El cobarde atentado contra un colectivo en Tel Aviv retrotrajo ayer a Israel a un estado de pánico y a un sentimiento de vulnerabilidad de los que creyó haber estado a salvo en los últimos años. El ataque explosivo en la principal ciudad del país, sin precedentes en los últimos cinco años, señala tanto el éxito como las limitaciones del modo que el Estado judío adoptó poner a su población civil a relativo resguardo: la construcción de una cerca de seguridad. La cronología de los actos de terrorismo de los últimos tiempos (ver aparte) resulta elocuente, a fuerza de breve y del carácter relativamente limitado de los hechos, muy contrastantes con los masivos que eran casi cotidianos en otros tiempos. Los antecedentes de la cerca, «el muro» para sus detractores se remontan, justamente, a los años más calientes del terror. El fracaso del intento más serio de llegar a una paz entre palestinos e israelíes en 2000, cuando Bill Clinton logró juntar en Camp David a Ehud Barak y a Yaser Arafat, marcó un punto de no retorno en las tratativas y disparó una oleada terrorista que en los tres años siguientes dejaría nada menos que 1.065 israelíes muertos en unos 300 atentados. Un ataque del brazo militar del Movimiento de Resistencia Islámica (cuyo acrónimo es Hamás, que además significa «furor» en árabe) durante el festejo del Pésaj, la pascua judía, en un hotel de Netanya, dejó el 27 de marzo de 2002 una treintena de víctimas fatales y precipitó la decisión, barajada desde hacía tiempo, de construir una separación física entre Cisjordania y el territorio israelí. El entonces primer ministro Ariel Sharon convocó indignado a los principales jefes militares, a quiénes interrogó, volcánico. «Les di todos los recursos que me pidieron, les di todo el personal que me pidieron, ¿cómo puede ser que no logren frenar a los terroristas?», preguntó el halcón según el relato del coronel Dany Tirza. Según le dijo el militar a este periodista en septiembre, cuando viajó como enviado a Israel, fue él quien le sugirió al duro premier visitar la frontera y desempolvar la idea de construir una valla de seguridad. «La única manera es construir la cerca y hacer que los trabajadores palestinos crucen la frontera de a uno, de modo de poder revisarlos», le contestó. La decisión política se tomó el 23 de junio de ese año. Tirza fue el encargado de llevar adelante la obra y de realizar el trazado en el terreno. Costó unos 3.000 millones de dólares, y un 95% de sus 725 kilómetros son un vallado de alambre, con el resto, en las zonas más peligrosas, como un intimidatorio muro de cemento armado de cuatro metros de alto. Esto es especialmente visible en la zona de Belén, por caso, donde el muro está emplazado a escasos cuatro metros de la línea de construcción de las viviendas, lo que provoca en sus habitantes agudos sentimientos de ahogo y humillación. «Cuando comenzamos la construcción vino a interiorizarse del proyecto la entonces senadora por Nueva York, Hillary Clinton, acompañada por una delegación enorme. Poco después vino otro senador, con apenas cuatro personas. Era de Illinois y se llamaba Barack Obama», le contó Tirza a Ámbito Financiero. «Si su idea es defenderse y no apropiarse de territorios, ¿por qué no la construyen dentro de Israel en vez de internarse cientos de metros del otro lado?», le preguntó Obama. «Porque hacer eso nos dejaría sin tiempo de frenar a los terroristas. Ni bien intentaran cruzar ya estarían en Israel», le respondió el coronel. Ése es justamente uno de los elementos más polémicos de la barrera de separación, vista por los palestinos como un intento de Israel de apoderarse del poco territorio que les queda para destinar a un futuro Estado. El tramo de alambre es triple, lo que da a los soldados hebreos el tiempo justo, no más de unos pocos segundos, para dar con el intruso que intenta cruzar ni bien es detectado por los sensores y las cámaras instaladas en torres de vigilancia. Entre las diferentes alambradas, la valla cuenta con un terreno que hace imposible el cruce de vehículos. «En la actualidad tenemos cada noche entre diez y veinte intentos de violarla, y dos lo logran cada semana en promedio», reveló Tirza. «Antes de la oleada terrorista, y de la construcción de la cerca, 700 mil palestinos de Cisjordania cruzaban a trabajar cada día a Israel; hoy son sólo 70 mil. Desde Gaza se pasó de cientos de miles de personas a cero», señaló, dando una idea de la fuerte reconversión en materia laboral que la cerca significó para Israel… y del grave impacto que supuso para la economía palestina. La Corte Suprema israelí ordenó modificar el trazado en varios tramos, para no dejar aislados a poblados palestinos enteros, pero la penetración de su trazado más allá de la «línea verde» establecida tras el cese del fuego en 1967 sigue siendo una constante. «Esto no es una frontera», se defendió Tirza. «La frontera se definirá en la mesa de negociaciones. Se trata solamente de un modo de defendernos», agregó a este diario. «Del mismo modo en que cayó el muro de Berlín, espero que éste también caiga. Tengo muchos amigos del lado palestino. Espero ser el primero en retirar un bloque de cemento», dijo. La cerca/muro ha sido muy efectiva, al llevar casi a cero el número de atentados terroristas y al convertir a Israel en un país mucho más seguro. ¿Qué pasó ayer, entonces? Aún no está claro si el atacante es un habitante del propio territorio israelí o, si logró llegar desde zonas palestinas, cómo lo logró. La atribución del hecho por parte de las Brigadas de los Mártires de Al Aqsa, brazo armado del partido político laico en general tenido por moderado Al Fatah, y por el ala militar del Frente Popular para la Liberación de Palestina, dejó flotando ese interrogante. En todo caso, parece claro que una cerca, o un muro, puede resultar un modo efectivo de protección, pero que sólo una paz basada en criterios de justicia es capaz de limitar con el tiempo los odios en los que medran los halcones y los extremistas.
(Nota publicada en Ámbito Financiero).

