Mucho se ha hablado sobre el “estilo Francisco” desde la elección de Jorge Bergoglio como papa el 13 de marzo último. Se dijo, con razón, que gusta de estar cerca de la gente y que eso supone toda una novedad tras los años finales de un Juan Pablo II que, pese a ser muy carismático, terminó demasiado limitado por sus dolencias, y sobre todo con respecto al distante e intelectual Benedicto XVI. También, que esa búsqueda lo lleva a contravenir la prudencia que demanda su seguridad. Por último, y más importante, se arriesgó que se propone acometer importantes reformas, algo que -se supone- impone la hora de la Iglesia, signada por la caída en el número de fieles y de vocaciones, por los coletazos de los escándalos de pederastia, por una “rosca” compleja que involucra a la Curia y por sospechas vehementes de lavado de dinero que enlodan al IOR, el “banco de Dios”.
Sin embargo, es probable, dadas su trayectoria y la etapa histórica de la Iglesia, que muchas de esas expectativas sean exageradas y, acaso, injustas. Su carácter abierto puede llevar a algunos a pensar en gestos revolucionarios en lo doctrinario, pero eso se da de bruces con su pasado. No sorprende así que en sus declaraciones de ayer, más sustanciosas que mucho de lo que dijo en Brasil, se haya mostrado comprensivo con los homosexuales en tanto individuos y fieles pero que no haya innovado en dejar de considerarlos pecadores cuando ponen su sexualidad en acto. Y lo mismo puede decirse de su ratificación de que “la puerta está cerrada” al sacerdocio femenino y de su decisión de patear la pelota afuera al referirse a la comunión de los divorciados.
La desilusión fue inmediata. Aurelio Mancuso, un católico que es presidente del movimiento de defensa de los derechos de los gays Equality Italia, las palabras del pontífice “son muy importantes desde el punto de vista del estilo (…) después de tantos años de insultos lanzados por la jerarquía de la Iglesia”, pero no aportan “nada nuevo, la sustancia sigue siendo la misma”, dado el catecismo universal que condena como pecaminosas las relaciones homosexuales. En tanto, Erin Saiz Hanna, directora ejecutiva de la Conferencia por la Ordenación de Mujeres en Estados Unidos, declaró que su grupo “está profundamente decepcionado por las declaraciones”. “El razonamiento esquivo de Francisco ilustra una teología muy selectiva”, lo criticó.
Innovar en esa agenda que no le es propia, y que incluye también la cuestión del celibato, es una “imposición” que a Francisco le llega desde afuera por parte de sectores disidentes de la Iglesia y medios de comunicación que esperan más de lo que aquélla puede ofrecer en esta coyuntura histórica.
Como ejemplo de las expectativas desmesuradas de quienes miran su papado “desde afuera” cabe citar las declaraciones realizadas por el teólogo brasileño Leonardo Boff a medios españoles durante la reciente visita de Francisco a Río de Janeiro, en las que llegó a considerarlo un pontífice “revolucionario” e identificado con “los principios” de la Teología de la Liberación.
Que el papa Bergoglio tenga vocación popular y hasta villera no lo convierte en un cristiano marxista, devaneo que le costó al propio Boff varias sanciones y su decisión de abandonar el sacerdocio a principios de los 90. Basta repasar al respecto lo dicho por Francisco el domingo, en el cierre de su gira, ante los obispos del Consejo Episcopal Latinoamericano (Celam), a quienes pidió evitar la “ideologización del mensaje evangélico”, una de cuyas vertientes es, afirmó, “el reduccionismo socializante”.
El papa Francisco que dijo estas cosas es el Jorge Bergoglio que, en su momento, combatió la presencia de la Teología de la Liberación en su orden jesuita, lo que le granjeó incluso alguna acusación en materia de derechos humanos. Es el mismo exarzobispo de Buenos Aires que batalló contra el matrimonio igualitario. “No seamos ingenuos: no se trata de una simple lucha política; es la pretensión destructiva al plan de Dios”, dijo en medio de la puja legislativa en una carta dirigida a monjas carmelitas. Que su oposición haya sido en los hechos menos militante que la de los sectores más conservadores de la Iglesia es posible, pero eso no lo hace de ningún modo un progresista.
Bergoglio es, por sus convicciones y por su costado humano, un conservador popular, lo que se entronca incluso con sus antiguas simpatías peronistas. Con ese bagaje llegó al trono de Pedro en un momento en que la Iglesia debe frenar la sangría de fieles en el mundo y especialmente en su bastión de América Latina. Contener una agenda que en los últimos años implicó en la región avances en materia de matrimonio igualitario, igualdad de género, aborto y despenalización de las drogas estuvo, sin dudas, en la mente de muchos cardenales que votaron en el cónclave al primer papa sudamericano de la historia. Algunas de esas cuestiones sobrevolaron las definiciones de éste en Brasil.
Si cambiar de raíz convicciones doctrinarias centrales para la Iglesia no está ni entre los intereses ni entre las posibilidades de Bergoglio, sí hay que prestar atención a posibles reformas en la Curia y en el IOR. Ya ha hecho gestos en ese sentido, y hay que seguir su prédica en pro de la austeridad y la transparencia de curas y prelados a quienes no quiere ver en “autos caros” ni tener “psicología de príncipes”.
Concretar este objetivo no será fácil y, de lograrlo, tendrá un gran mérito. No es necesario adosarle a la carga de tareas que jamás se fijó.
(Nota publicada en Ámbito Financiero).

