Son demasiados, y demasiado duros, los golpes que viene sufriendo la autoestima de los españoles. A los rigores de una crisis económica que hizo trizas el sueño de la prosperidad sin fin, que sumió al país en la recesión desde fines de 2008 y que, en paralelo, disparó el desempleo del 8,6 al 27%, se sumó pronto otro descubrimiento ominoso: la existencia de redes de corrupción que se creían privativas de los países que a menudo se miraba con desdén.
Primero fue la mismísima familia real la que quedó, ante el estupor general, involucrada de lleno en sospechas de latrocinios. Pero la trama oscura de posiciones públicas y negocios privados probó ir mucho más lejos.
Lo que se ventila en estos días y que, a diferencia de lo que podía pensarse poco tiempo atrás, amenaza seriamente la continuidad del Gobierno de Mariano Rajoy, excede lo que sugieren los datos duros que ventila la prensa, en concreto la denuncia de que, entre otros altos funcionarios conservadores “tocados”, el actual premier se embolsó algunas decenas de miles de euros. ¿Poca cosa? Siempre, en estos casos, lo que se conoce es sólo una parte de la verdad. Y la verdad completa es que, más allá de lo que haya de cierto en esta ocasión sobre el líder “popular”, la corrupción siempre involucra mucho más que políticos codiciosos que desvían fondos públicos a sus cuentas privadas en paraísos fiscales.
España se asoma a un escándalo que recuerda a la “Tangente” italiana de los 90. Si algo enseñó aquel caso es que la corrupción no hace distinciones de ideologías y que el lucro privado es sólo una parte de ella. Otra, acaso la mayor, se destina a financiar campañas políticas y operaciones inconfesables con dinero que nunca aparece.
Este costado de la corrupción es acaso el más peligroso, puesto que pone de relieve el poder del dinero para moldear conciencias y para “producir” el voto, ácido puro que se derrama sobre la fe de los ciudadanos en la democracia.
El propio Luis Bárcenas, el hombre que controló durante veinte años los fondos del Partido Popular, el mismo a quien Rajoy elevó al rango de tesorero en 2008 y al que le soltó la mano luego, explicó (ayer en sede judicial) cómo funcionaba el esquema. Las administraciones locales del PP licitaban obra pública amañada; las empresas retribuían los favores con dinero en efectivo por debajo de la mesa, coimas en buen romance; éste, finalmente, se dividía “equitativamente”: una parte para el propio Bárcenas, quien acumuló unos 50 millones de euros en cuentas Suizas como retribución por hacer el trabajo sucio, otra para los sobresueldos de los jerarcas partidarios y el resto para financiar campañas en negro. Había para todos en la cadena de la felicidad.
Se sabe que la tolerancia de las sociedades con la pandemia de la corrupción es inversamente proporcional a sus penurias económicas, algo letal para un Rajoy que sólo atina al ajuste para remediar la crisis. ¿Cómo esperar que la España del hiperdesempleo, que trepa a casi al 60% entre los jóvenes, la del desguace del Estado de bienestar, la del fraude de las hipotecas para todos, la de los desalojos y los suicidios, las de las deudas que no se extinguen ni siquiera después del remate de las propiedades, la de los palazos policiales sobre las espaldas de los “indignados”, acepte semejante cosa? ¿Cómo pretender que la población tolere la evidencia de una política financiada en connivencia con intereses privados mientras la única respuesta al desempleo es precarizar más el trabajo y hacer que el viejo drama de los “mileuristas” comience, de pronto, a parecer un pasado dorado para muchos? ¿Cómo pedir paciencia, por último, cuando el Gobierno se golpea el pecho ante el fin inminente de la recesión, sin aclarar que, aun en caso de confirmarse el dato, se tratará apenas de un hecho estadístico, porque un crecimiento económico robusto y con una merma sensible del desempleo no figuran todavía ni en las fantasías más desatadas?
Después de varios días de silencio y sospechas de protección política a Bárcenas, Rajoy abrió la boca ayer, pero, curiosamente, no usó argumentos nuevos para defenderse. Habló de “cumplir el mandato” que le dieron los españoles, sin reparar en lo desactualizado que parece haber quedado ese contrato a los ojos de sus mandantes. Dijo que “un presidente del Gobierno no puede estar saliendo cada día al paso de las insinuaciones, rumores e informaciones interesadas”, como si lo que está en las portadas de los diarios no fuera a esta altura mucho más que eso.
Desconcertado, descansa en estas horas en la mayoría absoluta de su partido en el Congreso de los Diputados, la que le sirve para evitar la humillante comparecencia que intenta forzar la oposición y, aun más, un posible voto de censura.
Esa mayoría hace que la principal bancada opositora, la de un Partido Socialista (PSOE) devastado en su imagen por haber incubado la actual crisis con su indolencia y, claro, por sus corruptelas pasadas, hable de la salida de Rajoy pero, a la vez, invite al PP a darse, y dar a España, un nuevo liderazgo.
No habla de nuevas elecciones porque sabe que los dramas de sus rivales no le alcanzan para recuperar la confianza de la sociedad. Y, sobre todo, porque sin una fractura de la bancada oficialista, sin excitar el apetito un dirigente “popular” que se anime a desafiar al ajado Rajoy, todas sus iniciativas son de aritmética imposible.
(Nota publicada en Ámbito Financiero).

