Asunción – El 40% de pobres que viven en Paraguay, escalofriante cifra que incluye un 17% de indigentes, un drama especialmente agudo en el interior rural, mira con desconfianza la política. Por eso los índices de abstención electoral suelen ser elevados, del orden del 50% del padrón, una realidad sólo quebrada durante la efímera ilusión de un cambio profundo que Fernando Lugo encarnó en 2008. Muerta esa esperanza, muchos entre los más humildes volvieron a encontrar ayer pocos incentivos para expresarse en las urnas.
Ámbito Financiero recorrió el barrio pobre de Bañado Sur, sobre el río Paraguay, en la periferia de Asunción, donde lo único que abunda son las adicciones al alcohol y las drogas, la violencia, los embarazos de jovencitas y el abandono. El trayecto desde el centro va mostrando un panorama social cada vez más deteriorado, de casas más precarias, mayor suciedad, empedrado en peores condiciones y un barro denso que, si es así en días secos como los últimos, mejor no imaginar cómo es cuando llueve.
Néstor López, de 42 años, montó una pequeña mesa al aire libre, a la puerta de su casa, en la que vende aceite, café, azúcar, edulcorante, dentífrico y muchos otros artículos de primera necesidad. Cuando terminó una venta en su pequeño almacén portátil, le dijo a este enviado que “fui uno de los que se ilusionó con Lugo, pero nos defraudó a todos por el tema de sus hijos y por cómo se gastaba la plata. Él prometió un cambio, cambiar la zona, pero mire cómo está. Vino en la campaña, después no apareció más y se dedicó a la farra”. “Yo no voto. Además, ¿a quién? Los liberales y los colorados son unos mentirosos”, completó.
Una clave para entender semejante desazón pasa por las expectativas desmesuradas de cambio que despertó el exobispo defenestrado por sus aliados en junio de 2012. Él iba a terminar con la corrupción, con el prebendarismo, con el olvido atávico de los pobres… Un outsider de la política, un hombre de fe, parecía el candidato ideal para la tarea. Pero el problema fue que no contaba con experiencia de gestión, que ocultaba falencias personales que le costaron caras, que se fue sin dar pelea y que, a falta de una estructura política propia, se recostó con imprudente confianza en la del Partido Liberal Radical Auténtico, que a la hora de la verdad no dudó en deshacerse de él para apoderarse del aparato del Estado, el mecanismo más eficaz para apostar a la eternización en el poder.
Ángela López, de 67 años, descansa entre moscas en el umbral de su modesta casa. Ella es más benevolente con el expresidente, pero tampoco mostraba muchas ganas de votar. “A lo mejor voy, depende de cómo me sienta”, dijo, antes de explicar que tiene “alta la presión”. “Con Lugo las cosas mejoraron, pero cuando se fue empeoró todo de nuevo”, estimó.
“El tema de sus hijos es algo personal de él”, añadió, a contramano de la mayoría. Es que la cuestión pegó duro en un país en el que, según dijo a este diario la candidata a vicepresidente del centroizquierdista Mario Ferreiro, Cinthya Brizuela, “el 35% de las madres son solteras”.
Porfirio Méndez Torres tiene 84 años, y cumplirá uno más el 5 de mayo. Éste sí está grande, pero conserva el espíritu. Aseguró que votaría por Ferreiro, un popular periodista televisivo de excelente imagen, una alternativa que encontraron muchos al posluguismo, pese a la puja de egos entre ambos que evitó que compartieran lista. “Somos pobres y necesitamos ayuda. De Lugo no puedo decir nada malo, porque con él tuvimos el sueldo para la tercera edad, remedios y comedores para 2.500 vecinos que no tenían qué comer”, explicó. “Ahora nadie nos hace caso, se llevan toda la plata en los bolsillos”, reprochó al nuevo liderazgo liberal.
Marta, una exluguista de mediana edad que milita también por Ferreiro, explicó a Ámbito Financiero que con el exobispo, la ayuda comenzó a fluir directamente a los necesitados, sin pasar por el filtro de los punteros políticos, colorados y liberales, que son muy fuertes en Bañado Sur y otras barriadas populares del Gran Asunción. El haber liberado a las clientelas de éstos le terminó costando un tremendo pase de facturas, se ha visto, pero también perjudicó a los necesitados. “Todos los comedores se cerraron, y la ayuda hoy es monopolio de los liberales, que la tienen por estar en el gobierno y que se la entregan solamente a sus simpatizantes”, agregó.
¿Cuál es la forma de liberarlos de ese cepo? Un dilema, que se ilustra con modalidades de “producción del voto” comunes, lamentablemente, a todos los conurbanos metropolitanos de América Latina.
“Cuando un candidato encuentra a un líder (barrial, un puntero) del partido rival al que puede corromper, le compra las cédulas de su gente para asegurarse que simplemente no puedan votar. Si no, para asegurarse votos propios, compra las cédulas y se las da a otros electores, que sabe fieles y que pueden votar después de que se ‘arregla’ a los fiscales de las mesas de la zona, sean del partido que sean, para que miren para otro lado. La tercera es pagar después de que el votante saca una foto con su celular para probar que hizo lo correcto”, le dice un amplio conocedor de esas prácticas a Ámbito Financiero.
Hay un dilema que es preciso mirar de frente. El voto, lo sabemos bien, puede ser una manera más, especialmente brutal y repugnante, de someter a los más débiles. Pero es, a la vez, una herramienta potencialmente liberadora. Una bandera que más temprano que tarde habrá que arrebatarles a los que la bastardean.
(Nota publicada en Ámbito Financiero).

