Jorge Bergoglio, Francisco I desde ayer, puede haberse definido como el papa que la Iglesia fue a buscar al fin del mundo, pero, al contrario de la rareza que la frase sugiere, ese rasgo hace que de designación un hecho político contundente y calculado.
Es que América Latina no es el fin del mundo del catolicismo. Según estadísticas oficiales del Vaticano correspondientes a 2010, basadas en la cantidad de personas bautizadas, el 41,3% de los 1.195 millones de miembros de la Iglesia en el mundo viven en esta región, nada menos que 483 millones de personas. El dato, de por sí relevante, toma más color si se tiene en cuenta la persistente erosión de esa feligresía que las iglesias neopentecostales y evangélicas vienen causando en las últimas décadas. Detener esa sangría, y otras de más nuevo cuño, como la osada agenda social adoptada por varios de los gobiernos progresistas de la región, parece, a los ojos de los 115 cardenales que participaron del cónclave, un imperativo de época.
Es plausible interpretar la elección de la nacionalidad de los últimos papas en función de cálculos políticos. Es imposible minimizar el impacto de la designación de Karol Wojtyla en 1978 en el reverdecimiento de los sentimientos católicos de su Polonia natal, donde, de la mano de su alianza con los sindicatos libres de Lech Walesa y de los Estados Unidos de Ronald Reagan, comenzó a desplomarse la cortina de hierro.
Lo propio puede decirse de la llegada al trono de Pedro de Joseph Ratzinger en 2005, cuando uno de los principales ejes de preocupación de la Iglesia era la pérdida de las raíces cristianas de Europa, fenómeno paralelo al tantas veces denunciado «relativismo cultural» y a la fuerte inmigración musulmana que ha cambiado el rostro demográfico a países como Francia y su Alemania natal, entre otros. Resulta revelador de ese sesgo el discurso de Benedicto XVI en 2006 en la Universidad de Ratisbona. «Muéstrame lo que Mahoma ha traído de nuevo y encontrarás solamente cosas malvadas e inhumanas», citó entonces al emperador bizantino Manuel II Paleólogo, abriendo una herida que nunca terminó de cerrar.
Desde ya que no todo es geopolítica en la elección de un papa, y, de hecho, rasgos como la austeridad personal de Bergoglio parecen a medida de la necesidad de reformar una institución atravesada por escándalos sexuales y financieros, hoy acaso más candentes. Pero, a la vez, no conviene desatender esa cuestión.
Para que América Latina vuelva a ser el «continente de la esperanza» consagrado por Juan Pablo II, no sólo se trata de mantener el número de fieles y de contener el crecimiento numérico y político de las iglesias protestantes. También se trata de atender la división que genera entre los propios fieles la agenda política económica y social de gobiernos progresistas o populistas que, aunque en algunos casos proclamen su pertenencia al tronco socialista, nunca han dejado de buscar en Cristo una fuente de legitimación.
Esto es particularmente visible en la Venezuela del recientemente desaparecido Hugo Chávez, quien siempre hizo gala de su devoción cristiana, sobre todo en sus meses finales, cuando la televisión lo mostraba rogándole por su vida al Redentor. Las manifestaciones de misticismo cristiano que han rodeado su funeral son otra prueba de esa raigambre en un país que ha sido uno de los focos principales de irradiación de aquella tendencia política y donde, de hecho, ésta tuvo su primera manifestación allá por 1998.
En el camino, Lula da Silva encontró en Brasil, el país con más católicos en el mundo, un atajo para relajar el aborto no punible, haciendo suficiente que una mujer realice una declaración jurada para que pueda abortar en los hospitales públicos.
El Distrito Federal de México, gobernado por el centroizquierda, estableció el aborto libre pese a que a nivel nacional gobernaba Felipe Calderón, del católico Partido de Acción Nacional.
En Chile, Michelle Bachelet pudo imponer el uso de la píldora del día después en el sistema público de salud pese a la resistencia de una derecha que seguía siendo poderosa, como se probó con el triunfo de Sebastián Piñera.
El frenteamplismo uruguayo logró las uniones civiles y el Parlamento tramita ahora el matrimonio igualitario. El aborto libre también es ley, aunque haya tenido que esperar a que José Mujica reemplazara a Tabaré Vázquez, quien lo había vetado por razones de conciencia. Y el exgerrillero tupamaro lidera hoy una ofensiva sin precedentes por la legalización de la marihuana, de desenlace aún incierto.
La Argentina, en tanto, bajo la era kirchnerista, adoptó una política similar a la de Brasil en pos de la desjudicialización de los abortos en caso de violación y, acaso más importante y revulsivo para la Iglesia, impuso el matrimonio igualitario, declarado en 2010 por el propio Bergoglio como causal para el lanzamiento de una «guerra de Dios». La ley de identidad de género, que permite documentar a travestis y transexuales de acuerdo con su realidad psicológica y no biológica, fue otro eslabón en esa cadena de transgresiones. La política de derechos humanos, y su reverso de revisión del rol de los distintos sectores de la comunidad durante la dictadura militar, Iglesia incluida, sumaron al desencuentro.
Pese a las declaraciones de beneplácito de los presidentes concernidos (mera retórica), para la Iglesia de Roma parece haber llegado la hora de poner punto final a esa agenda que la escandaliza, de cuidar su rebaño más numeroso y de pelear por las almas de un progresismo curioso que no reniega de Cristo. Una pelea que el propio Bergoglio libró, no sin polémicas y claroscuros, dentro de la Compañía de Jesús contra la influencia de la Teología de la Liberación en los dramáticos años 70.
(Nota publicada en Ámbito Financiero).

