Caracas – Si alguien estiró la noche del sábado y pensaba dormir hasta tarde, para ir luego, tranquilo, a votar, los planes se le alteraron. A eso de las cinco de la madrugada, una hora antes de la apertura de las urnas, chavistas en motos comenzaron a circular por las calles de Caracas para realizar el “toque de diana”, una manera particular de despertar a la gente y decirle que había que levantarse. “Algunos piensan que Venezuela es un cuartel”, se quejaba un presentador en la pantalla de la opositora Globovisión, cuyo personal trabajaba a destajo sin saber qué ocurriría a partir de hoy, para cuando esperan detalles de su anunciada venta.
Esos militantes no fueron, con todo, los más apurados. Algunos ansiosos, interesados en evitar posibles aglomeraciones, se instalaron frente a los colegios desde las cuatro. Verá, lector, el poco tiempo de sueño que nos dejó la diana chavista.
Pese a esos afanes, el día arrancó moroso. Ámbito Financiero recorrió varios colegios electorales de la zona de Catia (barriada chavista del oeste de esta ciudad), del centro y de la acomodada zona de Chacao (este), en el caprilista estado de Miranda. En todos lados el movimiento fue hasta el mediodía sensiblemente menor que el registrado el 7 de octubre, cuando el 80% terminó por concurrir a las urnas (una enormidad en este país de sufragio optativo), lo que dio a Hugo Chávez una ventaja de diez puntos sobre Henrique Capriles. El sueño de la oposición era temprano que muchos oficialistas se quedaran en sus casas al evaluar que votar por Nicolás Maduro no era tan atractivo.
Ya al mediodía “el aparato” empezó a hacerse notar más. La estatal Venezolana de Televisión (VTV) sostenía en su videograph el hashtag #VotoPorLaPatria y hacía correr por debajo twitts por demás militantes, sin dejar el más mínimo espacio a la pluralidad. Ministros del gobierno llamaban a los electores a salir y hablaban de una participación elevada que todavía no era palpable en la calle. Camionetas comenzaban a circular profusamente para, megáfono mediante, incluso frente a los colegios, recordar al comandante y el compromiso de honrarlo con el sufragio. Y el PSUV ponía en marcha la “operación remolque” para personas con problemas motrices. De a poco las calles se fueron llenando más. La tensión crecía.
A la 1.30 Capriles votó en Miranda, estado del área capitalina que gobierna. Lo esperaba un gentío y, sobre una tarima donde lo esperaba un micrófono, pidió a sus seguidores, “los héroes del 14 de abril”, que “saquen fotos y denunciar cualquier atropello”. “Hasta ahora, era, como pedimos, el voto graneadito. Desde ahora, la avalancha: todos a votar”, dijo para la tribuna. Demasiado para VTV: la presentadora irrumpió para sacarlo de pantalla por un rato prudencial.
Poco después, a las 14, Maduro, acompañado por su mujer, la poderosa Cilia Flores, la “primera combatiente”, y sus nietos ingresó al liceo Miguel Antonio Caro, en Catia. Al salir, exhibió su dedo entintado para llamar a todos a ejercer su derecho y encaró a los periodistas. “Estamos rompiendo récords de participación”, dijo, pese a lo cual pidió una y otra vez, como si aún hiciera falta, que todos los venezolanos votaran. “Por nuestros hijos y nietos hacemos todo, el compromiso es grande”, confesó. Y, ajeno a la veda, repasó sus promesas, prometió cuantiosas inversiones y recordó todo lo que la Revolución hizo por las mujeres, por los estudiantes, por los pobres…
Acostumbrada a la gimnasia de votar más frecuentemente que en ningún lugar del mundo, la gente se acostumbró ya a la urna electrónica, por lo que todo transcurrió con fluidez.
En la puerta del colegio Caro, Johnatan, encuestador de Consultores Venezuela de opinión Pública (ConsultVOP), le juraba a este enviado que su boca de urna daba ganador a Capriles. ¿Aquí, en Catia, en el propio colegio de Maduro? “Muchos se niegan a decir a quién votaron”, concedía un poco.
Frente a ese liceo, Griselda, de unos 60 años, apuraba el paso par entrar al Museo Jacobo Borges. Hablaba, pero con desconfianza. “Yo quiero que haya paz y que se produzca el cambio que necesita este país”, decía, en voz baja, conciente de estar en territorio ajeno. Preocupada, Fernanda decía haber votado temprano “en Vargas, donde el comandante sacaba los mejores resultados de todo Catia… vi poca gente”.
El subterráneo lleva de la populosa Catia al elegante Chacao. El paisaje cambia: las casas humildes se transforman en mansiones y edificios de lujo, las rejas suman cercos electrificados un metro por encima de los muros perimetrales y aparecen las cámaras de seguridad.
Oscar y Nelpis, dos hermanos, van junto a su padre y a la mujer de éste al secundario Santo Tomás de Aquino, colegio privado y de moderna infraestructura. “Nuestro corazón está a la derecha”, dice la joven. “Es un día bonito, acaso presagie cosas buenas”, acota la mayor.
Otra mujer, mayor, y a quien el quirófrano ha tratado sin piedad, va saliendo y les dice: “No se preocupen si ven poca gente. Parece que (las usinas opositoras) están pidiendo que los jóvenes vengan todos a última hora”. Es cierto. La idea era no dar al chavismo claves sobre el nivel de participación propia, desalentar lo que llaman el “acarreo” del aparato del PSUV.
Denise, otra caprilista, cuenta que votó rapidísimo: “tardé cinco minutos, y eso que éramos diez en la cola”. “¿Tú qué crees que va a pasar?”, preguntó dos, tres veces, a este periodista, insensible, por ansiosa, a la curiosidad del otro.
Ya de regreso, el enviado se encontró caminando a la par de un hombre alto, de unos 30 años, moreno, remera azul y andar suelto. Fija: era un chavista en territorio rival. “Yo voté a Maduro. Aquí nadie quiere a Capriles, votarían a cualquiera, lo único que les interesa en acabar con la Revolución”, dice Alfonso, alzando la voz para que la contra lo escuche. ¿Confianza? “¡Claaaaro, pa’ lante! Si ganamos, bien, y si no… pues aquí se arma la guerra”.
UN SISTEMA PARA MIRAR 
Alexander es “miembro B” del proceso convocado por el Consejo Nacional Electoral para servir en el Museo Jacobo Borges, de Catia explica el sistema, que es muy interesante. El votante pulsa en la pantalla la opción elegida y recibe un comprobante en el que figura aquélla, que se deposita en una urna, tras lo cual se le tiñe el meñique como todo recibo. Al cierre, se sortean algunas de las urnas del colegio para hacer una auditoría, en la que se comparan esos tickets con el resultado electrónico: si los números coinciden, como siempre ocurre, los datos son emitidos al CNE.
Y si, por ejemplo, un votante no ve bien, puede ser “asistido” en la urna electrónica únicamente por el acompañante que vino con él. La oposición denunció casos de “asistidores profesionales” del chavismo, operaciones que fueron filmadas por teléfonos, pero que no parecieron tener un alcance significativo.
Se ha hablado profusamente de la posibilidad de fraude. A juzgar por lo dicho por los acompañantes internacionales, y por el propio Capriles, distorsionar el voto es imposible.
Muchos aquí temen que el sistema electrónico permita identificar su opción electoral, lo que, en teoría, podría privarlos de empleos en el Estado o de ayuda social. Otros, que alguien los vea cuando pulsan su opción en la pantalla, algo que, dada la amplitud de la lista de siete candidatos, repetidos además, por cada partido que los apoya, sería posible en teoría. Nada de eso vio este enviado: las mesas, en las que las urnas estaban en todos los casos debidamente cubiertas con cartones, garantizaban discreción. Y hasta se habían quitado los cuadros ubicados detrás de ellas para evitar que los vidrios sirvieran de espejos.
Las condiciones de la campaña, el uso de los medios estatales y las violaciones de la veda para la propaganda han sido, se sabe, algo diferente.

(Notas publicadas en Ámbito Financiero).