La noticia del triunfo de Hasán Rohani en las elecciones presidenciales del viernes en Irán tomó por sorpresa a muchos en Occidente pero, bien vista, responde más a un hábil arreglo político que permite saldar en el corto plazo las luchas facciosas dentro del régimen que a un feliz imponderable.
La reelección de Mahmud Ahmadineyad en 2009, tachada de fraudulenta por el ala más abiertamente reformista, fue seguida de enormes manifestaciones que encontraron una feroz represión, que, aun al día de hoy, mantiene con prisión domiciliaria y sin  juicio a los excandidatos Mir Husein Musavi y Mehdi Karrubi. En las calles, el saldo fue aun más brutal: más de cincuenta muertos y miles de detenidos.
Pero esa represión no anuló el ansia popular de una apertura del régimen teocrático que garantice derechos civiles, una supervisión religiosa de las costumbres privadas menos asfixiante, una prensa en la que la disidencia no sea clausurada y elecciones en las que se permita una competencia sin vetos y que incluya a candidatos no confiables por razón de su observancia del ritual y su género.
El líder supremo, Alí Jamenei, quien heredó el poder real de la revolución tras la muerte del ayatolá Ruhola Jomeini en 1989, es, además de un líder religioso, un político consumado que tomó nota de ese sentimiento y de lo peligroso que sería para la estabilidad del clero chiita mantenerlo taponado.
La intrincada red institucional de la República Islámica coloca en el vértice del poder al líder supremo. Justo debajo de él ubica al Consejo de Guardianes, una suerte de cámara alta controlada por aquél que revisa las leyes emanadas del parlamento (Majlis), que ejerce el control de constitucionalidad y que supervisa los procesos electorales. Esto último le da poderes para certificar a los candidatos, de modo de asegurar que cuenten con las necesarias credenciales islámicas.
En la última campaña esto se tradujo en que, de las 656 precandidaturas presentadas, sólo sobrevivieran ocho. Todas ellas de personajes ideológicamente “confiables”.
Si el reformismo ya no sería tolerado en las instituciones, poniendo fin a experiencias como las del expresidente Mohamad Jatami, y seguía latiendo en las calles, se imponía captarlo, introducirlo en el sistema. Las postulaciones autorizadas de Rohani y de Mohamad Reza Aref, dos moderados, debían atender ese imperativo.
Presionado por Jatami y el expresidente Akbar Hashemi Rafsanyani (otro centrista, es decir, ni reformista ni ultraconservador, además de uno de los acusados en la causa AMIA), Aref declinó a regañadientes su postulación. Todo apuntaba a consolidar el voto de ese sector en la figura de Rohani.
Que entre los restantes seis candidatos, todos ultraconservadores y allegados al líder supremo, no se produjeran renuncias similares invitaba a pensar en un voto reformista concentrado y en uno principalista fragmentado. Un “detalle” que no se le podía escapar a Jamenei.
Lo único que faltaba era que el voto aperturista, básicamente joven y de clase media, se expresara en las urnas, dejando de lado los miedos que produjo aquella represión. El propio Jamenei llamó antes de la votación a una participación masiva.
Con los resultados debidamente amañados en virtud de la mencionada selección de los candidatos, unos de los aspectos más importantes de las elecciones iraníes es el nivel de participación. En las condiciones descriptas, el viernes llegó casi al 73%, muy por encima del 64% de la primera vuelta de 2009 y del 63% de la de 2005. La ingeniería fue exitosa.
El reto ahora, sumado el voto reformista al sistema, es darle alguna forma de satisfacción en la práctica. Rohani prometió una carta de derechos civiles, reducir la confrontación con Occidente y, de la mano de esto, mejorar la economía a partir de un aligeramiento de las sanciones internacionales.
¿Lo logrará? En alguna medida puede que sí, tal es el arreglo político que se plasmó en las urnas. Pero quienes se esperanzan con un deshielo radical del régimen deben saber que Rohani es cualquier cosa menos un reformista de corazón. Al contrario, pasó por todos los puestos de poder dentro del régimen, siempre fue leal a Jamenei, fue líder parlamentario, parte de la cúpula militar, hombre del Consejo de Guardianes, cabeza del Consejo de Seguridad Nacional y negociador nuclear del país. Mucho más un “apparatchik” que un liberal.
Si algo faltaba para hablar sin temor a equivocarse que la consagración de Rohani es un conveniente arreglo entre las facciones toleradas por el régimen, basta repasar las palabras pronunciadas ayer por Rafsanyani.
De no haber sido vetado debido a su edad (casi un chiste dentro de un régimen verdaderamente gerontocrático), hoy sería él el presidente electo. Sin embargo, satisfecho, dejó de lado sus agrias críticas a aquella proscripción y señaló que “si los enemigos de la República Islámica tienen una poco de decencia, deberán aceptar que Irán celebró las elecciones más democráticas del mundo”. Sin olvidar, claro, la debida reverencia al responsable máximo de su apartamiento. “La gran presencia en los colegios electorales hizo realidad la epopeya política que había anunciado el líder supremo”, Alí Jamenei.
Evidentemente, salvando a los presos, todos quedaron bastante conformes.

(Nota publicada en Ámbito Financiero).