Caracas – La campaña terminó anoche y ya está todo listo para que casi diecinueve millones de venezolanos elijan el domingo en urnas electrónicas a su próximo presidente, que deberá completar los seis años del mandato que Hugo Chávez había obtenido en octubre. Nicolás Maduro llega como favorito, pero sus delirios místicos, sus gaffes y sus errores de campaña parecían dejarle alguna chance a su rival, el pertinaz Henrique Capriles.
Después de toda la polémica constitucional que rodeó la agonía de Chávez, el presidente ausente, y de la asunción de Nicolás Maduro, el “presidente encargado”, tras la muerte de aquél el 5 de marzo, la situación quedará, se espera, normalizada. Eso si unos y otros cumplen con su promesa de reconocer los resultados, que las últimas encuestas auguran algo más apretado que lo que se manejaba al comienzo de esta brevísima campaña, cuando el impacto por la muerte del “comandante eterno”, del “segundo libertador”, era máximo.
¿Qué puede pasar el domingo en Venezuela? ¿Y el lunes?
Un sondeo de Datanálisis, la encuestadora más confiable de Venezuela, que circuló entre periodistas extranjeros otorgó ayer a Maduro una ventaja de 9,7 puntos, 5 menos que el 18 de marzo. Se trata de una brecha casi idéntica a la que separó a Chávez de Capriles en aquella contienda y que, de reconfirmarse, constituirá la foto de este país dramáticamente dividido en lo político.
Hay otros cinco candidatos, pero no vale la pena detenerse en ellos: según esa encuesta, todos sumarán el 0,1%.
Ángel Oropeza, analista de la Universidad SimónBolívar, explicó a Ámbito Financiero que “la campaña de Maduro ha girado fundamentalmente en torno a la figura de Chávez, a quien llama su padre. Ha pedido el voto no para él sino como una muestra de lealtad con la memoria del expresidente. Esto pareció funcionar al comienzo de la campaña, y en este sentido se llegó a pensar que Chávez se convertiría en el gran factor de decisión de esta elección, pero este efecto, aunque todavía es notable, ha venido perdiendo su fuerza original”.
Sea cual sea el resultado, el domingo marcará, ahora sí, el comienzo de una nueva era política en este país. Es, en un sentido político, el día en que Chávez verdaderamente morirá para dejar lugar a un nuevo liderazgo que podrá apelar a su herencia y a su memoria pero que ya no será el suyo, inapelable.
En efecto, el líder bolivariano ha estado vivo desde el 5 de marzo y durante esta campaña. No es que este enviado haya contraído el misticismo de Maduro, sino que el chavismo hizo todo lo posible por mantenerlo presente para transfundirle al candidato todo el carisma que fuera posible.
De ganar, Maduro será el primer presidente chavista de Venezuela. De hacerlo Capriles, apelará en alguna medida a “las cosas buenas” que dejó el comandante, básicamente las “misiones” de ayuda social que, al estilo del peronismo fundacional, cimentaron su enorme popularidad.
Algo que protegió a Chávez de los reproches de sus seguidores, pese a la persistencia de problemas como la violencia delictiva, la inflación, el desabastecimiento y la persistencia de la petróleo-dependencia, era el viejo argumento del “entorno”. “Él quiere hacer las cosas bien, pero los que están alrededor no siempre lo dejan”, era el argumento para justificar sus faltas. Bueno, esto ya no podrá decirse. De imponerse Maduro, quien debería cogobernar con los líderes de las otras facciones del chavismo, sobre todo la militar del poderoso presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, será “el entorno” en que tome ahora las decisiones. Ya no habrá a quién culpar de las deficiencias administrativas.
En la hipótesis de su triunfo, “Maduro va a tener pruebas muy importantes y muy rápidas. Su popularidad como candidato no tiene nada que ver con lo que le provocará la sombra de los problemas que va a tener después. Los problemas económicos están maquillados por el proceso electoral y por la muerte de Chávez, pero va a tener que enfrentar un escenario muy deteriorado. Dificulto que Maduro vaya a poder seguir encaramado en la popularidad de su antecesor a la hora de gobernar. Como candidato puede parecer Chávez, pero como presidente será Maduro”, dijo a Ámbito Financiero el director de Datanálisis y analista Luis Vicente León.
¿Cuál sería, de ganar (aclaremos una vez más), la fortaleza de Maduro puertas adentro del PSUV? “Su margen de maniobra va a depender mucho del resultado del domingo. Será mayor si la ventaje que logra es amplia, pero si obtiene un triunfo apretado, quedaría un poco preso de sus rivales internos”, agregó León.
Un triunfo opositor, en tanto, aparejaría otro peligro: el de la ingobernabilidad. Es que Capriles debería lidiar con un chavismo encaramado en veinte de las veintitrés gobernaciones del país, un chavismo que cuenta con la vasta mayoría de los municipios, con una mayoría holgada en la AN (que, a fuerza de cooptaciones de diputados con el sí fácil, se va acercando a la calificada, necesaria para leyes especiales), con una Fuerza Armada Nacional que además es Bolivariana, con un poder judicial socialista… Demasiado viento de frente.
Lo que no está claro es cómo se van a suturar las heridas que ha traído aparejado el proceso de cambio que ha vivido Venezuela desde 1999, un cambio que dio muchas ventajas materiales a los pobres, que aplican la racionalidad que les corresponde a la hora de votar, la que implica refrendar a quien le ha facilitado el acceso a la comida, a la salud, a la educación. Pobres que habían sido olímpicamente olvidados por la IV República de socialdemócratas y socialcristianos, y que ya no volverán mansamente a su vida anterior.
En la oposición hay líderes como Capriles que comprenden que Chávez ha modificado para siempre el sentido común de este país, que las mayorías merecen ser atendidas, un punto de vista que no es unánime en su sector. Capriles les habla, los toca, los persuade. Se verá el domingo en qué medida ha logrado convencerlos.
Venezuela necesita superar el mencionado clima de enfrentamiento, que la tiene todos los días al borde de un ataque de histeria. Denuncias de magnicicios, de no reconocimiento de resultados y de acciones militares de represión son parte del menú de un chavismo que, sin Chávez, se ha vuelto todavía más agresivo y amenazante. Por momentos da la impresión de que si gana Maduro, su necesidad de sobreactuar hará que muchos opositores terminen por añorar los bucólicos días del comandante.
Venezuela necesita, también, hacer todo lo que no hizo un régimen que se ha limitado, pese a sus méritos, a repartir (mucho) mejor la renta petrolera, pero que no ha sabido desarrollar el país. Hoy esto sigue siendo petróleo y muy poco más. Hay aquí agua, tierras fértiles, espacio, buen clima… No se explica que Venezuela importe el 40% de los alimentos que consume y que los 60.000 millones de dólares anuales de sus ventas petroleras no le dejen las divisas suficientes para evitar controles cambiarios que, entre otras cosas, llegan a limitar a 3.000 dólares por año y por persona los gastos con tarjeta de crédito en el exterior.
Hay también, claro, energía barata, que permite llenar un tanque de nafta con diez centavos de dólar paralelo y que permite que esa misma sea la tarifa de un viaje en subte. Una ventaja comparativa enorme para que la industria pueda prosperar. Otra cosa que Chávez no hizo.
Todas esas tareas pendientes han estado ausentes del debate de campaña. Todo giró en torno a si la ayuda social se mantendrá o no, sobre si Venezuela debe seguir ayudando a países de la región con su petróleo barato o si debe cesar el dispendio. Sobre si unos se van o sobre si los otros no vuelven. El domingo se sabrá.
(Nota publicada en Ámbito Financiero).

