La falla tectónica confesional que expone la guerra civil siria está provocando cambios trascendentes en Oriente Medio, por más que el horroroso espectáculo de los cadáveres acumulados en los suburbios de Damasco, en Alepo y en otras ciudades los dejen por ahora en un segundo plano. Uno de ellos, muy importante por sus implicancias, es el que involucra al grupo islamista Hamás, que comienza a distanciarse de Siria e Irán.
El primer ministro de Hamás (acrónimo en árabe de Movimiento de Resistencia Islámica, que además significa «furor»), Ismail Haniye (foto), señaló ayer que no acudirá a la 16ª Cumbre del Movimiento de Países No Alineados que se realizará en Teherán esta semana. Su portavoz, Taher al Nanu, justificó la decisión en el deseo de evitar rivalizar con el liderazgo laico de Al Fatah en Cisjordania, a fin de «no ahondar la división interna palestina ni dañar los intereses del pueblo palestino», según consignó ayer un cable fechado en Gaza por la agencia EFE.
Es cierto que el presidente palestino Mahmud Abás (Abu Mazen) aceptó la invitación iraní y que una presencia de Haniye habría expuesto, por si hiciera falta, la insalvable rivalidad interpalestina. Sin embargo, la agencia noticiosa Quds interpretó ayer el faltazo de éste como una «protesta silenciosa» contra el creciente apoyo iraní a Bashar al Asad.
Mientras, Irán reaccionó al anuncio asegurando que «ninguna invitación oficial de la República Islámica fue enviada al primer ministro de Hamás», según palabras del vocero del encuentro de los No Alineados, Mohamed Reza Forqami.
Sea cual fuere la verdad, lo indudable es que Hamás, hasta hace muy poco ariete sirio e iraní en la política palestina y en el conflicto con Israel, se aleja de sus antiguos mentores y financistas, y que eso puede impactar con fuerza en sus próximos pasos y en su futuro perfil.
Hasta que Hamás llegó al poder tras su triunfo en las elecciones legislativas palestinas de 2006, el centro del poder en el movimiento pasaba por su oficina en Damasco, a cargo de Jaled Meshaal. Pero la obtención de control territorial en Gaza, el conato de guerra civil que la siguió, con la expulsión de los milicianos de Al Fatah de la Franja y de los de Hamás de Cisjordania, y el posterior crecimiento de su influencia incluso en este último territorio modificó aquel panorama.
Como se dijo, la guerra civil en Siria añade un componente clave en el cambio de las lealtades del grupo islamista, cuya carta fundacional llama a la destrucción del Estado de Israel.
«No sorprende que la lucha en Siria sea tan prolongada y de suma cero, porque allí hay una pelea entre sectores étnicos y confesionales, uno de los cuales está representado en el Gobierno. En Túnez y Egipto el conflicto fue más corto, de más rápida resolución», le dijo a este periodista el historiador Bruce Maddy-Weitzman, durante un encuentro reciente en Israel.
Este especialista del Centro Moshe Dayan de Estudios de Oriente Medio y África de la Universidad de Tel Aviv, recordó que los alauitas, la rama escindida del chiismo a la que pertenece la familia Al Asad, con presencia en el sur pero sobre todo en la costa noroeste de Siria, da cuenta de algo más del 12% de la población de ese país, contra dos tercios de la mayoría sunita. El resto son drusos, cristianos y kurdos, principalmente.
Según Maddy-Weitzman, la actual guerra civil hace aflorar del peor modo una vieja disputa: ya no es sostenible que una minoría detente el poder frente a «la élite comercial e intelectual sunita», que siente que es la que debe liderar el país.
Coincidió con él Meir Litvak, director del Centro de Estudios sobre Irán, con sede en Tel Aviv. «En Siria no hay una guerra de todo el pueblo frente al Gobierno, sino una de la mayoría sunita contra minorías como la alauita, la drusa y la cristiana», le dijo a este periodista. Un hecho que, en su opinión, va en línea con «la fisura principal que separa al mundo árabe: sunitas contra chiitas», incluyendo en este último término a la rama afín del alauismo. Algo que explica que Irán, país chiita que no pertenece al mundo árabe, pero que juega fuerte en la región con su tradicional apoyo a Al Asad, haya cerrado filas férreamente con éste y apoyado su represión impiadosa.
Litvak registra el deslizamiento, silencioso pero crucial, de las lealtades de Hamás, de base sunita. «Hasta ahora el movimiento era aliado de Irán y Siria, pero hoy vemos que apoya a los sunitas (en la guerra civil de este último país) y está cambiando su postura», afirmó. ¿Ahogo financiero en puerta para Hamás? Para nada. Sus otras fuentes tradicionales de dinero fresco, los islamistas radicales del Golfo, distan de secarse.
En este contexto cabe registrar las sugestivas declaraciones que viene repitiendo desde la semana pasada el canciller israelí, el nacionalista duro Avigdor Lieberman. Según él, Abas no tiene más excusas para sostenerse como presidente de la Autoridad Palestina sin llamar a elecciones. Razón no le falta: su mandato ha caducado con creces, y la falta de comicios debería explicarse, en buena medida, en la presunción de que Hamás arrasaría, ya no en Gaza, sino en Cisjordania, hasta ahora gran bastión de Al Fatah.
Lieberman fue más allá: dijo que Abás es el principal obstáculo para un relanzamiento del diálogo de paz con los palestinos, que sería positivo que fuera removido en nuevas elecciones y que es más peligroso que los islamistas, visión que ratificó ayer en una entrevista con el diario de centroizquierda Haaretz.
Curioso: el sentido común internacional ve a aquél como un moderado, que acepta la existencia de Israel, a diferencia de Hamás. ¿Cuál es, entonces, el subtexto de esas declaraciones?
Uno, posible, dados los antecedentes ideológicos del canciller, es que impulsa los comicios justamente para que los gane Hamás y tener así un pretexto perfecto para congelar sine die la reapertura de las negociaciones, dando rienda suelta a la colonización israelí de Cisjordania.
¿Única posibilidad? No. La otra tiene que ver con un creciente consenso en Israel de que Abás no es ya representativo y que ningún acuerdo de paz real puede prescindir de Hamás.
Eso cree otro experto, miembro durante casi una década de los equipos negociadores de la Oficina del Primer Ministro (desde Yizhak Rabin a Ehud Barak, pasando por Shimon Peres y el primer mandato de Benjamín Netanyahu) y hoy volcado a la actividad independiente, Moti Cristal.
«En 2000, en las últimas negociaciones de Camp David, Hamás no era un elemento tan fuerte. Hoy no se puede hablar con otro grupo que no sea él», explicó.
¿Pero cómo llevar a la mesa de las negociaciones a un movimiento que es político y social, pero que cuenta con una ideología islamista y un aparato ampliamente considerado como terrorista a nivel internacional? «Yo no lo pongo en el campo de los fundamentalistas. Cuando quieren negociar con Israel, por los prisioneros, por ejemplo, o con Egipto, lo hacen sin ningún problema. Los musulmanes negocian en pos de sus intereses o hacen la guerra como cualquier otro», señaló intentando despejar prejuicios muy arraigados.
«Ellos, que son nuestros enemigos, fueron muy, muy fundamentalistas y antiisraelíes, pero cuando se tiene que gobernar, como ahora, deben darle a la gente educación, cloacas… En ese contexto, el discurso religioso dura un minuto. Los políticos usan la religión para movilizar a los pueblos, pero la religión no reina, sólo reina la política», remató, apostando a una inevitable moderación futura de Hamás.
¿Será que se cumple una vez más la vieja máxima (muchas veces cierta, pero otras exagerada como verdad absoluta y fuente de dolorosas decepciones) de que la paz en Oriente Medio sólo la hacen los duros, y que el irritante Lieberman quiere continuar la estela de Menahem Beguin y de Rabin? Imposible afirmarlo. Lo único cierto es que algo muy profundo está cambiando en la región. Y que conviene estar alertas.
(Nota publicada en Ámbito Financiero).

