Si su discurso del viernes por cadena nacional había transcurrido entre lugares comunes (el respeto a los reclamos populares, el rechazo a la violencia y la ratificación de Brasil como sede del Mundial 2014), los gestos de ayer de Dilma Rousseff fueron bastante más allá y, ya repuesta del primer golpe de la realidad, tomaron la forma de una ofensiva audaz por retormar la iniciativa política.
Es que el inesperado desafío de la calle hirió gravemente su imagen de presidenta con amplia aceptación, capaz de encarar confiada el camino hacia su reelección en octubre del año que viene. Pero el reto no venía sólo de la clase media insatisfecha sino desde otro lugar igualmente inquietante: su entorno político más cercano.
Las columnas periodísticas del domingo se empeñaron en acercarle un fantasma mucho más temible que la deshilachada oposición que pretende enfrentarla en las urnas: la posibilidad de que su mentor, Luiz Inácio Lula da Silva, se deje tentar para acudir como un bombero a apagar los fuegos de las protestas, habida cuenta de una incipiente pero palpable sensación de que, para muchos dentro del Partido de los Trabajadores y para otros tantos fuera de él, su carisma podría ser el único remedio contra el caliente “otoño brasileño”. Lula, también de envidiable imagen pública, ha dado muestras de respetar la prioridad de su delfina para competir por un segundo mandato, pero no termina de asumirse como un expresidente y en numerosas entrevistas no ha dado muestras de querer cerrar su etapa en la política activa.
Como la inacción no era, entonces, una opción, Dilma se aseguró de presentar un programa que pudiera ser visto como amplio para fugarse de la crisis hacia adelante. El pacto nacional de cinco puntos que lanzó ayer cumple con esa premisa, aunque la falta de definiciones, a la espera de negociaciones políticas que deben incluir a los veintisiete gobernadores y a los alcaldes de las ciudades más afectadas, constituya un flanco débil frente a manifestantes que de un día para otro, y sin aviso, se han declarado cansados de esperar.
Lo más vistoso de lo anunciado ayer pasa, sin dudas, por la promesa de un referendo que lleve a una reforma constitucional y esto, a su vez, a una reforma política que ataque los problemas de las restricciones a la participación popular y el de la corrupción rampante.
Por empezar, hay que decir que el camino hasta el objetivo parece largo y que en ese punto comenzará una carrera entre la voluntad de los manifestantes, deseosos de que su momento no se esfume, y la previsible decadencia del movimiento que, más tarde o más temprano, no podrán evitar debido a su rechazo radical a apoyarse en cualquier liderazgo y en cualquier estructura política, ya sea partidaria o encuadrada en movimientos sociales con mayor experiencia.
Pero, además, la llamativa declaración de la corrupción como “crimen aberrante” tropezará con la propia estructura de sus alianzas políticas, las que le dan mayoría en el Congreso y estabilidad política. ¿Ir a fondo con la cuestión hará que deje de reemplazar a los ministros que cesa por robarse dinero público por otros de sus mismos partidos, sospechados de manera estructural? ¿Pondrá en negro sobre blanco las cuentas del barril sin fondo que constituye la organización del Mundial? ¿Supondrá deshacerse de aliados verdaderamente odiados por los indignados, como algunos extremistas evangélicos o como el poderoso PMDB y uno de sus referentes, el presidente del Senado Renan Calheiros? ¿Significará el abandono de propuestas irritantes de enmienda constitucional hoy en curso, como la que sacaría la instrucción de los casos de corrupción de la esfera del Ministerio Público para entregarla a la policía (más corrupta que los corruptos), o la que permitiría al Congreso revisar los fallos del Tribunal Supremo que no le agraden? ¿Implicará, por último, alentar a quienes buscan ir más arriba después de las condenas del “mensalao”, el esquema de compra de diputados en pos de una mayoría mediante pagos regulares mensuales, para desentrañar de una buena vez el rol del propio Lula, que dice ignorar lo que ocurría justo debajo de su nariz?
Las otras promesas también traen cierto veneno. La de apegarse a la responsabilidad fiscal para impedir un mayor empinamiento de la inflación supone una economía más fría que la actual, lo que no es poco decir.
Asimismo, el índice general de precios, que evoluciona a un 6,5% anual, no explica lo que está ocurriendo con productos clave de la dieta popular como los porotos negros y el arroz, que han subido alrededor de un 30% en el último año. La reciente suba del dólar juega en contra: como Argentina, y más allá de su muy diferente potencial industrial, Brasil es un exportador de productos primarios, básicamente de los que come su población, por lo que sus precios internos están fuertemente cruzados por las imposiciones de la demanda mundial.
Por otro lado, la meta de recuperar la estabilidad parece contradecir otros objetivos planteados ayer, como un amplio programa de desgravaciones impositivas a las empresas de transporte y a los combustibles que éstas utilizan para ayudar a una reducción de las astronómicas tarifas que se cobran en el país. O el anuncio de inversiones por 25 mil millones de dólares en el sector, en un marco, por otro lado, en el que abundan los meganuncios de ese tipo y en el que sus ejecuciones terminan resultando mucho más morosas. ¿Si la solución estaba tan a mano, por qué no se la tomó antes?
En materia de salud, lo conocido: combatir la escasez de recursos humanos a través de el aumento de la matrícula en las facultades de Medicina (más inversión) y mediante la contratación de médicos cubanos, portugueses y españoles, algo que irrita sobremanera a las asociaciones profesionales locales.
Dilma dio ayer un paso importante para retomar la iniciativa en el corto plazo. Resolver los reclamos pendientes, muchos y acuciantes como se ha visto, y cuya concreción se le demandará en la campaña electoral que se avecina, puede resultarle bastante más difícil.
(Nota publicada en Ámbito Financiero).