Aunque esperada, la noticia sacudió ayer al mundo poco antes de las 8 de la mañana hora argentina: Muamar el Gadafi, el monstruo que tiranizó a Libia durante 42 años, había sido capturado. Presentaba heridas en sus piernas, se dijo, pero estaba vivo.
Poco después se informó que había muerto debido a la gravedad de las lesiones. Más tarde, que el deceso se había producido en realidad en un enfrentamiento. La existencia de versiones tan encontradasyty cruzadas puede ser natural en una alianza heterogénea como el Consejo Nacional de Transición, pero la desconfianza quedó instalada.
Las dudas se transformaron en algo más al cabo de pocas horas, cuando ese caos que es el CNT permitió que las pandillas armadas que lo habían atrapado en Sirte tomaran, alegres, cuantas fotografías quisieran y hasta videos de Gadafi, en los que éste aparecía no sólo vivo, sino de pie y caminando por sus propios medios.
Por si eso fuera poco, un «testigo de alto rango del CNT» declaró a la irreprochable agencia Reuters que «ellos lo capturaron vivo y mientras era trasladado lo golpearon y luego lo mataron». En las imágenes se escuchan gritos de «¡manténganlo vivo!», tras lo cual se oyen disparos y la cámara se desvía, prosigue Reuters.
Poco después, la extraña danza de informes sobre captura, heridas y fallecimiento se repitió con dos de los hijos del exdictador, Mutasim y Saif al Islam. Tantas ejecuciones en un solo día no son un augurio favorable para la construcción de una democracia plena como la que se promete.
Desde Barack Obama hasta Nicolas Sarkozy, pasando por Silvio Berlusconi y David Cameron, Occidente saludó la noticia y se congratuló por el futuro luminoso que aguarda a la nueva Libia. Reacción comprensible de los líderes de una alianza como la OTAN que buscó desde el principio la eliminación física de Gadafi (de hecho, su convoy fue atacado ayer inicialmente desde aviones franceses y estadounidenses), pese a que ningún párrafo de la Resolución 1.973 del Consejo de Seguridad autoriza semejante cosa. Y entendible por partida doble en el caso de Obama, un hombre cada vez más extrañado del premio Nobel que supo ser, acostumbrado como está al expediente de la eliminación física de los enemigos sin juicio previo, como ocurrió en otro aparente caso de quema de archivo: el de Osama bin Laden.
A no confundirse: el libio y el saudita murieron en su ley. Pero la ley es justamente lo que las naciones civilizadas pregonan para el mundo, aunque, como se ve una vez más, sin predicar con el ejemplo.
Sin demora, voceros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte se apresuraron a afirmar que, dados los acontecimientos, la alianza declararía hoy mismo el final de sus operaciones en Libia. Curioso: ¿no sería mejor desarmar a las milicias gadafistas, asegurarse de que no habrá represalias o nuevos combates, que el país está verdaderamente pacificado y los civiles, a salvo, tal el noble encargo de la 1.973? Alguna mente suspicaz podría sospechar que el espectáculo vejatorio que exhiben aquellas imágenes, y el linchamiento espeluznante que no muestran pero sugieren, obligan a tomar toda la distancia posible de socios tan impresentables, por cuyo comportamiento futuro cabe plantear el más angustioso de los interrogantes.
Igual de impresentables que el propio difunto, por caso, quien pasó de revolucionario carismático en su golpe del último año de la década de 1960 a fanático antiisraelí y antiimperialista en los 70, promotor del terrorismo y «perro rabioso» según Ronald Reagan en los 80, contumaz protector de los atacantes del avión de Pan Am en los 90 e «hijo pródigo» de Occidente que abjuró de la violencia, indemnizó a sus víctimas, canceló su plan nuclear y permitió buenos negocios a las grandes petroleras en el nuevo siglo.
Freno para Al Qaeda, además, según sus otrora defensores internacionales, dueño de métodos eficaces para hacer interrogar como se debe a los sospechosos de terrorismo que la CIA «tercerizaba» en las mazmorras del Tercer Mundo tras el 11-S, Gadafi fue armado por Occidente hasta semanas antes de la revolución de febrero.
La apresurada condena de Sarkozy, Berlusconi y Obama a la masacre que ordenó entonces contra su propio pueblo (una más, en verdad) y su resistencia a renunciar hicieron temer a aquellos por las cuantiosas inversiones de Total, ENI, British Petroleum, ConocoPhillips, ExxonMobil, Chevron, Occidental, Royal Dutch Shell y Repsol, entre otras. Hubo que salir a defender la libertad, la misma que es ignorada olímpicamente en Siria, Irán y otras satrapías feroces.
Ahora sí, cayó y ya no puede volver. El CNT acaba de anunciar que revisará todos los contratos de petróleo y gas de la era Gadafi; China, Rusia y Brasil se revuelven ante el temor a que el examen lleve, como ya se sugirió, a premiar sólo a quienes apoyaron la revolución desde el comienzo. La OTAN podrá alejarse pronto, pero otras manos pasarán más temprano que tarde a cobrar los servicios prestados.
Mientras, los monstruos de Damasco, Teherán y demás capitales sometidas sacan otra conclusión: no es una buena idea renunciar al terrorismo y a las armas nucleares. Suponen que Occidente suele olvidar fácilmente los gestos amigables.
(Nota publicada en Ámbito Financiero).

