“Egipto tiene un dilema: su política está dominada por demócratas que no son liberales y por liberales que no son demócratas”, dijo ayer en The New York Times Samer Shehata, profesor de Estudios Internacionales de la Universidad de Oklahoma y especialista en ese país. La sentencia, precisa, lleva a preguntarse qué clase de democracia puede construirse sobre esas bases, tal la esperanza que se generó en febrero de 2011, con la caída de Hosni Mubarak.
Egipto no es un país más. Es, por un lado, el gigante del mundo árabe, con sus más de 80 millones de habitantes, una potencia política y militar que suele anticipar tendencias en una región clave, entre otras cosas, para la ecuación energética global y la lucha antiterrorista. Es, además, el fiel de la balanza en las relaciones entre Occidente y Medio Oriente, un Estado que gira en torno a la órbita de los Estados Unidos y, junto con Jordania, es el único que mantiene relaciones formales con Israel. Por último, comparte frontera con la Franja de Gaza, el enclave islamista que constituye, junto al poder de Hizbulá en el Líbano, la principal fuente de choques militares con el Estado judío.
Tras la caída de Mubarak, cuyo abandono político ya en su momento Israel le reprochó amargamente a Estados Unidos y a Europa, era fácil encandilarse con la promesa de una democracia que multitudes emocionadas y valientes defendían en las calles. Pero también era fácil poner en duda los alcances reales de esa vocación, habida cuenta de la falta de organicidad de esas manifestaciones.
La juventud en las plazas parece responder, cada vez más, a un clima de época que, sin abusar de paralelos abusivos, se impone en lugares tan distantes como el mundo árabe, Turquía, Irán, la Europa de los indignados y, más recientemente Brasil. Entre sus muchas diferencias, algo que tienen en común esos movimientos es su confianza ciega en la capacidad de movilización que les dan la tecnología y las redes sociales, así como una equivalente aversión a la política estructurada en torno a liderazgos personales, partidos o, incluso, movimientos sociales.
Todo eso suena bien, al menos hasta que se descubren los límites de tales construcciones políticas, por llamarlas de una manera, hallazgo que llega bien pronto. Esos movimientos logran protagonismos espasmódicos, irrupciones tan espectaculares como sus declives y gran dificultad para expresar, articular y negociar sus demandas. Pueden impulsar reformas, pero no llevarlas a cabo; pueden, en casos extremos que involucran a dictaduras, derribar gobiernos, pero no generar otros nuevos. Son terremotos.
Eso es lo que ocurrió, hace más de dos años y de nuevo en estos días, en Egipto. Ya entonces era fácil advertir que al derribo de la dictadura de Mubarak seguiría un proceso electoral en el que, a falta -naturalmente- de estructuras políticas sólidas debía desembocar en una de dos posibilidades: un gobierno de la Hermandad Musulmana, una organización semilegal en el viejo orden, con una vasta red de ayuda social y que sólo podía presentarse a elecciones a través de candidatos “independientes”, o uno ligado al aparato militar, que en Egipto incluye un imperio empresarial y un presupuesto al que Estados Unidos contribuye con unos u$s 1.300 millones por año y que maneja de modo autónomo. Un año atrás se dio lo primero: Mohamed Mursi derrotó al exmubarakista y favorito de las Fuerzas Armadas Ahmed Shafiq, poniendo en marcha un gobierno con legitimidad democrática, islamista pero, claro, de ningún modo liberal en su concepción de los derechos y libertades civiles.
Su gestión fue breve y turbulenta. Por un lado, la carestía de los combustibles y la comida, que era previa y fue central en la revuelta de principios de 2011, no hizo más que agravarse.
Segundo, los roces con el Tribunal Constitucional fueron continuos, con este último invalidando procesos electorales legislativos y enfrentando la pretensión del presidente de poner sus decisiones fuera del alcance de la justicia.
Tercero, el eje islam/laicismo cruzó todo el proceso de reforma constitucional, con un nuevo texto que, como el viejo, consagra los dogmas de esa fe como “fuente principal de la legislación” pero que fue algo más allá en sus referencias a la sharía, la ley religiosa, que no puede ser contravenida por la prensa. Asimismo, restringe la libertad de culto a las tres religiones abrahámicas y prohíbe expresamente la blasfemia contra los profetas, entre otros corsets. La Constitución fue promulgada tras su aprobación en referéndum en diciembre último, con un voto favorable del 64%… pero con un nivel de participación que estuvo por debajo del 35%. Las líneas del conflicto que terminó de eclosionar ayer ya estaban definidas.
Cuarto, y acaso más importante, Mursi se permitió descabezar a la cúpula militar que había, sucesivamente, apoyado y abandonado a Mubarak, masacrado y finalmente respaldado a los jóvenes de la plaza Tahrir. La misma plaza que, ahogada por una islamización que, en los hechos, estuvo más sugerida que plasmada en medidas de gobierno, terminó ayer por vivar a los militares como salvadores de la nación. Son los liberales que no son demócratas, de acuerdo con la feliz definición de Shehata.
Así, el capítulo egipcio de la “primavera árabe”, seguramente el más espectacular, termina en un golpe cívico-militar de manual. Ahora se verá la desaparición forzada, más o menos formal, de la Hermandad Musulmana de la competencia electoral, lo que dejará fuera del sistema al 24% que votó por Mursi en primera vuelta y a buena parte del 51,7% que lo consagró en el balotaje. El islamismo político subsistirá en el salafismo, más radical que la Hermandad y que supo abandonar a tiempo a Mursi y ponerse del lado de la calle.
Lo que queda, lo que excede a la corriente que será proscripta, será el sustento de la nueva “democracia” formal. Una “democracia” en la que un sector -mayoritario o no, pero sin dudas lejano de la deseable totalidad de la ciudadanía- se dividirá a su vez en un gobierno nuevo y en una oposición. Una “democracia” necesariamente débil, atada sin remedio a la tutela militar, es decir al mismo poder que ha monopolizado la vida política del Egipto moderno, desde Naser hasta Mubarak. Un sistema que ya no podrá asegurar niveles de razonables de paz pública, lo que puede propiciar una y otra vez la reaparición del informal partido del orden.
Dos años atrás, la calle pedía, democracia, pero ésta nació con un rostro que la espantó. Esta vez pidió otra cosa. Pero, deseos aparte, después de tanta pasión y tanta sangre, el nuevo Egipto puede parecerse al viejo más que lo calculado.
(Nota publicada en Ámbito Financiero).

