Se ha dicho, y se constató por enésima vez el domingo, que el secreto del éxito inoxidable de Hugo Chávez va mucho más allá de su retórica, de su carisma y de las ventajas que le otorga el permitirse avanzar sobre las reglas de juego, estirando los límites de la democracia más allá de lo aceptable. 
Aunque suene a herejía en estos tiempos en que la política se lee monotemáticamente en términos de «relato», lo central es lo que, más allá de sus tropiezos de gestión, ha dado materialmente a los sectores populares de su país: una mejora de sus condiciones de vida. Y si se quiere insistir en la obsesión por lo simbólico, la contrapartida, el efecto secundario de eso: identidad, reconocimiento, legitimación social.
Las «misiones bolivarianas», esto es los planes de asistencia social costeados con parte de la renta petrolera, han acercado la salud, la educación, la vivienda y el abastecimiento a millones de venezolanos que habían sido olímpicamente ignorados por la clase política previa a su irrupción con el golpe fallido de 1992.
El petróleo en Venezuela, obviamente, no nació con Chávez. Si bien en sus casi catorce años de hegemonía el precio del recurso se decuplicó y el país registró ingresos por ese concepto que se acercan al billón de dólares, hay que admitir que el «boom» de los años 60 y 70 se tradujo en un derrame mucho más modesto que el actual. Así, la Venezuela «saudita» anterior a Chávez nunca dejó de registrar niveles de pobreza superiores al 50%, con una indigencia del 20%. ¿Puede sorprender, entonces, la persistencia de un voto de ese orden por el bolivariano? Aunque muchos han salido de la pobreza en estos años, casi la mitad de ese total, su cultura política sigue siendo eminentemente popular.
Cada país, cada sociedad, reclama, estructuralmente, un modo de hacer política. Si la Argentina de la extendida clase media (menguada por las sucesivas crisis, claro, pero resistente en su autopercepción y en sus valores culturales) hace que cualquier coalición ganadora no pueda prescindir de un componente de ella, algo análogo hay que decir de Venezuela. Allí no hay propuesta exitosa que no logre «morder» un componente popular significativo. Eso es lo que intentó Henrique Capriles, aunque sin la fortuna deseada.
Éste, en efecto, dejó de hablarles a las reducidas clases media y alta, una suerte de soliloquio ensayado una y otra vez por dirigentes empeñados en fracasar. Salió a la calle, tocó a la gente, se dejó tocar, prometió mantener las políticas sociales. Evidentemente no los convenció de esto último y, así, no pudo resolver el nudo de la fractura actual de la sociedad venezolana, la cuadratura del círculo: ¿qué entienden por «democracia» unos y otros?
Lo que para las clases superiores significa libertades civiles, derecho de propiedad, reglas de convivencia comúnmente aceptadas, un statu quo en definitiva, para las subalternas es, antes que nada, supervivencia biológica. Y, con esto, reconocimiento, pertenencia plena a una comunidad.
Ésas son sus cartas de ciudadanía, y es Chávez quien se las dio. Cualquier parecido con el peronismo fundacional no es, por cierto, mera coincidencia.
(Nota publicada en Ámbito Financiero).