Aunque no resulta inesperada, conmociona la confirmación, por vez primera y de boca del propio Hugo Chávez, de que el cáncer ha reaparecido en su cuerpo y que esto podría provocar su salida de la vida política. Los dichos delbolivariano parecen señalar el comienzo de una pelea seria por su sucesión, con una oposición que, si bien hace poco fue derrotada como siempre, está unida como nunca y dispuesta a dar pelea. Latinoamérica, mientras tanto, se asoma a la posibilidad de un cambio de era de consecuencias sísmicas, toda vez que quien anuncia su posible eclipse es el hombre en torno del cual giró la política de Venezuela, y en buena medida, la de región en los últimos trece años.
¿Pero qué pasará ahora? ¿Estamos en los estertores finales del chavismo? Es obvio que las últimas novedades colocan a ese espacio político hegemónico es una crisis inédita, de la que, de concretarse las peores presunciones, le costará salir. Pero se equivocan quienes piensan en su desplome irremediable y quienes desestiman su permanencia a largo plazo, tanto por su implantación en las esferas clave del poder como por su enraizamiento, más profundo y decisivo acaso, en el alma de una parte considerable del pueblo venezolano.
CLAVES PARA PENSAR EL FUTURO
Hay varios elementos que conviene tener en cuenta en esta hora de fuerte incertidumbre. Por un lado, la existencia de una Fuerza Armada Nacional purgada en buena medida de elementos opositores y atravesada por una milicia popular de medio millón de hombres y mujeres. Éste será un factor que deberá tener en cuenta una oposición que parece necesitar de esta coyuntura político-sanitaria para pensarse como una opción seria de gobierno.
En ese sentido, de haber nuevas elecciones en un plazo breve, a la oposición le podría resultar más accesible (no fácil, claro) ganar una elección que gobernar el país. La amenaza de un poder militar autónomo y capaz de disciplinar a un liderazgo ajeno al campo chavista sería omnipresente, tal como ocurrió, en otra escala, en laNicaragua postsandinista que siguió al triunfo de Violeta Chamorro en 1990.
En segundo lugar, el chavismo no estará exento de dificultades. Que el caudillo haya designado un sucesor, Nicolás Maduro, no cierra sino que abre, aunque acaso no a corto plazo, las peleas internas.
Éste, evidentemente, no está a la altura de Chávez en cuanto a mística y carisma. Ésa será su mayor debilidad a mediano plazo, cuando el gran impacto pase y los seguidores del bolivariano dejen de lado la cohesión que suele aflorar en los momentos de emergencia. La acción de gobierno, asimismo, suele generar conflictos ideológicos, tanto cuando la pureza revolucionaria parece exagerada de cara a los hechos como cuando lo que prima es la necesidad de aplicar pragmatismo. El príncipe heredero puede hallar entonces un camino mucho más difícil dentro del propio Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV).
Tercero, y en relación con lo anterior, si una hipótesis plausible es que el chavismo puede persistir en la memoria colectiva y en la política venezolana de modo tan duradero como el peronismo lo hizo en la Argentina, cabe, para seguir con el paralelismo, recordar lo ardua (y por momentos encarnizada) que resultó la pelea por la herencia del caudillo argentino.
Luis Vicente León es el director de la encuestadora Datanálisis, la más importante y creíble de Venezuela, dato que confirmó con sus sondeos en la última elección. No es, por cierto, un simpatizante del chavismo, pero eso no impide que sus análisis hayan contado todos estos años con la necesaria toma de distancia para una correcta evaluación. En declaraciones concedidas a Ámbito Financiero y recogidas en una nota del 5 de julio del año pasado, en momentos en que arreciaban las versiones sobre la suerte del bolivariano después de que se le diagnosticara su cáncer, aventuró que el movimiento buscará institucionalizarse, derivar en una suerte de «peronismo a la venezolana (…) Intentarán desesperadamente salir de la relación personalista Chávez-masa para pasar a una institucionalización simbólica del tipo chavismo-masa. Chávez quedará como un símbolo, un portaaviones para el movimiento, jugará más allá de su presencia física».
HACIENDO UN POCO DE HISTORIA
La analogía con el peronismo es tentadora y, de hecho, la Venezuela del comandante acaso haya cambiado tanto como, en su hora, la Argentina del general, sobre todo por un hecho esencial: la emergencia de un factor popular que había sido ignorado de modo suicida por el establishment político y económico. Éste, en efecto, disfrutó durante décadas de repartirse el botín de la renta petrolera y de servirse de un Estado idiota, con total desaprensión por las condiciones de vida de las mayorías.
El impactante auge petrolero de la Venezuela de los años 60 y, sobre todo, 70 se dilapidó tristemente, sin generar ni desarrollo ni oportunidades para todos. La década perdida de los 80 fue ley allí tanto como en la Argentina ylos índices de pobreza resultantes, cercanos al 70%, derivaron en la olla a presión que explotó en el Caracazo de 1989. Chávez fue el primogénito de ese proceso.
Bastan unos pocos datos para definir que Venezuela acaso fue, desde antes de Chávez, el país más expoliado del continente por su propia dirigencia, lo que es mucho decir. Gracias al petróleo fue el de mayor ingreso per cápita de América Latina entre 1945 y 1990, casi medio siglo, y obtuvo gracias al «oro negro» en las décadas del 70 y el 80 nada menos que 274.000 millones de dólares. ¿A dónde fue a parar semejante riqueza? Sin dudas, muchos de quienes se escandalizaron en los últimos años por las demasías del exparacaidista deberían hacer un buen examen de conciencia.
Es más, el Chávez más duro y autoritario fue, en cierta forma, también fruto de esa misma dirigencia tradicional indolente. Su formación política juvenil fue ecléctica, y, aunque incluyó nociones básicas de marxismo, nunca fue más allá de un vago nacionalismo de izquierda, de cuño bien castrense. Ese enfoque centró su larga actividad conspirativa en los cuarteles y sus inicios políticos, no ese oxímoron bautizado «socialismo del siglo XXI».
Tuve la oportunidad de entrevistarlo en 1992 para Ámbito Financiero, cuando llegó a Buenos Aires invitado por el Grupo Albatros, algo revelador de sus identificaciones de entonces. Su discurso era nacionalista, pero básicamente anticorrupción, y nada evidenciaba un sesgo socialista y, ni tan siquiera, una visión ideológica definida.
¿Fue siempre un «criptocomunista» o su ideología fue mutando? Quien esto escribe opta por la segunda hipótesis, una presunción que se fortalece en la medida en que su gran giro se produjo después del fallido golpe de Estado empresario-militar de abril de 2002. «La revolución seguirá siendo pacífica, pero ya no será desarmada», juró (¿se juró?) una vez reinstalado en Miraflores.
El paro por tiempo indeterminado de los gerentes de PDVSA entre diciembre de ese año y febrero de 2003, que tuvo dramáticas consecuencias económicas y sociales para el país, acentuó su radicalización; en 2004 se declaró socialista por primera vez, un viraje que se prolongó en sucesivas oleadas nacionalizadoras.
El «nuevo» Chávez estatizó centenares de empresas de todo porte y sector, desde el agua hasta la electricidad, pasando por la telefonía, bancos líderes, todos los joint-ventures petroleros de la Faja del Orinoco, siderúrgicas, procesadoras de café, industrias alimentarias… También canceló decenas de licencias de radio y TV por caducidad de los contratos o errores formales, y que con ello y otras medidas, sumadas a una prédica incendiaria, limitó peligrosamente el pluralismo.
Todo eso es cierto, pero también lo es que llevó la salud y la alfabetización adonde nunca habían llegado, que construyó infraestructura con criterios populares y que reivindicó al hombre común, dándole voz por primera vez.
La extensa digresión anterior no es un mero ejercicio de vocación retrospectiva. Al contrario, apunta a lo que viene: si el antichavismo que se atreve hoy a imaginar su retorno ha aprendido algo de sus errores, debería sumar a una parte de las mayorías que aclamaron al comandante, hacerlas sentir parte de la misma sociedad. Volver a excluirlas con revanchismo sería un viaje seguro al desastre, del mismo modo que enseñó -otra vez- la Argentina del peronismo proscripto por dieciocho años.
¿NACE UNA «NUEVA» VENEZUELA?
Chávez cambió a Venezuela, desde ya, ¿pero qué país legaría si se consuma la salida del poder que él mismo sugirió?Por encima de todo, una mayoritaria capa popular conciente de sus derechos y aspiraciones, un nuevo actor político.Por primera vez, le habló a la gente común en su propio idioma, la tocó, le dio una identidad, una existencia política y visibilidad social. Una realidad que unos y otros desde ahora no podrán dejar de tener en cuenta.
Pero, por el contrario, «a los enemigos, ni justicia». Con él la cultura política que no avanzó hacia formas más republicanas, una asignatura que también deberán aprobar a quienes le han reprochado justamente eso a través del tiempo, que deben saber que serán juzgados por lo mismo que han reclamado y prometido.
En lo económico, Chávez dejó otra magnífica oportunidad de desarrollo perdida, la del petróleo que lo recibió a 9 dólares por barril y lo despide en torno a los 100, sin que el país sea capaz siquiera de producir e industrializar la mayo parte de los alimentos que consume.
Otra lección, ésta para los detractores: superar al chavismo supondrá ir más allá de las limitaciones de éste, las que son las mismas que de la clase política que lo precedió.
Dentro de la oposición, alguien como Henrique Capriles parece tener conciencia de las necesidades de la hora, esto es de sumar un elemento popular a su propuesta, variando estilos y, quién sabe, contenidos. Su problema es que esta noticia lo sorprende cuando planeaba relegitimar en las próximas elecciones estaduales un liderazgo que quedó magullado tras su derrota en la presidencial. ¿Perder de nuevo puede sacarlo de la cancha? Sería algo negativo para la oposición, sobre todo si quien toma el mando carece de esa vocación integradora de mayorías.
Pero, en primer lugar, deberán entender de una vez aquello que pretenden superar. Los opositores más recalcitrantes, que no le han reconocido al bolivariano mérito alguno, ni siquiera en el campo social, nunca atinaron a explicar el voto persistente y abrumador que concitó, convencidos de que los fenómenos políticos pueden ser meros «relatos», ficciones sin encarnadura material, raptos, en definitiva, de alucinaciones colectivas.
Si su figura caudalosa, ineludible y onmipresente queda fuera de escena, acaso ahora se presente, por fin, la oportunidad de pensar en serio
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