Nicolás Maduro se presenta todos los días como la continuidad de un proyecto de una década y media, pero se sabe que, en política, aquello de lo que más se hace gala es muchas veces lo que más se echa en falta.
Es que “el primer presidente chavista de Venezuela”, como bien se ha definido, enfrenta un escenario inédito por una sencilla razón: por más que se declare hijo político de Hugo Chávez, la prole del caudillo muerto es muy numerosa, y muchos los que aspiran a adueñarse de la revolución.
Dicho escenario singular incluye, por un lado, la necesidad de paliar notorios déficits de gestión que, a su modo y con el rudimentario instrumental del que dispone, Maduro pretende encarar. Deudas que casi nadie pasaba a cobrar por la ventanilla del líder bolivariano, quien, se sabe, según los más incondicionales, chocaba en sus buenas intenciones con los escollos que le planteaba “el entorno”. Un entorno que ahora es el que gobierna, a diferencia de aquél, sin paragolpes.
Los principales problemas de gestión, que a Maduro sí se los facturaron en las elecciones del 14 de abril y que casi le cuestan una derrota y su lugar en la historia, son tres: los cortes de luz, la rampante inseguridad y el desabastecimiento de alimentos. Como puede y como sabe, el mandatario enfrenta los tres.
El primero, confiando en la gestión de Jesse Chacón como ministro de Energía, quien ha puesto en marcha la Gran Misión Eléctrica, la que, poco a poco, ha ido dejando de hablar de “sabotajes” opositores como explicación de todos los males y comienza a blanquear las debilidades del sistema de generación y transmisión, insólitas en un país con energía tan abundante.
El segundo es atendido con una medida que, en otro país, en el que las fuerzas armadas no hayan sido tan “formateadas” por el poder político como en Venezuela, sonaría a herejía ideológica: confiar a los militares tareas policiales. Una aventura en la que se entra fácil, pero que genera dudas en cuanto a sus posibles resultados, que pone a esos sectores en contacto con sectores criminales de potencial corruptor y de la que puede ser difícil salir.
Pero el tercer frente es el que genera más concesiones ideológicas. Para paliar la escasez de alimentos en un país que, pese a las bondades de su clima y de su suelo, importa el 40% de lo que come, el cóctel resulta controvertido: un relativo sinceramiento de los precios en las góndolas (20% para la carne, el pollo y los lácteos, un golpe al bolsillo de la base electoral del oficialismo) y exhortaciones al sector privado para que incremente sus inversiones. Esto último es toda una curiosidad que supuso el abandono de las habituales amenazas de expropiación y, de paso, “tragarse el sapo” de que el empresario emblema del sector, Lorenzo Mendoza, del gigante Polar, haya acudido la semana pasada a una entrevista con Maduro en la que demostró que la producción de sus plantas no había caído como decía el gobierno y en la que se permitió chicanearlo con la propuesta de que le entreguen empresas estatizadas altamente ineficientes para poner a producir de inmediato.
Pero lo inédito del escenario que enfrenta el presidente incluye otro dato esencial: las internas políticas que, con Chávez al mando, no se notaban.
Antes de las elecciones de hace poco más de un mes decíamos que la interna en el chavismo no estallaría antes de la convocatoria a las urnas, ya que primaría hasta entonces el sentido de la urgencia ante la falta del comandante, pero que aquélla aparecería más temprano que tarde. Y así fue, tal como quedó reflejado en el audio que divulgó ayer la oposición en Caracas.
En éste se habla de conspiraciones internas, movidas golpistas en la Fuerza Armada Nacional Bolivariana y actos de corrupción. Todo ello converge, con nombre y apellido por si hiciera falta, en el líder del “ala militar” del chavismo y poderoso presidente de la Asamblea Nacional: Diosdado Cabello.
El contenido del audio y la identidad de sus protagonistas dejan mucha tela para cortar. ¿Quién grabó una conversación entre, nada menos, que el más emblemático de los “periodistas militantes” del chavismo, Mario Silva, conductor del programa “La Hojilla”, y un jerarca del espionaje cubano, Aramis Palacio? ¿Quién filtró semejante cosa?
No perdamos de vista que el gobierno de Cuba ha sido uno de los principales padrinos políticos de Maduro frente al agonizante Chávez, cuando éste debía definir su sucesión. Por otro lado, quien queda mal parado es, justamente, Cabello, el principal rival interno del vencedor de esa puja.
Si lo anterior constituye un indicio de quiénes podrían ser los responsables de la filtración, cabe preguntarse también, cuál será la reacción de Cabello y los suyos.
Una división aguda en el chavismo, una posibilidad que ya no es posible minimizar, puede ser fatal en el escenario que parece abrirse en Venezuela: un referendo revocatorio de Maduro dentro de tres años, como permite la Constitución de 1999. A exponer (y atizar) esas reyertas apunta la oposición que divulgó la grabación. Mientras, Henrique Capriles insiste en una impugnación que no persigue el objetivo quijotesco de que Maduro sea desconocido por las autoridades electorales y por la comunidad internacional, sino erosionar la legitimidad del presidente presionar por mayores garantías para esa eventual consulta.
En medio del tembladeral, dentro del chavismo, Maduro, Cabello y sus respectivos incondicionales, coinciden al menos en una certeza: de un día para otro, han descubierto que dormían sobre un serpentario.

(Nota publicada en Ámbito Financiero).