conformación de coaliciones para la consagración de sus gobiernos. Con todo, los traspiés del premier en materia diplomática magnificaban, puertas afuera de Israel, esa sensación de fragilidad.
La relación con Barack Obama es, para ambos, forzada e hija de la necesidad. Para el israelí, dada la dependencia de Estados Unidos en materia de seguridad y respaldo político; para el norteamericano, debido a la importancia de los grupos de presión y del electorado judíos. Pese a ello, han protagonizado más de un choque, y el mantenimiento de una alianza tradicional no ha evitado que la Casa Blanca amonestara pública y repetidamente al Estado judío por su política de expansión de los asentamientos en Cisjordania y Jerusalén oriental.
El último capítulo de esta disputa se produjo el 27 de septiembre último, a propósito de la decisión de construir un millar de viviendas en la zona árabe de esa ciudad, una movida que, de hecho, inviabilizaba cualquier posibilidad de diálogo de paz con los palestinos. Por si eso fuera poco, comenzó a discutirse abiertamente una posible legalización masiva de construcciones realizadas en zonas palestinas y consideradas clandestinas incluso por la ley israelí. ¿Cómo pretender una negociación en serio cuando la persistencia de esa política a través de los años, que ha tenido singular fuerza desde los 90, tiende a reducir casi al absurdo el territorio donde debería surgir un Estado palestino?
La movida coincidió, hay que recordarlo, con el pedido de Palestina para que la ONU la acepte como miembro pleno. El tema duerme, por ahora, en el Consejo de Seguridad y pone a Washington ante la incómoda tarea de amenazar con imponer un veto a los derechos de un pueblo árabe mientras contribuye con bombardeos en nombre de los de otro, como el libio.
Se decía entonces, y con razón, que Israel ahondaba su aislamiento internacional. Hasta la Casa Blanca lo señalaba, habida cuenta de sus dificultades para contener la ola de simpatía que el pedido del presidente Mahmud Abás despertaba en más de un centenar largo de gobiernos.
Fue, justamente, el discurso de Netanyahu ante la Asamblea General, a fines del mes pasado, el punto de inflexión para su imagen. La mezcla de invitación a negociar (retórica, por lo que se ve) y de firmeza contra al reclamo palestino cayó bien en su país, y su popularidad saltó casi diez puntos hasta un 41%, de acuerdo con una encuesta publicada por el diario Haaretz. Este, de tendencia progresista, indicó incluso que, si se votara ahora, la actual coalición de Netanyahu, que integran su partido Likud y agrupaciones de la derecha nacionalista y religiosas, no tendría problemas en retener una clara mayoría. Los comicios están previstos para 2013.
Desde el martes 10, con la obtención de la liberación del sargento Guilad Shalit, aquel repunte resultará, a no dudarlo, mucho más contundente. El tema es causa nacional en Israel, tanto que, para resolverlo, la sociedad está dispuesta en casi un 80% a asumir el riesgo práctico de seguridad y el dilema moral de liberar a terroristas convictos, responsables de atentados horrendos contra bares, colectivos y otros objetivos civiles. La queja de los sobrevivientes y de los deudos de los inmolados es un dato relevante, conmovedor, pero que no vuelca la balanza de la opinión pública.
Por si eso fuera poco, también la semana pasada (verdaderamente brillante para Netanyahu), Obama le regaló otro triunfo preciado: la denuncia de un complot iraní en Washington acerca más al demócrata a la línea dura y hace más creíbles las amenazas de acciones militares contra objetivos nucleares en la República Islámica, ampliamente sospechados de tener fines militares. Una salida que Israel alienta, absolutamente descreído de la eficacia de las sanciones económicas y políticas.
La política inflexible del premier puede causar perplejidad en Occidente, pero le empieza a dar muy buenos dividendos en lo doméstico, algo elocuente sobre el giro ideológico que ha experimentado la sociedad israelí desde que se hizo patente el agotamiento del proceso de paz iniciado en Oslo en 1993.
El problema es que, al otro lado de una de las fronteras ccidentales del país, Hamás sigue reinando en la Franja de Gaza, donde su liderazgo no logró ser socavado decisivamente por el bloqueo impuesto por Israel. Y que ese grupo político-religioso-terrorista también obtendrá un triunfo neto con el canje de prisioneros.
Muchos de los más de mil liberados pertenecen a la facción palestina rival de los islamistas, Al Fatah. Sus familiares no han dejado de agradecer en los últimos días a Hamás por la gestión, en la que este mostró «magnanimidad» hacia el frente interno al no privilegiar la obtención de beneficios para sus propios cuadros. Con los fastos preparados para hoy para recibir a los «héroes», sus dirigentes disfrutarán, a no dudarlo, de una explosión de popularidad seguramente mayor que la del propio Netanyahu. Erradicar del corazón de una mayoría de los palestinos a ese grupo violento, por ahora totalmente refractario a reconocer al Estado judío, será todavía más difícil a partir de ahora.
¿En qué dinámica inquietante sigue entrampado Medio Oriente, que hace que los enemigos más irreconciliables, los menos favorables a una solución negociada, saquen tanto partido de sus acuerdos de guerra? Una pregunta que da mucho que pensar.
(Nota publicada en Ámbito Financiero).


