La «primavera árabe» comprende numerosos equívocos. Empezando por su nombre, dado que si bien alude en clave metafórica al brote de movimientos adversos a las tiranías en esa región del mundo, hace a un proceso que comenzó en pleno invierno boreal: la autoinmolación de un joven tunecino en protesta contra las políticas del régimen de Ben Alí el 4 de enero del año pasado, hecho que desencadenó un efecto dominó imparable.
Otro equívoco, menos anecdótico, claro, fue el enfoque adoptado por gobiernos y analistas, que, desde el alejado punto de mira que ofrece Occidente, consideraron como simplemente «democrático» a todo un amplio abanico de sectores que incluía, sí, a grupos políticamente liberales, pero también a sectores islamistas, fuertemente enraizados en sus sociedades pero refractarios a la idea de un régimen representativo basado en el respeto a los derechos individuales y la libertad de credo.
El tercero ha sido, una vez más, el clamoroso doble patrón con que ese eufemismo que se suele mencionar con la fórmula «comunidad internacional» ha tratado a los diversos dictadores cuestionados: de la ferocidad con Muamar el Gadafi al «laissez-faire» con Bashar al Asad, pasando por la mano blanda con Ben Alí y el yemení Alí Abdalá Saleh y por el vertiginoso tránsito del amor al odio con el egipcio Hosni Mubarak. Es cierto que China y sobre todo Rusia fueron clave para que el Consejo de Seguridad de la ONU actuara en algunos casos y no lo hiciera en otros, pero las oscilaciones occidentales no fueron menos notorias ni merecen menos explicaciones en términos históricos.
Transcurridos casi dos años, el poder ha caído en manos de islamistas en Egipto y Túnez, mientras que su presencia es notoria en las bandas de salteadores que complican la transición en Libia y en las milicias que hoy amenazan a Al Asad en la propia Damasco.
Estados Unidos y los principales gobiernos europeos no saben bien qué hacer con ese elemento religioso, un problema particularmente agudo en el caso de un país tan importante como Egipto, el gigante árabe que suele marcar en buena medida el compás de los ritmos políticos en esa parte del mundo.
La relación de esas capitales con el presidente Mohamed Mursi ha pasado de la fuerte desconfianza al amor, básicamente por el rol moderador que jugó en la reciente guerra en la Franja de Gaza, otro feudo islamista, recordemos al paso. Sin embargo, mientras El Cairo jugaba, para sorpresa de Estados Unidos e Israel, un rol muy similar al que cumpliera en la era Mubarak en el plano externo, en las mismas horas en que se negociaba el cese del fuego, Mursi sorprendía al declararse, prácticamente, un nuevo faraón.
Con el poder ejecutivo ya firmemente en sus manos y también el legislativo, debido al cierre del nuevo Parlamento tras la impugnación judicial de un tramo de su elección, el mandatario de la Hermandad Musulmana declaró además, por decreto, que sus decisiones serían inmunes a la actuación de los jueces. Hasta aquí llama la atención el silencio de las Fuerzas Armadas, el contrapoder laico del gobierno.
La reacción de los dispersos grupos civiles laicos que, en rigor, lideraron la revuelta contra Mubarak, fue furiosa. Más cuando la nueva Constitución, de cuya redacción se excluyeron sus representantes debido a la hegemonía islamista de la Convención, imprime una impronta confesional al Estado que se aleja drásticamente de los ideales de la revolución. La Hermandad Musulmana, y sus aliados tácticos salafistas se quedaron con todo el poder pese a haberse sumado con retraso y oportunismo al levantamiento popular que terminó con Mubarak en febrero del año pasado.
¿Apoyar a los sectores verdaderamente laicos de Egipto o, más pragmáticamente, «dejar hacer» contra aquellos ideales a un nuevo «rais» islamista tal como se hizo tiempo atrás con el laico Mubarak? Tal el nuevo (viejo) dilema de Occidente.
El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, ayuda poco en la emergencia. Si su reacción al renovado acoso misilístico de Hamás contra zonas civiles de Israel justificó ante buena parte de los gobiernos occidentales la impiadosa ofensiva militar contra Gaza, su respuesta a la aceptación de Palestina como Estado por el 70% de la Asamblea General de la ONU resultó indigerible para aquéllos.
Las sanciones económicas y, sobre todo, la decisión de ampliar los asentamientos en Cisjordania y Jerusalén Oriental llevan la idea de una solución de «dos Estados para dos pueblos» al plano de la quimera. Ésta socava, además, la queja del propio Estado judío ante la ola de reconocimientos internacionales de Palestina en torno a las fronteras de 1967, alegando «cambios demográficos» que deben ser tenidos en cuenta: ¿qué decir de esos cambios cuando son producto de una política de colonización que, lejos de cesar, se acentúa? Y compromete, por último, el futuro del propio Israel: ¿qué respuesta implica a las preocupaciones, incluso de sectores de derecha, sobre el desigual crecimiento demográfico de las poblaciones judía y árabe, que destino cabe, en definitiva, que no implique poner el riesgo el carácter judío del Estado o su esencia democrática?
Así las cosas, no hay que sorprenderse de que aliados vitales de Israel como Estados Unidos y Alemania, hayan reprendido a Netanyahu, tal como quedó en evidencia ayer mismo en su visita a Angela Merkel. Netanyahu podrá ganar las elecciones del 22 de enero, pero su país puede perder en el camino cosas mucho más importantes.
Todo, lo que ocurre en muchos países árabes y lo que deviene de las políticas israelíes, tiende a fortalecer a los ultras y a los islamistas. Las casi 150 muertes de palestinos en Gaza y los graves daños materiales durante la operación «Pilar Defensivo» no le han hecho ni un rasguño al poder de Hamás.
El tiempo ha pasado, y con él la renovación que prometen siempre las primaveras. De aquí a fin de mes se cerrará incluso el otoño y volverá a apretar el frío en Medio Oriente.
(Nota publicada en Ámbito Financiero).

