(Barack Obama asumió el poder el 21 de enero de 2008, en medio de una ola de fervor nacional e interenacional. Que fuera el primer negro en acceder al poder en Estados Unidos y que prometiera barrer con el pésimo legado de la era Bush justificaban esas esperanzas. Pero su discurso de asunción presagiaba, para algunos, más continuidades que rupturas e invitaba a preguntarse por la verdadera vocación innovadora de ese hombre. Hoy, cuando su gobierno se embarca, en nombre de la seguridad, en una campaña de espionaje contra sus propios ciudadanos de proporciones nunca vistas, bien vale la pena hacer un ejercicio retrospectivo. Dejo, a continuación, el artículo que publiqué en Ámbito Financiero el 22 de enero de aquel año. ¿Habré sido injusto con él?)


Cuando la Biblia sobre la que juró el cargo todavía está tibia por el calor de su mano, es absolutamente prematuro formular juicios tajantes sobre el Barack Obama presidente. Sin embargo, hay tentaciones que son irresistibles y, en rigor, sus primeros gestos políticos y, sobre todo, la inspirada declaración de principios que constituyó su discurso inaugural abren la posibilidad de hacer algunos comentarios preliminares. Que pasan inevitablemente por la paradoja de que quien evoca los más altos ideales como guía de su política asome como el presidente más pragmático que los estadounidenses hayan visto en décadas. Es la hora de los ideales, ya no de la ideología.

¿Pero cuáles son esos ideales? Básicamente, los de la grandeza de los Estados Unidos, un país al que Obama sigue viendo como una potencia portentosa, de carácter imperial. Aunque los fastos del ritual de asunción hayan sido independientes de su voluntad, se lo vio cómodo entre los acordes marciales, las salvas de cañones, las multitudes en la zona más monumental en la ya de por sí monumental Washington, la televisión mostrándole al mundo una celebración que los Estados Unidos eligen vivir sin invitados extranjeros… Pero, lo más indicativo al respecto fue una de las frases que el propio Obama pronunció durante su discurso: «Seguimos siendo la nación más poderosa de la Tierra». Y su vocación, está claro, es reconstruir las bases de ese poder.

Hubo en su mensaje signos claros de ruptura con el pasado reciente. Ante un sombrío George W. Bush, habló de una economía postrada y de un liderazgo internacional menguado, prometió devolver Irak a su pueblo y, de modo más que elocuente, rechazó la «falsa elección entre nuestra seguridad y nuestros ideales». Prometió diálogo con los aliados y una mano tendida a los que no lo son. Este punto es crucial, porque revela un nuevo estilo, dado seguramente por sus convicciones personales pero, sobre todo, por la debilidad nacional que él mismo admite. Con todo, no debe mover a engaño: se trata de un nuevo estilo, pero no de una nueva visión de los intereses de los Estados Unidos, o de nuevas listas de amigos y enemigos. «A aquellos que se aferran al poder mediante la corrupción y el engaño les tenderemos la mano si están dispuestos a abrir el puño», prometió. Pero «aquellos» siguen siendo los de siempre, el «eje del mal», Irán, Corea del Norte, Siria, Cuba, Venezuela… Se trata, en definitiva, de perseguir los intereses de siempre de la Casa Blanca, sus políticas de Estado, aunque de una nueva manera, ejerciendo lo que podría leerse entre líneas como un «poder blando», según la recordada definición de Joseph Nye. ¿Pero eso es factible a largo plazo? ¿Es posible que ejerza ese tipo de liderazgo un país que, como el mismo Obama dijo, «está en guerra con una red de gran alcance de violencia y odio»? Dijo «guerra». Guerra con el terrorismo. Curioso: igual que Bush.
¿Qué pasará, entonces, si ese «eje del mal» que nunca mencionará con ese nombre no abre su puño y acepta la mano que le tiende desde Washington? ¿Abandonará Irán su plan nuclear y dejará de influir sobre la comunidad chiita de Irak y el Líbano? ¿Lo hará también Corea del Norte? ¿Dejará Siria de apoyar a los grupos terroristas de Medio Oriente y abrazará por fin la causa de la democracia? ¿Se democratizará Cuba y Venezuela abandonará su «revolución»? ¿Todo por arte de la magia de un nuevo estilo amigable y una sonrisa carismática? Sin dudas no será así. Todos esos regímenes, igual que Estados Unidos, atienden a su propia «raison d’état».
Hugo Chávez, en plena campaña para el referendo que en febrero decidirá su destino político, esto es la posibilidad de que busque su reelección de manera indefinida, es el único que ya lo cruzó con dureza. El resto, desde La Habana hasta Teherán y Damasco, pasando por los satélites de estos últimos, como el movimiento palestino Hamás, prometieron esperar y ver. Mientras, desde ya, acelerarán a fondo con sus planes, sin darle tiempo de reacción a un presidente que recién se está acomodando en su sillón y que tiene como prioridad absoluta ponerle un piso al derrumbe de la economía de su país.
El «poder blando» obamista es, psicología aparte, resultado de una coyuntura en la que Estados Unidos no tiene resto para amenazar a sus enemigos con un posible recurso a la fuerza. Sus bancos y los íconos de su industria tambalean, los empleos se destruyen de a cientos de miles por mes, el déficit fiscal se empina ya por encima del 10% del PBI. Estados Unidos necesita a sus aliados (los de siempre) para presionar a sus enemigos (los de siempre también). El país ya tiene dos guerras (Irak y Afganistán) y no podría sostener tres. Hoy, solo, no puede.
En lo doméstico también imperará el pragmatismo. «La pregunta que nos hacemos hoy no es si nuestro Gobierno es demasiado grande o pequeño, sino si funciona», dijo en su discurso, algo así como el «no importa si el gato es blanco o negro sino que cace ratones» de Deng Xiaoping en versión norteamericana. Y agregó: «El poder del mercado para generar riqueza y expandir la libertad no tiene rival, pero sin vigilancia puede descontrolarse». ¿Le alcanzará a Obama para restaurar la confianza dar un poco a cada uno, una señal a los mercados y otra a sus bases demócratas más liberales? El tiempo, y la evolución de la crisis, lo dirán.
Los primeros pasos de Obama, racionalmente contemplados, no justifican ni las esperanzas desmesuradas ni las decepciones terminales. Un país tan colosal como el suyo, con un entramado tan denso y poderoso de intereses, no se da vuelta como una media de un día para el otro. Acaso ni siquiera sea ésa la expectativa del nuevo presidente. Tal vez se trate, simplemente, de buscar nuevos caminos para restaurar el viejo esplendor.