Caracas – Nicolás Maduro logró salvar ayer por un pelo la continuidad de la Revolución Bolivarianaen Venezuela, al término de una noche dramática y que dejó a medio país aliviado y a la otra mitad con una enorme frustración y desconcierto.
Poco antes del anuncio, la impaciencia hacía temer desbordes. Un intenso cacerolazo se escuchó en la zona acomodada y caprilista de Chacao. Las cacerolas callaron para escuchar a Tibisay Lucena, la presidenta del Consejo Nacional Electoral cuestionada por su negligencia para frenar las violaciones a la veda electoral por parte del Partido Socialista Unido de Venezuela.
Al cierre de esta edición Maduro hablaba desde Miraflores, resaltando que su triunfo es válido pese al escaso margen y que él había augurado uno de 15 puntos. “Si perdía por un voto, entregaba el poder”, dijo.
Reveló en su discurso que polémizó con Capriles quince minutos por teléfono, que rechazó la oferta de un pacto y que planteó que se anunciaran inmediatamente los resultados, que haría valer. Sus palabras dejaron entrever que la oposición podría disputar los guarismos, sobre todo después de que aquella pasó buena parte de la jornada denunciando irregularidades en el comicio.
El exsindicalista y militante de izquierda había sido duramente cuestionado por sus arranques místicos, con especial énfasis en una suerte de espiritismo ornitológico, seguramente en un intento de fidelizar a su base popular, más comprensiva, imaginaba, con ese tipo de mensajes. Eso creía.
El problema es que, aunque el oficialismo quiso mantener “vivo” a Hugo Chávez, éste efectivamente murió y el país debe acostumbrarse a vivir una nueva etapa de fuerte incertidumbre. Evidentemente, algunos chavistas “light” consideraron que Maduro no era su candidato ideal, y eso llevó a que su intención de voto se desinflara.
El chavismo deberá enfrentar a una oposición envalentonada apelando a su control de todos los resortes del poder. Pero la imagen del nuevo presidente queda mellada puertas adentro de su espacio y más temprano que tarde sabremos de internas, sobre todo con el otro peso pesado del Partido Socialista Unido de Venezuela, el presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello.
Otro rasgo clave pasa por la precaria situación de la economía. La inflación, que “declinó” el año pasado hasta el 20%, se volverá a empinar si el mandatario cumple su promesa de subir los salarios por encima del 45%, una demanda de buena parte de la población que, por otra parte, será difícil de eludir. Es que la dinámica imparable del dólar paralelo (a alrededor de 20 bolívares hasta el viernes), que más que triplica al oficial (6,30), impacta fuerte en el consumo popular. La devaluación del 46% que Maduro decretó en febrero, cuando Chávez agonizaba y no se sabía si estaba realmente al mando, se elevó a más de un 70% poco después tras la introducción de un nuevo sistema de subasta de divisas para los importadores. Recordemos que este país compra en el exterior el 40% de lo que come.
La violencia criminal es otro drama. El país tiene una tasa índices de asesinatos de entre 50 y 73 por cada 100.000 habitantes, un nivel de país en guerra.
         Esos problemas, hasta ahora disimulados por la enorme figura de Chávez, quedaron expuestos desde su desaparición: su enorme carisma no alcanza ya para disimular falencias de gestión evidentes.
Sus incondicionales, la legión de pobres que lo amaba y lo lloró en su muerte, solía perdonarle esas carencias con el argumento de que su entorno no lo ayudaba a gobernar mejor. Eso se terminó. La candidatura de Maduro, y la conducción colectiva que planteaba con los otros pesos pesados del Partido Socialista Unido de Venezuela, “son” el entorno.
Los venezolanos, o una mayoría exigua en rigor, han vuelto a apostar por un modelo que supo repartir como nunca la renta petrolera, un modelo que mejoró notablemente la situación de la mayoría pobre, un modelo, en definitiva, que dio a esta voz, autoestima y reconocimiento. En efecto, en los últimos catorce años la salud y la educación llegaron adónde nunca habían llegado antes. Sin embargo, en paralelo, se trata de un modelo que no ha resuelto problemas de larga data como la inseguridad, una verdadera peste en este país, y que no ha sabido aprovechar la magnífica oportunidad de un petróleo a cien dólares para diversificar su economía y acceder al desarrollo. ¿Estará el nuevo mandatario en condiciones de responder a semejantes expectativas?
Lo logrado por Capriles debe ser calificado de épico. La muerte de Hugo Chávez el 5 de marzo había instalado, incluso en el campo opositor, de la inevitabilidad de un triunfo de Maduro por un margen incluso más amplio que los diez puntos obtenidos por Chávez el 7 de octubre último. Pero, como sugerimos en la edición del viernes de Ámbito Financiero, los errores repetidos de la campaña de Maduro abrieron, de a poco, un escenario diferente, con un candidato oficialista que se desinflaba velozmente.
El gobernador de Miranda y hombre del partido socialcristiano Primero Justicia, de sólo 40 años, llevó adelante una campaña inteligente, en la que buscó dejar de lado su imagen de hombre de la élite. Recorrió incansablemente su país en octubre y ahora, se conectó con la gente, la tocó, transpiró, adoptó un discurso social. Prometió no tocar el carácter 100% estatal de PDVSA, la gallina de los huevos de oro. Abogó por restablecer un clima de mayor cordialidad social, incluso muchas veces contra los sectores más realcitrantes de su alianza, que ocultan poco y mal ciertas ansias de revancha.
El resultado, por último, es un alivio para el Mercosur. Pese a los “centros” que Capriles le envió a Dilma Rousseff en la campaña, y a dardos livianos a la Argentina por la inverosímil deuda de 13.000 millones de dólares de petróleo venezolano, lo importante para ambos países era mantener a Caracas dentro del bloque regional. Maduro garantiza eso. 
A nivel regional, lo ocurrido debería hacer  que gobiernos con debilidades similares, sobre todo en materia económica, tomen debida nota de los riesgos que corren.