El hecho de que el diplomático asesinado en Libia haya sido Christopher Stevens y no otro cualquiera constituye un símbolo cruel de los dilemas que la llamada «primavera árabe» plantea a la Casa Blanca, para peor en el tramo final y más difícil de la carrera hacia las elecciones de noviembre.
Su rol como constructor de la «nueva Libia» fue ayer ampliamente recordado tanto por Barack Obama como por su canciller, Hillary Clinton. En efecto, el embajador muerto fue el mejor abogado que el enjambre de grupúsculos antigadafistas aglutinados en el Consejo Nacional de Transición encontró dentro del Departamento de Estado. El hombre, que definió al CNT en los albores del levantamiento contra el tirano como «una entidad política digna de nuestro respaldo», fue clave en el otorgamiento de la primera donación de «ayuda no letal» por u$s 25 millones a los rebeldes. Desde entonces, la suerte del coronel quedó echada.
La intervención occidental en Libia fue posible debido a una azarosa combinación de intereses petroleros considerables, sobre todo franceses e italianos, amenazados tras la indignada reacción occidental a las matanzas de Muamar el Gadafi, con la falta de un compromiso geopolítico fuerte de países como Rusia y China, más renuentes a ese tipo de solución en países que considera aliados más prioritarios. Pero si esos factores fueron las condiciones de posibilidad de los bombardeos, el libreto resultó más conocido: la eterna, y siempre inconclusa, cruzada por la implantación de la democracia en esos confines. Una apuesta que, cabe recordar, ha sido fallida o, cuando menos, traumática una y otra vez, algo que ejemplifican suficientemente los casos de Afganistán e Irak.
Hoy, la «primavera árabe» plantea un desafío moral y político similar en Siria, donde la falta de intereses petroleros de cuantía y las resistencias de Moscú y Pekín, hace pocos días reprochadas con «decepción» por la secretaria Clinton, actúan en sentido inverso a lo ocurrido en Libia. En aquel país la carnicería puede continuar.
En todo caso, el caos político y de seguridad que pone de manifiesto el episodio que terminó con la vida de Stevens marca una vez más las limitaciones de aquel libreto, refuerza la postura rusa y china y tiende a enfriar los ardores franceses y norteamericanos por una solución drástica contra Bashar al Asad.
Nadie puede decir, por caso, que Israel vea en este último precisamente a un aliado. Sin embargo, las dudas del Estado judío sobre la conveniencia de apostar militarmente a la caída de las dictaduras árabes, desde una amiga como la de Hosni Mubarak hasta otra hostil como la siria, ilustran a la perfección los peligros de abrir la caja de Pandora de transiciones que deben conducir grupos y referentes dudosamente confiables.
Ahora bien, ¿qué Libia ayudó a construir el asesinado «arquitecto» de esa transición? Aun a riesgo de ser injustos dado que no ha transcurrido ni siquiera un año desde la caída de Gadafi, puede concluirse que un orden políticamente viable dista de estar asegurado en Libia.
Las hipótesis acerca de la autoría del ataque contra el consulado estadounidense ponen de manifiesto el caos reinante.
El nuevo régimen libio, que se halla en plenos enjuagues tribales para elegir al gabinete que liderará el primer ministro filoislamista Mustafa Abu Shagur, elegido ayer por la Asamblea Nacional, señaló dos sospechosos principales: milicias gadafistas remanentes o partidarios de Al Qaeda. Una y otra posibilidad resultan perturbadoras.
La primera, por dejar claro que todo el apoyo de la OTAN y de Occidente no ha servido todavía para asegurar un control efectivo del país, sobre todo por el «detalle» de que el ataque, perpetrado por un grupo fuertemente armado, se produjo en Bengasi, la ciudad oriental que fue bastión del movimiento opositor al dictador. Comprobar una presencia militar de ese tipo en dicha región resultaría revelador de los problemas del nuevo Gobierno para controlar incluso su territorio más adicto.
La segunda es acaso peor: si Gadafi era, como otros tiranos árabes sangrientos, un freno a las redes extremistas que se aglutinan detrás de la franquicia Al Qaeda, su desaparición abrió camino al crecimiento de su influencia temible. ¿Que la operación se haya producido un 11 de septiembre es un mensaje cifrado? En todo caso, nadie que mire qué ocurrió en Irak tras la caída de Sadam Husein o, incluso, lo que pasa en los territorios palestinos puede sorprenderse por ese efecto.
Pero hay una tercera posibilidad, más seria si eso es posible: que los asesinos de Stevens sean sectores islamistas que formaron parte de la revolución antigadafista armada, financiada y políticamente apoyada por Estados Unidos.
Se dijo entonces y cabe recordarlo hoy: las imágenes de Gadafi linchado por una turba hablaban pésimo de las convicciones democráticas de sus oponentes y auguraban una cadena de venganzas muy gravosa para el futuro. Lo ocurrido en Bengasi parece sólo una muestra de los peligros que aún acechan.
(Nota publicada en Ámbito Financiero).

