Caracas – El candidato chavista, Nicolás Maduro, cerró ayer a la tarde su campaña en Caracas con una manifestación imponente, que colapsó a buena parte de la ciudad. Se trató de una inolvidable demostración de fuerza, muy necesaria para el Partido Socialista Unido de Venezuela en momentos en que las encuestas que ven los periodistas extranjeros (su difusión está prohibida en la antesala de la votación en el país) indican que su ventaja se ha ido estrechando. Esto, que pone un suspenso ausente hasta ahora de cara al domingo, exigirá al PSUV un enorme esfuerzo de movilización para asegurarse que todos los que votaron por Hugo Chávez en octubre, vuelvan a concurrir para hacerlo por su delfín.
Antes que Maduro habló Chávez. La pantalla gigante con un discurso y con el himno que cantó “a capella” bajo la lluvia en su cierre de octubre emocionó a todos. El “hijo de Chávez” habló después.
Con tono combativo, consignas socialistas, duros ataques a la contra, permanentes referencias a “nuestro comandante” y actitud de presidente en guerra, Maduro señaló que “no estoy aquí parado porque sea un ambicioso de poder, ni porque represente al imperialismo yanqui, ni porque me mantengan los cheques de la burguesía rancia caraqueña. Mi única ambición era ver una patria libre, la que nos dio Hugo Chávez”.
“Yo lo acompañé desde el principio con amor, con lealtad infinita. No recuerdo un día de mi vida en que no haya trabajado para apoyar al comandante en la calle, en cada marcha”, agregó. Operación completa: votar a Maduro es votar a Chávez.
Acompañado por sus allegados, había llegado en un camión descubierto el “candidato de la patria”, como lo llama sin pudor la televisión estatal (¿el otro es entonces el de la antipatria?). No manejaba, claro, como lo hacía en sus tiempos de chofer de los autobuses del sistema de metro de Caracas. Camisa blanca, para distinguirse de la multitud roja, y bandera nacional sobre los hombros, sonreía, lanzaba besos, apretaba su puño. Más de dos horas estuvo circulando entre la multitud eufórica hasta que llegó la hora de hablarles.
Cuando subió al escenario, cantó al son de una banda local largamente abrazado a Diego Maradona, que llegó aquí para apoyarlo. “Ha venido la Mano de Dios”, gritó, mientras “el 10”, vestido de rojo, con una gorrita con los colores venezolanos y flamante bigote “madurista”, saludaba, sonreía y finalizaba su show privado pateando una pelota a la multitud. Ah…, claro, Maduro hizo una suelta de pajaritos, como los que lo comunicaron en Barinas con el alma del comandante.
La de ayer era una fecha importante y no sólo de un cierre de campaña. Se cumplieron once años del golpe que sacó brevemente a Chávez del poder, tras el cual logró su regreso apoteósico, el “17 de octubre” del bolivariano.
Gente, gente, gente. Siete avenidas de Caracas colmadas de punta a punta, con epicentro (no podía ser de otro modo) en la avenida Simón Bolívar. ¿Cuántos? Imposible calcular un número al ras del piso en una zona llana de esta ciudad rodeada de cerros. Cientos de miles, seguramente. Queda algo de temor a haber sido avaro en el cálculo.
Remeras y banderas rojas por todos lados. Fotos de Hugo Chávez, gorras, pulseras, muñecos, los bigotes de Maduro a diez bolívares (50 centavos de dólar… al paralelo, claro), curiosos sobre tantos labios femeninos. Cachapás, arepas, dulces, jugos. Un mundo.
El lugar común (y en Argentina, más común que en ningún lado) indica que “los traen”. Algo de eso hubo, claro, y se lo veía en las columnas organizadas de municipios, organizaciones sociales, sindicatos.
Pero también eran legión “los que venían”. Por las suyas. Que quede claro: nadie llena semejante espacio a la fuerza, aunque lo nieguen los que prefieren no entender los fenómenos políticos que les disgustan, aunque ése sea un paso esencial si se quiere cambiar la historia, y se conforman con asombrarse una y otra vez ante cada elección.
Era una multitud convencida, alegre, ruidosa, optimista, desafiante. Extraña para quien, como este enviado, conoció Caracas en 1990, casi una década antes de Chávez, pero después del Caracazo. Una multitud que entonces estaba dispersa y era propensa a los accesos de ira, pero que ni imaginaba exhibirse con el orgullo que lo hace hoy.
La de ayer fue una multitud pacífica, además. Si la violencia con la que se cruzan los candidatos bajara realmente a las bases que siguen a unos y a otros, cosas más difíciles ocurrirían aquí. De camino a la manifestación, este periodista vio como se cruzaban en el subte los chavistas que iban al acto con ciudadanos que no pensaban interrumpir sus actividades por semejante cosa. Éstos miraban subir a los primeros con cierta molestia, polarizadas como están las cosas. El desenlace era inminente para quien quisiera mirar.
“¡Chávez no murió, se multiplicó!”, cantaban los primeros. “¡No volverán, no volverán!”, insistían. “Oye, majunche (mediocre), ven pa’ que veas, aquí está el pueblo que te va a dar la pelea”. Hasta que una mujer con ropa de oficina, estalló: “¡Se siente, se siente, Capriles presidente!”. ¿Violencia? Nada de eso. Todo quedó en una sonora rechifla y en alguna sonrisa de otro caprilista, menos valeroso, que se sintió representado. Nada más.
Ya en medio de la multitud, Ámbito Financiero escuchó a la gente. “Tenemos problemas, claro, pero vamos a votar a Maduro porque así lo pidió Chávez”. “El otro candidato es directamente la muerte”. “El domingo vamos a sacar diez millones de votos”. “La revolución hizo por los pobres algo no lo ha hecho nadie en el mundo”. “Hay inflación, pero no es inflación, es especulación de los grandes empresarios, que suben sus precios según el dólar paralelo”. “La inseguridad nos preocupa, sí, pero siempre la hubo aquí y además es un problema mundial. Aparte la oposición la alimentó enviando paramilitares a Venezuela”…
Algunos se apresuraron a volver antes de que hablara Maduro, pero no por indiferencia con el candidato. “Vivimos lejos y con tanta gente nos va a ser difícil regresar luego. Queríamos estar, estar con el pueblo, el mensaje ya lo dimos”, explicó una de las apuradas.
El regreso fue otra vez en subte y con otro cruce. “Ustedes no entienden lo que están haciendo”, reprochó a los chavistas un hombre fornido, que sonreía, como para parecer amigable y no ser tratado con tanta dureza. “Son ustedes los que no entienden, nunca nos entendieron”, le contestó otro, una vez más en medio de silbidos. Ambos tenían razón: ninguno entendía al otro.
(Nota publicada en Ámbito Financiero).

