Caracas – Mientras la dinámica política de Venezuela gira con vértigo sobre sí misma, sin que todavía pueda preverse hacia dónde se dirigirá el tornado, el frente externo parece entregarle, al menos, alivios al cuestionado presidente electo, Nicolás Maduro. Pero la visión del mundo que se ha proyectado en los últimos años desde Venezuela bien puede cambiar antes de lo esperado.
Los países del círculo más inmediato de la Revolución Bolivariana (Cuba, Ecuador, Bolivia, Nicaragua) respaldaron el resultado de inmediato. Sumando peso internacional a esa legitimación llegó el apoyo de la Argentina (inicial también y decidido, algo destacado por el Palacio de Miraflores) y de Brasil (algo más lento, pero de creciente énfasis, muy celebrado por el chavismo). La Organización de Estados Americanos (OEA), casi un nombre artístico de los Estados Unidos, dudó, pero terminó por dar un aval forzado, lo que presagia una posición algo más distante, pero de ningún modo confrontativa de Barack Obama. España, con el eco lejano de la Unión Europea, queda en el limbo tras sus idas y vueltas, pero eso no debe sorprender: los intereses de ese país han sido severamente afectados en la Venezuela que aplica una curiosa variante del socialismo.
Se da, entonces, una paradoja: esa comunidad internacional que, más convencida o más a regañadientes, valida a Maduro pretende (o se conforma con) consolidar un statu quo conocido en lugar de contribuir a precipitar a Venezuela a una confrontación interna que puede resultar demasiado grave; sin embargo, bajo la superficie, lo que los comicios del domingo alteran es otro statu quo, el que se había generado en los años de Hugo Chávez al ritmo del influjo externo de ese país.
El sostenimiento de la Venezuela chavista es crucial para muchos gobiernos que dependen de su petróleo barato, la “regaladera” que Henrique Capriles Radonski había prometido cortar, en la que incluía a nuestro país con cifras incomprobables. Cuba, con sus 100.000 barriles diarios, encabeza la lista, pero Nicaragua y varios otros de Centroamérica y el Caribe se anotan también en ella. El problema es que la continuidad de la Revolución estuvo a punto de cortarse el domingo. Si bien Maduro se va estabilizando, su horizonte no lleva necesariamente a 2019, como anunció el Consejo Nacional Electoral al consagrarlo el día posterior a los comicios; con los resultados a la vista, y con los daños que el deterioro económico le puede causar (puede, insistimos) a su popularidad, se abre una posibilidad de que ese futuro se acorte a la mitad.
Según la Constitución de 1999, en tres años, a mitad de mandato, podría realizarse un referendo revocatorio que encontraría a la oposición muy fortalecida, un escenario plausible. En tal caso, los países petroleodependientes de la zona deberían ir preparando los botes y los remos, y Cuba, en primera línea, debería rezar con devoción para no volver a los oscuros tiempos del “período especial” que siguió al colapso de la Unión Soviética.
La historia, se sabe, tiene ciclos, y el del comandante Chávez fue uno que marcó un tono más autónomo y antinorteamericano en el subcontinente. No sólo él fue el protagonista, ya que hubo una confluencia con líderes como Luiz Inácio Lula da Silva, los Kirchner, Evo Morales, Rafael Correay otros. Pero aquél, “corazón de mi patria”, como rezaba el eslogan de campaña del 7O, fue también el eje de esa política. Así las cosas, el futuro, que ya no podemos pensar a largo plazo, podría cambiar en el nido de aquella tendencia, en curiosa sincronía con elecciones que, especulaciones aparte sobre una reforma constitucional, podrían también cambiar el tono en otro actor importante de aquélla: la Argentina. ¿Y Brasil, la gran clave? Allí habrá petismo para rato, cabe suponer, con la popular Dilma Rousseff lanzada a la reelección o, si hiciera falta, con la estrella que espera en el banco: Lula da Silva. Pero la rivalidad brasileña con los Estados Unidos tiene otros componentes, que son autónomos de la ideología. La pelea entre ellos es por la influencia en una región que Brasil considera su área natural de influencia y el primer círculo concéntrico desde el que proyectar su vieja aspiración de potencia económica y política.
Para imaginar el futuro político de Sudamérica como bloque debemos volver a la interna venezolana. ¿Estamos, así las cosas, ante una transición que fortalezca al chavismo como poder en el Estado, que profundice su carácter radical y revolucionario? ¿O, en cambio, las dificultades de la hora lo irán convirtiendo en un “león herbívoro” que comience a desgajarse de sus componentes duros, los que, sin el comandante presente, se sientan libres para dar la pelea por apropiarse de su legitimidad?
“Ésa es la gran incertidumbre, que no se puede responder por ahora. Están dadas las dos posibilidades. Maduro podría hacer cambios estratégicos, populistas, para recuperar ciertos vínculos y calmar al país, negociar con el sector privado y moderar el control sobre la economía. Pero también se puede radicalizar para neutralizar a sus adversarios”, señaló a Viernes Luis Vicente León, director de la encuestadora Datanálisis, quien previó que el exchofer Maduro transitaba el último tramo de la campaña con las gomas pinchadas, y es uno de los analistas más reconocidos de Venezuela.
“En el chavismo hay militarismo y civilismo, hay radicales y pragmáticos, y todos luchan por el control del poder. Y hay actores dentro de ese espacio que aún no entrevemos”, agregó.
“Si se produce un deterioro significativo en su popularidad o en la economía, ahí la probabilidad de divisiones se hará más fuerte. Hay visiones muy encontradas en el chavismo”, completó.
Ángel Oropeza, analista de la Universidad Simón Bolívar, por su parte, indicó en Caracas a este suplemento que “Maduro no posee el control ni siquiera sobre el propio PSUV, y las tensiones con otras fracciones del partido, en especial la que lidera (el titular del Poder Legislativo) Diosdado Cabello, son conocidas. Maduro ha hablado insistentemente de una ‘jefatura cívico-militar’, queriendo dar la imagen de un Gobierno colegiado”. “En el corto plazo tendrá que negociar con estas fracciones, porque no parece -por ahora- poseer la fortaleza personal y de liderazgo como para imponer algún tipo de sello personal”, arriesgó.
“El principal reto del oficialismo es desde ahora la ausencia de liderazgos que convoquen a la unidad de sus fuerzas, y las pugnas internas entre fracciones”, completó Oropeza.
El inédito desafío electoral del domingo, con más de 600.000 viejos votantes chavistas que se pasaron al “lado oscuro”, puso en evidencia la obviedad de que, por más que se lo quiso mantener vivo con un marketing formidable y con médiums emplumados, Chávez murió. Y que, debajo del “comandante eterno”, todos son iguales. Los que apelan emotivamente a su memoria, los que lo acompañaron un tiempo y se alejaron, los que lo combatieron siempre, pero buscan hoy apropiarse de su sesgo social y, aun, los que nada le reconocen, todos falibles, todos son “mortales”, todos están sujetos a la prueba ácida de la gestión.
Maduro pagó por sus errores de campaña, largamente descriptos en la reciente cobertura de Ámbito Financiero, pero también por las carencias de la propia administración de Chávez. Se sabe, éste era el responsable de todo lo bueno de la “revolución bonita”, mientras que lo malo era culpa “del entorno”. El problema es que ese entorno es el que se presentará siempre, desde ahora, al veredicto popular.
Los problemas de gestión que hay que abordar ahora, y por los que se debe responder sin el paragolpes protector del enorme carisma de Chávez, son ingentes. La inflación que encarece la comida (el país importa el 40% de lo que come; el Estado, petróleo mediante, subsidia, pero eso también tiene límites). La disparada del dólar paralelo (a 20 bolívares, por ahora, cuando el oficial alcanza a 6,30). Las dos devaluaciones recientes, de más del 70%. Los cortes de luz (¡en una potencia energética!), atribuidos siempre a fantasmales complots, con culpables supuestamente muy claros, pero que nunca aparecen. El drama de la vivienda, común a clases populares que se apiñan en “barrios” de emergencia y a la clase media que ve cómo muchos de sus hijos de 30 y pico cumplen años en casa ante la dificultad de independizarse. La inseguridad (¿por último?), con tasas de homicidios de 50 por cada 100.000 habitantes para el Gobierno en 2011 o de 73/100.000 para ONG opositoras (tome el que quiera lector: ambos son propios de países en guerra).
“Aquí ha habido dos devaluaciones en menos de dos meses. Ése es uno de los mayores problemas que tendrá que confrontar Maduro. La situación es bastante conflictiva y difícil, y no veo en él las capacidades necesarias para hacerle frente”, explicó a Viernes el director del diario Tal Cual, hipercrítico del chavismo, Teodoro Petkoff.
Las secuelas políticas de la elección del domingo agravan el escenario. El chavismo puede pararse en su lógica de confrontación (al fin y al cabo asegura estar llevando adelante una revolución destinada a dar por tierra con la “oligarquía”), pero no puede borrar de un plumazo la incidencia de la opinión y del estado de ánimo de casi la mitad del país que no sólo se le opone, sino que lo hace fanáticamente. La idea, expuesta por referentes y analistas opositores y hasta por el propio Capriles, de que el sistema electrónico de votación es a prueba de fraudes no convence a los miles (y miles y miles) que ya tienen completamente abollada la batería de cocina, que se sienten “robados” y que experimentan la peligrosa sensación de que no hay salidas institucionales al actual estado de cosas. Siempre hay que temer las acciones nacidas de la desesperación.
Esto supone un problema de legitimidad insoslayable para Maduro, que no se agota en si el sistema es vulnerable o no. La cuestión no es técnica ni electoral, es política. Lo hemos dicho: las fallas están en otro lado, en una propaganda oficial asfixiante en los medios públicos, en el desconocimiento por parte de éstos de que en el país hay opositores que se presentan a elecciones, en las violaciones descaradas a las vedas, en el lenguaje militarista y amenazante, en el empecinamiento de embarrar la cancha electoral a partir del cotidiano anuncio de enormes y temibles complots que auguran hechos de sangre y represión. La oposición partidaria y mediática pone lo suyo, claro, pero nuestro foco hoy es otro.
Pero regresemos a la lectura de lo ocurrido en las elecciones del domingo en clave regional. Lo que el entorno regional de Venezuela debe asumir son los síntomas de agotamiento de un modelo distribucionista, pero que no supo reciclarse en uno de desarrollo. Ha sido políticamente redituable y humanamente virtuoso el reparto de la renta petrolera del modo en que se lo hizo, llevando a quienes nunca habían tenido nada la salud, la educación (desde la alfabetización de adultos hasta el acceso a la universidad), los alimentos, los créditos, el confort de los electrodomésticos, el reconocimiento de todos como verdaderos ciudadanos… Lo que el chavismo no hizo fue destinar al menos una parte de la renta del petróleo de cien dólares al desarrollo y la diversificación productiva, una omisión trágica en un país que ya perdió demasiadas oportunidades a lo largo de su historia. Un país rico, no sólo en petróleo, sino en minería, dotado de un clima favorable, de llanos fértiles, de playas magníficas que no figuran en la agenda de ninguna agencia de turismo del mundo. Un país de 29 millones de habitantes que tiene el privilegio de, antes de ponerse a producir cualquier otra cosa, vender al mundo, a los precios actuales, nada menos 60.000 millones de dólares en crudo. Un país que, atraso cambiario mediante, limitación de la inversión privada y pésima gestión de la pública, ha derrumbado sus exportaciones no petroleras a la risible suma de 3.700 millones de dólares el año pasado.
El desafío para los países más cercanos al modelo chavista y para otros que flirtean con él más a la distancia, como la Argentina, es, entonces, el mismo: cómo convertir el auge de los precios de las materias primas en un sendero real de desarrollo y diversificación productiva, sin renunciar a los niveles de inclusión alcanzados.
El camino correcto no parece el de profundizar las políticas que ponen en riesgo los innegables avances sociales logrados en los últimos años en toda la región, con sus más y sus menos. La referencia es a una inflación que erosiona el consumo popular, que deteriora el tipo de cambio y resiente la estructura productiva menos competitiva, pero más generadora de empleo, el desaliento a la inversión productiva privada.
Quienes se paran en la vereda opuesta de estos modelos con fatiga de material tienen sus recetas, se sabe, pero aun quienes los defienden deben encarar la aventura de imaginar estrategias de desarrollo que permitan sostener los parámetros de calidad de vida obtenidos. Estrategias diferentes de las desbalanceadas que la región conoció en los años sesenta y setenta, volcadas en exceso a la atracción de la inversión externa y a la oxigenación de la tasa de acumulación de capital.
¿Será una aventura posible?
(Nota publicada en el suplemento Viernes de Ámbito Financiero).

