Caracas – Con puntualidad más suiza que venezolana, miles de antichavistas salieron a las calles a las 8 de la noche con cacerolas, trompetas, bubuzelas y cualquier otro objeto que les permitiera expresar su descontento por la confirmación deNicolás Maduro como presidente del país, producto de un resultado electoral que la oposición califica de fraudulento.
La protesta del lunes se extendió por una hora y media, en la antesala de la que sería una noche violenta que generó al menos siete muertes. Anoche se reeditó la protesta, mientras que los chavistas, que por ahora en su mayoría se están quedando en sus casas, respondieron con un cohetazo en la Plaza Bolívar.
El ambiente en las calles era revelador del estado de ánimo que se ha apoderado de esta ciudad, termómetro político del país. El tránsito, cosa rara, prácticamente había desaparecido a la hora señalada, expresión del temor de muchos a que se registraran hechos de violencia.
Ámbito Financiero pudo realizar una amplia recorrida por Caracas, del este acomodado al oeste popular y de regreso. Las zonas orientales, con epicentro en el municipio de Chacao, registraron una protesta ruidosa y masiva, que incluyó corte de calles importantes, avenidas y hasta autopistas, aunque la mayoría de éstos eran parciales y sólo obligaban a los automovilistas a circular a paso de hombre, o a tolerar un rato detenidos, mientras se formaba una fila india plena de ruidosos, banderas venezolanas y carteles con el rostro de Capriles.
Hacia el oeste, en el distrito Libertador, el panorama estaba más repartido, ya que el ruido persistía, pero predominaban los caceroleros de balcón: era mejor evitar roces con los chavistas. Las torres Simón Bolívar del Parque Central se hacían oír con furia, pero al otro lado de la autopista, hacia el norte, la barriada pobre colgada del centro entregaba silencio. Así de mezcladas están las cosas.
El ruido era todo percusión, y mayormente no se escuchaban coros o insultos.
La zona céntrica de La Candelaria volvía a mostrar antichavistas en las calles, en las inmediaciones de los edificios oficiales (ministerios, Asamblea Nacional) y en la emblemática Plaza Bolívar.
El panorama se hacía más tenso. Motoqueros chavistas, vestidos de rojo o no, circulaban a velocidad entre los manifestantes, identificándose algunos con banderas y otros con el gesto típico del comandante de golpearse la palma izquierda con el puño derecho. Mientras, los autos, que solían dar vueltas en círculos para poder sortear los piquetes, tomaban las calles en sentidos permitidos y de los otros, y el afán por regresar a casa hacía que muchos estuvieran al borde del choque.
Para más, hacia las 9 de la noche, ya no se sabía a quién atribuirle el ruido. Los locales del PSUV, unidades básicas, sacaron sus parlantes a la calle para atronar con música partidaria o, simplemente, alegre merengue. ¿Para contrarrestar a la «oligarquía» o para festejar que «tenemos presidente»? La ciudad tomaba un extraño aspecto festivo.
Los simpatizantes oficialistas también se asomaban a sus balcones. Golpeaban también sus objetos, pero exhibían afiches con la sonrisa de Hugo Chávez y voceaban vivas. «¡No volverán!», era la más escuchada.
La radio entregaba informes de cacerolazos en barriadas pobres, desde el oriental Petare hasta el occidental 23 de Enero. Este enviado rodeó ambas zonas y, si bien algún osado sacó la olla, lo que primaba allí era el silencio.
El lento regreso al este permitió ver grupos de policías antimotines, carros de asalto con cañones hidrantes, basura desparramada y gomas quemadas.
Éstas son las postales evidentes de una sociedad partida por la mitad. Los pobres, acompañan a Maduro; los más desahogados no lo toleran, y hacen crecer la peligrosa épica de quien siente que todos sus caminos están cerrados y no tiene nada que perder. Donde se mezclan, el roce es una posibilidad constante y peligrosa.
La protesta del lunes se extendió por una hora y media, en la antesala de la que sería una noche violenta que generó al menos siete muertes. Anoche se reeditó la protesta, mientras que los chavistas, que por ahora en su mayoría se están quedando en sus casas, respondieron con un cohetazo en la Plaza Bolívar.
El ambiente en las calles era revelador del estado de ánimo que se ha apoderado de esta ciudad, termómetro político del país. El tránsito, cosa rara, prácticamente había desaparecido a la hora señalada, expresión del temor de muchos a que se registraran hechos de violencia.
Ámbito Financiero pudo realizar una amplia recorrida por Caracas, del este acomodado al oeste popular y de regreso. Las zonas orientales, con epicentro en el municipio de Chacao, registraron una protesta ruidosa y masiva, que incluyó corte de calles importantes, avenidas y hasta autopistas, aunque la mayoría de éstos eran parciales y sólo obligaban a los automovilistas a circular a paso de hombre, o a tolerar un rato detenidos, mientras se formaba una fila india plena de ruidosos, banderas venezolanas y carteles con el rostro de Capriles.
Hacia el oeste, en el distrito Libertador, el panorama estaba más repartido, ya que el ruido persistía, pero predominaban los caceroleros de balcón: era mejor evitar roces con los chavistas. Las torres Simón Bolívar del Parque Central se hacían oír con furia, pero al otro lado de la autopista, hacia el norte, la barriada pobre colgada del centro entregaba silencio. Así de mezcladas están las cosas.
El ruido era todo percusión, y mayormente no se escuchaban coros o insultos.
La zona céntrica de La Candelaria volvía a mostrar antichavistas en las calles, en las inmediaciones de los edificios oficiales (ministerios, Asamblea Nacional) y en la emblemática Plaza Bolívar.
El panorama se hacía más tenso. Motoqueros chavistas, vestidos de rojo o no, circulaban a velocidad entre los manifestantes, identificándose algunos con banderas y otros con el gesto típico del comandante de golpearse la palma izquierda con el puño derecho. Mientras, los autos, que solían dar vueltas en círculos para poder sortear los piquetes, tomaban las calles en sentidos permitidos y de los otros, y el afán por regresar a casa hacía que muchos estuvieran al borde del choque.
Para más, hacia las 9 de la noche, ya no se sabía a quién atribuirle el ruido. Los locales del PSUV, unidades básicas, sacaron sus parlantes a la calle para atronar con música partidaria o, simplemente, alegre merengue. ¿Para contrarrestar a la «oligarquía» o para festejar que «tenemos presidente»? La ciudad tomaba un extraño aspecto festivo.
Los simpatizantes oficialistas también se asomaban a sus balcones. Golpeaban también sus objetos, pero exhibían afiches con la sonrisa de Hugo Chávez y voceaban vivas. «¡No volverán!», era la más escuchada.
La radio entregaba informes de cacerolazos en barriadas pobres, desde el oriental Petare hasta el occidental 23 de Enero. Este enviado rodeó ambas zonas y, si bien algún osado sacó la olla, lo que primaba allí era el silencio.
El lento regreso al este permitió ver grupos de policías antimotines, carros de asalto con cañones hidrantes, basura desparramada y gomas quemadas.
Éstas son las postales evidentes de una sociedad partida por la mitad. Los pobres, acompañan a Maduro; los más desahogados no lo toleran, y hacen crecer la peligrosa épica de quien siente que todos sus caminos están cerrados y no tiene nada que perder. Donde se mezclan, el roce es una posibilidad constante y peligrosa.
(Nota publicada en Ámbito Financiero).

