Caracas  ­– “Somos Venezuela”, reza un cierto sentido común que apela a la comparación para augurar torbellinos varios a la Argentina, desde el colapso económico hasta la pérdida fatal de la república. “Somos Venezuela”, corea la hinchada de enfrente para incluir ambas experiencias en una misma tendencia liberadora, ignorando, en operación inversa, los rasgos menos gratos de la otrora “revolución bonita” para convertirla en el Paraíso en la Tierra.
No puede negarse, valoraciones aparte, que hay varios elementos comunes en las políticas y en los estilos de ambos extremos de Sudamérica, pero hay que saber que, si es un espejo de nuestro país, Venezuela es uno de esos que devuelve imágenes hiperbólicas y distorsionadas.
Lo interesante es que algunos de esos rasgos son los que explican lo ocurrido el domingo, cuando la Revolución Bolivarianaestuvo a punto de encallar de manera sorprendente. El cóctel, explosivo sin la presencia paternal de Hugo Chávez, está formado por una mezcla de alta inflación, debilidad de la moneda, mercado negro de divisas, controles económicos, un aire político irrespirable y una inseguridad rampante. Rasgos con paralelos en casa, dijimos, pero llevados aquí al paroxismo: a veces la diferencia de cantidad termina siendo una de calidades, “sutileza” que en un caso impide y en el otro facilita a tiempo encontrar correcciones y vías de salida.
Todo aquí es extremo. La Argentina tiene control de cambios y Venezuela también, pero si en el primer caso el “blue” vale un 62% más que el oficial, en el segundo la brecha es del 217%. Esto no es menor, ya que impone, en una estrategia que confía en los controles, restricciones cambiarias extremas, que limitan a entre 2.500 y 3.000 dólares, según el destino, el gasto anual con tarjetas de crédito en el exterior. Si un Estado no brinda a sus ciudadanos los elementos que éstos requieren para ejercer su derecho a salir libremente del país, afecta esa prerrogativa constitucional.
La inflación del año pasado en este país fue del 20,1% y en el nuestro… quién sabe, probablemente algo más. Pero este año el presidente electo, Nicolás Maduro, deberá honrar su promesa de campaña de subir los salarios un 45%, lo que no hará más que acentuarla. Esto es central para comprender lo que ocurrió el domingo. Los precios han subido agudamente en el último tiempo, ya que, mientras Chávez agonizaba en La Habana, el entonces presidente interino decretó el febrero una devaluación y en marzo un nuevo esquema de subasta de divisas para los importadores, que depreciaron el bolívar en más de un 70%. La Argentina no ha llegado a ese punto, y ni los miembros más conspicuos del club de los devaluadores sueña con cifras semejantes.
A esto se suma una escasez de divisas incomprensible en un país que, antes de producir y exportar cualquier otro bien o servicio, se hace con 60.000 millones de dólares por año en concepto de ventas petroleras. Un problema enorme para un país que importa el 40% de los que come y que sumó absurdos 3.771 millones de dólares en exportaciones no petroleras el año pasado.
Ese racionamiento de dólares hace que los faltantes en los supermercados sean concretos, tal como pudo apreciar el sábado último este enviado en una recorrida por el enorme Excelsior Gama de Los Palos Grandes, en el distrito acomodado de Chacao. Allí no había varios artículos, un problema que hoy involucra unos bienes y mañana otros, escasez que ha sido cifrada por organismos independientes en el 20% de la oferta total. El problema, con todo, es persistente en productos básicos como la leche: el sábado sólo se conseguía larga vida descremada, de una marca uruguaya y de una chilena.
Los faltantes de alimentos para bebés y artículos de limpieza también eran notables, así como la existencia de una sola marca de azúcar.
Las expropiaciones de empresas privadas son otro elemento que se suele citar en referencia a los dos gobiernos. En Argentina siempre se apela a los mismos ejemplos puntuales, en general derivados de privatizaciones fallidas. El chavismo, en cambio, ha expropiado, no siempre pagando lo debido, unas 2.300 empresas de todo rubro y porte, desde los “joint-ventures” petroleros de la Faja del Orinoco, hasta bancos líderes, pasando por compañías eléctricas, telefónicas, procesadoras de alimentos, siderúrgicas y decenas de estaciones de radios y televisión… Y varios etcéteras.
Otro aspecto a considerar es la aspereza del debate público. Si el argentino es, a todos los efectos, muy poco edificante, Venezuela juega en las ligas mayores. Los insultos entre los candidatos son violentos y constantes, y el nivel de parcialidad de los medios afines a cada sector es escandaloso, con excepciones rescatables, desde ya.
Lo propio puede decirse de los procesos electorales. Mientras Venezuela debate si su sistema informático es o no es inviolable, está claro que el problema radica en el uso oficial de los recursos del Estado y en las transgresiones alevosas a la veda electoral, más numerosas por parte del chavismo, pero a las que la oposición no ha sido para nada ajena.
¿Elementos asimilables? Tal vez lo más importante sea decir que se está a tiempo de corregir lo necesario para evitar observarnos en ese espejo.
(Nota publicada en Ámbito Financiero).