Caracas (enviado especial) – Nicolás Maduro es una enorme incógnita. El ahora primer presidente chavista de Venezuela optó durante la campaña por presentarse obsesivamente como el “hijo” político de Hugo Chávez, un camino que le permitió retener el caudaloso electorado de su antecesor y llegar al palacio de Miraflores, pero que diluyó en gran medida su propio perfil.
Para peor, su insistencia en emular el estilo combativo del caudillo lo llevó muchas veces a parecer un remedo algo burdo y a resultar excesivamente agresivo. Esa imagen se cimentó a partir de sus sobreactuados insultos a la “oligarquía”, de sus constantes denuncias de complots (contra el sistema eléctrico, las elecciones, su vida y hasta la de su rival, Henrique Capriles) y de su decisión de instalar (mala idea) la cuestión del gusto por las mujeres como tema de campaña. Todo esto puso en cuestión el rol de referente del ala moderada del chavismo que se le adjudicaba hasta entonces y abre dudas sobre cuál será su estilo de gobierno.
Luis Vicente León, analista político y director de la encuestadora Datanálisis, reconoció a Ámbito Financiero que “es difícil definir su perfil, porque es poco conocido como líder. Como casi todos los chavistas, hasta ahora no se había destacado en la escena nacional, estaba a la sombra de Chávez”. Pero arriesga: “Pero por su comportamiento, uno puede formarse una idea y caracterizarlo como alguien cercano a Chávez, muy comprometido con la Revolución y con vínculos muy estrechos con Cuba, los más fuertes dentro del oficialismo. Con todo, no es un radical o un comunista, o alguien cerrado. Al contrario, está acostumbrado a negociar”.
Nicolás Maduro vive en pareja con Cilia Flores, ex fiscal general, diez años mayor que él, mujer siempre muy cercana a Chávez y, seguramente, operadora política clave en el futuro.
Caraqueño de 50 años, fornido y de característico bigote negro, fue chofer de los colectivos que completan la red de subterráneos de Caracas, jefe sindical y un incondicional del bolivariano por dos décadas. En ese lapso pasó por varios cargos: diputado, convencional constituyente, presidente de la Asamblea Nacional, canciller, vicepresidente. Ayer llegó al máximo.
Su adolescencia se dividía entre el rock (tenía una banda de nombre profético, Enigma) y el scoutismo, pero ya en esos años se advertían algunos rasgos que hoy lo distinguen.
“Conocí a Nicolás Maduro cuando él tenía 16 años, en sus tiempos de boy scout. Estaba en el liceo, no hablaba bien y no participaba activamente en las reuniones, pero pese a eso manejaba todo desde atrás. Ya se notaba que tenía dotes de liderazgo y una ideología de izquierda”, le dijo a este enviado alguien que lo recuerda muy bien, pero que prefirió mantener su nombre en el anonimato.
Además de referente del ala civilista del chavismo, Maduro es, en base a su pasado de militancia y formación ideológica marxista, el preferido del régimen cubano dentro de la cúpula venezolana. Un lugar común aquí es que esa predilección resultó decisiva para que Chávez lo designara como su delfín frente a otros pesos pesado, fundamentalmente el líder del ala militar y presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, quien asoma a futuro como su principal rival interno. O, al menos, como alguien que aspirará a compartir cuotas importantes de poder.
Pese a su falta de formación académica, no puede decirse que no se haya pulido con los años. Sin embargo, quienes no lo quieren bien le cuentan las costillas y llevan una puntillosa contabilidad de sus “gaffes” y errores, al estilo de lo que ocurría con Carlos Menem en los tiempos de “las obras completas de Sócrates”.
Todo comenzó con el cáncer supuestamente inoculado a Chávez por “el imperio”. El episodio del “pajarito chiquitito” que transportaba el alma de aquél y que lo bendijo, relato que incluyó un silbido bien logrado, ha sido señalado como otro error político, como un dislate y como un indicio de una vida espiritual sinuosa que en 2005 llegó a acercarlo al Sai Baba. Puede haber algo de todo ello, pero hay algo más estratégico: con esos gestos privilegió dirigirse a su base adicta, “cazar en el zoológico”, antes que buscar nuevos votos de sectores moderados u oscilantes. ¿Se equivocó? El resultado sugiere que no: ganar implicaba, antes que nada, reforzar el voto propio, asegurarse de fidelizarlo para evitar una abstención peligrosa. Lo otro, sumar voluntades, era una quimera en una Venezuela tan polarizada que, al menos a corto plazo, parece dividida en dos bloques tan convencidos como irreductibles.
Otro hecho que motivó burlas sucedió cuando, en un acto de campaña, dijo: “Y el lunes voy para la revolución de oriente, los cuatro estados orientales. Vamos a estar en Monagas, en Barcelona, en Cumaná y en Margarita”. Encomiable esfuerzo el de viajar tanto, sólo que terminó elevando a ciudades (Barcelona y Cumaná) y a la isla de Margarita a un estatus de estado que no tienen. “Venezuela ya no tiene 23 estados, ahora tiene 25”, chicaneaban los caprilistas.
¿Cómo será Maduro como presidente? Si bien se lo ha considerado un moderado dentro de la galaxia chavista, no hay que olvidar que desde la Cancillería fue el impulsor de la alianza de Venezuela con países como Irán, Bielorrusia y Rusia, todo dentro del plan de fortalecer un eje antiimperialista.
Su perfil parece de dos caras. Llegó la hora de definirlo.
(Nota publicada en Ámbito Financiero).
