Para Estados Unidos ya es oficial: el ataque del miércoles pasado contra civiles en suburbios de Damasco se perpetró con armas químicas y el culpable es el dictador Bashar al Asad. La conclusión es más notable por sus consecuencias (una posible acción bélica internacional en Siria, capaz, además, de alterar todo el tablero geopolítico de Medio Oriente) que por el logro intelectual o investigativo que supone: todos los especialistas ya habían dictaminado que los innumerables videos que mostraban a hombres, mujeres y (muchos, muchos) niños agonizando entre temblores y sin heridas visibles no podían obedecer a otras causas.
Una cosa, se sabe, es que Francia hable de intervención militar y otra es que lo haga Estados Unidos. Sin menoscabo de nadie, hay países que piden acciones y otros que las llevan a cabo.
Rusia salió ayer una vez más en auxilio de su aliada Siria, donde cuenta con una base naval e importantes intereses; el canciller Serguéi Lavrov advirtió a la Casa Blanca que corre el riesgo de repetir el error de 2003, cuando se llevó puesto a Sadam Husein y, de hecho, a Irak en base a una sospecha no fundada sobre la posesión de armas de destrucción masiva.
La administración de Barack Obama respondió ayer que, en el caso actual, ya no tiene dudas. ¿Pero es realmente relevante a esta altura qué bando usó los gases nerviosos?
Sí, por lo menos desde un punto de vista político. Un ataque militar a Siria, con sus imprevisibles consecuencias, es mucho más “vendible” en términos domésticos si se produce contra un villano visible. Son las reglas de Hollywood, al cabo.
Quienes niegan que Al Asad haya ordenado el artero golpe que dejó unos 1.400 muertos alegan que habría sido irracional hacerlo en momentos en que inspectores de las Naciones Unidas se encontraban en el país, cuando la oposición armada a su régimen parece perdida en el terreno y cuando ésta, en el pasado, ya ha sido vehemente sospechada de usar químicos. En tren de especular, por el contrario, podría alegarse que la matanza perpetrada justo una semana antes por los militares egipcios contra simpatizantes de la Hermandad Musulmana (equivalente en términos de vidas, pero realizada por medios más convencionales) podría haberlo impulsado a apurar el trámite de aniquilar a los rebeldes habida cuenta del laissez-faire que la comunidad internacional entregó a los asesinos de El Cairo. Cualquier especulación es posible y, por ello, no prueba nada. Mejor será entonces evitarlas.
En qué bando recae la culpa no modifica en nada un hecho: el arsenal químico de Siria, el cuarto del mundo y el mayor de Medio Oriente, o bien está en manos de un genocida (con otros antecedentes pesados, además) o éste ni siquiera garantiza ya su no proliferación hacia grupos irregulares. En cualquier caso se hace plausible la construcción de un argumento en favor de una intervención.
Dicho esto, cabe reconocer que la opinión internacional suele tener una actitud bastante histérica respecto del rol que espera de los Estados Unidos. Sus intervenciones en terceros países a veces son repudiadas como injerencias inaceptables y su omisión muchas otras es denunciada como una inaceptable connivencia con violadores de los derechos humanos.
La crítica (también una autocrítica, claro) no sigue líneas ideológicas en términos de izquierda o derecha, ya que se habla de una intervención de tipo humanitario. Recordemos cuánto dividió en Estados Unidos y en Europa a cada unos de esos campos la intervención de la OTAN en Kosovo en 1999.
Sin embargo, si hay culpas de quienes miramos, también las hay de quienes deciden. Son ellos los que bombardean u ocupan a algunos países (normalmente, en los que hay intereses petroleros que preservar) y no a otros. En Libia se tardó poco; en Siria, van dos años y medio y 100.000 muertos. Y son ellos también los que advierten a los dictadores que no crucen “líneas rojas” que, en la práctica, atraviesan una y otra vez hasta que pasar de las palabras a los hechos resulta ya inevitable.
Si Kosovo fue presentada catorce años atrás como una “intervención humanitaria” que salteó el requisito de un aval del Consejo de Seguridad, nos encontramos hoy en un punto equivalente. Como entonces, Rusia hace valer más que nunca su derecho de veto, lo que vuelve al Consejo inoperante. Como entonces, si se atacó territorio que el Kremlin protegía con celo, bien podría ocurrir ahora lo mismo.
El problema es que el concepto de “intervención humanitaria” tiene mucho de oxímoron. Ni bien ésta comience, será inevitable que se produzcan bajas civiles, daños colaterales, ataques desaprensivos. Y el dilema moral no hará más que volver a empezar.
Otro gran inconveniente es que Obama, David Cameron y François Hollande, por sólo citar a los más decididos, se enfrentan a una trágica reedición del “dilema del prisionero”, en el que todas las alternativas les resultan ruinosas. Una ocupación terrestre probablemente vaya más allá de sus posibilidades políticas y, acaso, operativas: Irak y Afganistán constituyen pantanos demasiado frescos en el recuerdo. Queda entonces el recurso a los bombardeos navales y aéreos. El inconveniente es que éstos vienen con numerosas contraindicaciones.
La primera son los mencionados “daños colaterales”, directamente proporcionales a la altura y a la distancia desde la que se abre fuego.
La segunda, y a falta de control del terreno, la imposibilidad de evitar el trasiego de las temidas armas químicas a manos de usuarios aun más peligrosos que los actuales: si las controlan todavía las fuerzas regulares, a la milicia chiita y proiraní del Líbano, Hizbulá, un tormento para Israel; si ya disponen de ellas los rebeldes, muchos verdaderamente impresentables, a grupos yihadistas ligados, incluso, a Al Qaeda. Elija usted, lector, su propia pesadilla. En cualquier caso, es posible que Al Asad, perdido por perdido, intente salvarse en medio de un gran incendio regional con epicentro en la frontera israelo-libanesa. E Irán jugará fuerte también para no resignarse a observar, impotente, cómo se quiebra por el medio su alianza de poder más valiosa, la que lo liga al régimen alauita de Damasco y al partido-milicia del Líbano.
En tercer lugar, y vinculado con lo anterior, si Al Asad escapó hasta ahora a la ira de Occidente por ser alguien desestabilizador y peligroso en términos regionales, una intervención supondría también un nuevo y claro mensaje para la teocracia de Teherán: salvar su sistema requerirá llegar lo más rápidamente posible a la bomba atómica, esto es convertirse en un país imposible de atacar.
La situación de Obama y sus pares es, como se ve, la del prisionero que, haga lo que haga, obtendrá resultados “subóptimos”. Así nos sentimos también quienes miramos con ojos morales una región en la que la política es tan despiadada.
(Nota publicada en Ámbito Financiero).

