Entre preocupantes noticias de escraches a negocios argentinos en España, prohibición de la entrada a ciudadanos de nuestro país enrestaurantes, comentarios rayanos con el delito en algunos diarios importantes de ese país e insultos variados en redes sociales transcurren los primeros días desde la reestatización de YPF.
La principal entidad patronal de ese país, la CEOE, se sumó ayer a la tendencia al proponer, por boca de su vicepresidente, Arturo Fernández, un embargo a los productos argentinos. Tan nublado por el enojo, ni debe recordar a Hegel y su «diálectica del amo y el esclavo»: lasrespuestas escalan en dramática cadena y pueden desvelar el hecho de que el poder no es propiedad de ningún par de manos y hay demonios que es mejor no despertar.
La decisión de la Casa Rosada, verdaderamente sensible, desató un vendaval esperable. Lo que sorprende es el patrioterismo que se ha desatado en España, y que sus élites más conscientes, desde la prensa hasta el propio Gobierno, la estimulen tan desaprensivamente.
La carta nacionalista es, se sabe, tan conveniente para losgobiernos en apuros como difícil de rebatir para sus opositores. Y vaya siMariano Rajoy y sus lenguaraces funcionarios la están jugando a pleno, casi como generales en guerra o al estilo de una Margaret Thatcher modelo 82.
Tanto es así que en nuestro país algunos estimaron que el Gobierno de Cristina Kirchner le ha dado al gallego una tabla de salvación política. Difícilmente sea así: la pérdida del 50% de la producción, del 40% de las reservas y del 30% de las ganancias para la multinacional petrolera española, una de las mayores empresas de ese país, parece demasiado dolorosa como para que aquello resulte verdaderamente un consuelo.
Hasta ahora sólo la izquierda dura de España, tanto a nivel nacional como en autonomías como la vasca, se ha negado a pegar el honor nacional a los balances de una multinacional. No ha sido el caso del PartidoSocialista, históricamente tan sensible como el Popular a ese tipo de causas. El interés nacional manda: el de las empresas, siempre; el de las mayorías, sólo si Bruselas y Berlín no disponen lo contrario.
Se acusa de expolio y latrocinio a la Argentina. A su Gobierno y, dados los recientes excesos, a los propios argentinos. A quienes apoyan la expropiación y a quienes no. Y, piense lo que piense sobre el tema, a usted también, lector.
Lo curioso es quien cruzó la línea roja entre el gesto político y el juego nacionalista, quien dio rienda suelta a ese tono destemplado y nada hace para contenerlo, es el propio Rajoy. Portavoz de JoséMaría Aznar en 2003, tuvo a su cargo la responsabilidad de ponerle la cara y la voz a la membresía española en el club fundacional de los invasores de Irak. Engaño y masacre. Expolio y latrocinio.
La furia española cunde. Según una encuesta difundida ayer por el Real Instituto Elcano, el 82,6% de los españoles rechazan la expropiación de la petrolera. Pero esa casi unanimidad acaso termine desinflándose más temprano que tarde. Al menos a nivel de los pequeños accionistas españoles de Repsol, el enojo con la Argentina convive con la incipiente conciencia de los posibles efectos perniciosos de una reacción de los funcionarios de Rajoy que fue demasiado apresurada (al menos para hacerla pública) y destemplada.
Las severas admoniciones en video del ministro de Industria, Energía y Turismo, José Manuel Soria; los rapapolvos del canciller José Manuel García-Margallo al embajador argentino Carlos Bettini, que hasta incluyeron amenazas de ruptura de relaciones diplomáticas; y, el colmo, la calificación de «apestado internacional» que dedicó a nuestro país el secretario de Estado para la Unión Europea, Iñigo Méndez de Vigo, son, en este sentido, hitos memorables. Todo dicho, vale recordarlo, antes del anuncio de la reestatización, en imperativo tono metropolitano, como si ignoraran que es mejor no torear de esa manera al levantisco kirchnerismo.
Algunos de aquellos accionistas individuales ya reconocen, de hecho, que esas frases hirientes pueden haber resultado contraproducentes para los intereses de la compañía y que, acaso, precipitaron o endurecieron los detalles del anuncio argentino y el modo en que se trató a los cesanteados ejecutivos españoles.
Los socialistas, tan en baja después de la ignominiosa salida del poder que les impuso la crisis que no supieron prever ni manejar, podrían hallar pronto un alivio al recordar que, aun en crisis parecidas para sus inversiones en América del Sur (la nacionalización del gas en Bolivia en 2006, la estatización de las AFJP aquí) jamás se llegó a rupturas como la de hoy. Cuestión de muñeca, digamos.
¿Hace al interés de Repsol un juicio de años por la cifra que debe pagarse por la expropiación? ¿No sería sensato aceptar, después de las quejas de rigor, la decisión de un país soberano e intentar negociar dicho monto en las condiciones más favorables que sea posible? Hasta hoy, Rajoy voló todos los puentes.
El 21 de noviembre último, apenas concretado su resonante triunfo en las elecciones, nos preguntábamos en este diario si los fuegos de artificio del festejo no dejarían paso rápidamente, dada la crudeza de la crisis económica y la esperable torsión de sus medidas de ajuste, a los pases de facturas. Aunque la pregunta podía parecer prematura y hasta injusta para quien acababa de ganar, el tiempo la ha justificado con creces. La persistente desconfianza de los mercados, las dudas hasta del Fondo Monetario Internacional acerca de si la receta de austeridad aplicada no es una demasía, un paro general contundente y una sonora derrota en esperados comicios autonómicos han marcado un antes y un después para la joven administración.
El domingo se conoció una encuesta de Metroscopia, publicada por el diario El País, que dio cuenta de un derrumbe de la aprobación al Gobierno, que cayó del 46,3% al 38,1% en sólo un mes. El patrioterismo de la hora revertirá la tendencia, sin dudas, pero esa espuma inevitablemente bajará.
Mientras, la recesión y el desempleo seguirán haciendo su trabajo corrosivo y los cuestionamientos a su manejo de esta crisis no tardarán en aparecer.
Caramba, hemos tratado de evitar la chicana hasta el final, pero no podremos evitarlo: Rajoy se ha revelado tan sutil como un elefante en un bazar.

(Nota publicada el jueves 19 de abril de 2012 en Ámbito Financiero).