Caracas – Al llevar a las calles su protesta contra el resultado oficial de las elecciones del domingo, el líder opositor Henrique Capriles jugó ayer a fondo y abrió la puerta a que el gobierno chavista lo acuse de conspiración, un reflejo que, lamentablemente, repite cada vez más frecuentemente.
La decisión hizo crecer aquí los temores a que se genere un escenario “explosivo”, dijo el analista Luis Vicente León, un duro crítico del chavismo. Con el trasfondo de la tensión imperante entre dos mitades irreconciliables del país, “hay que considerar el desbalance de fuerzas armadas que existe en el país”, añadió.
El consenso es que el recuento de los tickets emitidos por las urnas electrónicas, y su cotejo con el escrutinio informatizado, no debería arrojar mayores diferencias con el del domingo, por lo que el camino de la oposición parece demasiado empinado.
Hoy es difícil entrever en qué momento esta crisis política cederá, pero el cepo institucional de la Revolución (tribunal electoral, corte suprema, Fuerza Armada Bolivariana, milicias propias, parlamento, aparato político, sistema de medios, poder territorial) parece llevar al caprilismo a un callejón sin salida. El gobierno también decidió ayer acelerar en ese sentido.
Todos los animales políticos, como lo es sin dudas este hombre, detestan el llano: 2019 queda demasiado lejos y pueden pasar demasiadas cosas hasta entonces. Sin embargo, podría evaluar como ventajosa la posibilidad de esperar, a lo Lula da Silva, que perdió tres veces antes de conquistar el Planalto.
Es que Capriles salió fortalecido tras el casi milagro del domingo, que lo erige como líder indisputado de la opositora Mesa de Unidad Democrática. ¿Qué le pueden criticar sus aliados/competidores internos, como el exchavista gobernador de Lara, Henri Falcón, si estuvo a punto de lograr la quimera de vencer al aparato político más formidable que recuerde este país, por no mencionar la sombra colosal de Hugo Chávez?
Por otro lado, tiene sólo 40 años y un futuro grande por delante.
En tercer lugar, ese cepo político e institucional que mencionamos hace que luzca demasiado cuesta arriba la tarea para un eventual gobierno suyo en esta coyuntura, más aun cuando los jefes militares han sido explícitos en los últimos años en que no aceptarían un comandante en jefe que no fuera bolivariano. Acaso podría esperar a que la difícil situación económica del país, con el impacto social que ya está teniendo, y las posibles reyertas en el Partido Socialista Unido de Venezuela hagan su lento trabajo erosivo.
El desempeño electoral de Capriles es digno de ser destacado. Para sorpresa incluso de sus propios seguidores, se sobrepuso al efecto emocional de la muerte de Hugo Chávez, a la poderosa maquinaria electoral desplegada desde el estado y a un proceso electoral inequitativo por el uso del aparato del Estado en favor del presidente encargado Nicolás Maduro, por más que él haya jugado con cartas parecidas desde Miranda, sólo que con mucho menor poder de fuego.
Los últimos seis meses de su vida han sido para él una montaña rusa: perdió, pese a haber obtenido un buen desempeño, el 7 de octubre contra Chávez. Logró la reelección en los comicios de diciembre en su estado contra Elías Jaua, actual canciller y uno de los pesos pesados del oficialismo. Y la muerte del jefe de la Revolución Bolivariana lo obligó a salir otra vez a la cancha.
Según dijo a Ámbito Financiero Luis Vicente León, “de la nada logró llevar adelante una campaña con esperanza. Ha trabajado durísimo, ha tenido un gran éxito, ha construido una épica de sacrificio por la oposición”.
Pese a su juventud, Capriles cuenta con una amplia experiencia política. Llegó al parlamento con apenas 26 años en 1998, el año de la llegada al poder de Chávez. En 2000 se convirtió en alcalde del distrito de Baruta, una zona acomodada del Gran Caracas, cargo en que seguía ocupando durante el golpe de abril de 2002.
Capriles ha negado toda participación en ese hecho lamentable. Un grupo de manifestantes progolpe asediaban la embajada cubana, donde se habían resguardados algunos funcionarios, a la que le cortaron la luz y en la que amenazaban con irrumpir. Capriles dice que sólo intentó mediar, pero las imágenes televisivas de archivo lo muestran en el momento en que el ministro chavista de Interior y Justicia de Chávez, Ramón González Chacín, sale de la sede diplomática para ser esposado y arrestado, en medio del acoso brutal de los manifestantes.
Su actitud sugestiva ante éstos le valió cuatro meses de cárcel en 2004, pero la justicia lo absolvió, lo que le permitió pelear por la reelección y obtenerla.
Hoy es gobernador reelecto del estado caraqueño de Miranda, que mezcla las barriadas más pobres de esta capital con las zonas más acomodadas.
Convencido de que el chavismo ha instalado un nuevo sentido común en el país, intentó dar la seguridad a los más pobres de que las misiones de ayuda social se mantendrían en su gobierno, y que sólo debían temer el abandono del Estado los “enchufados”, los acomodados del régimen. Prometió que PDVSA seguiría siendo completamente estatal y hasta sugirió que tratará con guante de seda a las milicias bolivarianas, los 200.000 militantes chavistas en armas.
Su tono ideológico es hoy de centroizquierda, aunque le adosa un color católico subido: es un cristiano convencido, devoto de la Virgen, algo que explica su pertenencia al partido socialcristiano Primero Justicia, devenido del Copei caído en desgracia con la IV República.
Hasta sus enemigos le reconocen su tenacidad, su incansable capacidad de trabajo y el esfuerzo que puso en las últimas tres campañas (ambición de poder, en buen romance). Sus actos y actividades proselitistas lo han mostrado como alguien empeñado en acercarse y en tocar a la gente, bien en clave chavista, un modo de hacer olvidar su cuna de oro.
Soltero y sin hijos, se le recuerdan romances con algunas bellezas, algo que en Venezuela no es poco decir. No obstante, Maduro logró imponer entre muchos chavistas la idea de que es homosexual, algo que Capriles respondió del mejor modo: ni cayó en la tentación de refutarlo sino que cuestionó el carácter discriminatorio de la referencia.
En su campaña apostó con firmeza a un mensaje de unidad, no con la cúpula bolivariana, a la que fustigó sin piedad, sino con el pueblo chavista. Toma ahora el camino de la confrontación total, con el que asume un alto riesgo político y personal y con el que amenaza con encender la chispa de la violencia en un país inflamable, en el que circulan 15 millones de armas de fuego ilegales.
(Nota publicada en Ámbito Financiero).

