El día que algunos temían (los más) y que otros esperaban (menos, sin duda, pero más numerosos que los que lo admitirán ahora) finalmente ha llegado. Hugo Chávez ha muerto pero su sombra se extenderá largamente sobre una Venezuela tan marcada a fuego como la Argentina de Perón en los años 40 del siglo pasado. No por esperado el impacto ha sido menor. Un Nicolás Maduro en estado de conmoción prohibió a los venezolanos lo que él mismo estuvo por hacer varias veces durante la cadena nacional en la que anunció el fallecimiento del comandante: llorar. Es que el chavismo debe afrontar, sin darse tiempo para duelos, un desafío tan múltiple como urgente: asimilar la desaparición de su líder y árbitro de última instancia, redefinir su perfil y generar un nuevo liderazgo aceptado por todas las facciones, todo en medio de un calendario electoral que lo urge a resolver sus dilemas en el plazo perentorio de treinta días. De no mediar otro fallo “creativo” en términos de interpretación constitucional por parte del Tribunal Supremo de Justicia, desde ya. Con Chávez definitivamente ausente, el reflejo inicial del partido Socialista Unido de Venezuela será unirse, defenderse, incluso ásperamente; el tiempo de las reyertas internas llegará, a no dudarlo, ya que ni los regímenes más cerrados de la historia han sido inmunes a ellas, pero no en este tiempo. Esto, sumado a su formidable aparato electoral, sin parangón desde la implosión del sistema de partidos de la vieja república, y al impacto popular de la noticia conocida ayer, coloca a Maduro con una ventaja inicial importante de cara a una elección en la que, se supone, podría enfrentar al excandidato Henrique Capiles. El tiempo escaso no ayuda a una oposición más enfrentada entre sus distintas facciones que el propio oficialismo, incapaz aún de ofrecer un perfil claro, coherente y atractivo. Si, al menos de modo preliminar, lo que hay que entrever entonces es el rumbo que tomará el poschavismo, ya surge un primer dato concreto: el antinorteamericanismo y las posturas radicales no cederán, sino todo lo contrario. Mucho se especuló en los últimos dos meses con un posible acercamiento a los Estados Unidos, incluso con informes sobre supuestos contactos secretos, sin reparar en que ni Maduro ni ningún otro referente cuenta hoy con espaldas para hacer lo que el propio Chávez no hizo. Tal osadía sería valorada como una verdadera herejía por las bases más ideologizadas del partido, vaciando inmediatamente el poder de cualquier delfín. Por si hacía falta una comprobación, nótese que, mientras el comandante agonizaba (¿o acaso ya había muerto?), en la primera cadena nacional de la agitada tarde de ayer, Maduro, tras reunir a su gabinete y a la cúpula militar, expulsaba del país al agregado aéreo de la embajada estadounidense, David del Mónaco. Todo dicho. Es posible que los mercados, tantas veces cortos de vista, festejen en un primer momento la noticia. Incluso quien se juega mucho dinero con sus decisiones suele darse tiempo para el divertimento y la celebración (morbosa), pero ni bien los inversores y los operadores reparen en algunos datos de la realidad podrían verse ante la paradoja de desear fervientemente una continuidad del chavismo en el poder. Es que, en base a los sostenidos precios del petróleo, la Venezuela de Chávez, que ha expropiado hasta el aire, nunca sacó los pies del plato en lo que hace al pago de su deuda soberana, con altos intereses además, dado el costo de la retórica de sus gobernantes. En cambio, un eventual triunfo opositor en los próximos comicios, podría traducirse en una crisis de ingobernabilidad que, entonces sí, sembraría dudas sobre la capacidad de honrar esos compromisos. ¿Cómo podría gobernar un antichavista a la Venezuela que comenzó a parir ayer una nueva etapa histórica? Si es que puede, lo haría poco y mal. En primer lugar, la Fuerza Armada Nacional, tal como se apresuró ayer su cúpula en una cadena nacional tras el anuncio de la muerte del presidente, ha jurado lealtad al régimen, y algunos de sus referentes anticiparon reiteradamente que no acatarían a ningún liderazgo que deshaga el camino de los últimos trece años. Esto es condenable, desde ya, pero no deja de ser un dato de la realidad, lo mismo que la milicia de 120.000 miembros que responde directamente al chavismo. No es claro que la totalidad de los cuadros de la FAN adopten semejante enfoque militante, pero al menos las cúpulas han sido depuradas de elementos opositores después del dislate golpista de abril 2002. Segundo, todo el aparato judicial ha sido copado por el chavismo, algo de lo que la absurda salida “constitucional” decidida por el TSJ cuando Chávez no pudo asumir en enero es apenas una muestra. Un gobierno opositor sería fácilmente desquiciable por una judicatura rebelde. En tercer lugar, además del control de la Asamblea Nacional (parlamento unicameral), que se amplía merced a la continua cooptación de legisladores, casi todo el poder territorial de la Venezuela posterior a los procesos electorales del año pasado quedó en manos del poderoso PSUV, que, por lo pronto, controla 20 de las 23 gobernaciones. Es poco más lo que puede aventurarse por ahora. Si la marca de Chávez sobre su país es grande y, sin dudas, de largo aliento, el vacío que deja su desaparición es de un tamaño equivalente. Si el sentimiento que prima hoy es el de la confusión y la incertidumbre, el futuro podría resultar todavía más rico en acechanzas.

(Nota publicada en Ámbito Financiero el martes 5 de marzo de 2013).