Barack Obama y Benjamín Netanyahu nunca tuvieron lo que en los altos niveles suele llamarse “química”. Es más, en algún momento su relación orilló el escándalo. “¿Hasta dónde estás dispuesto a llegar en las negociaciones con los palestinos?”, le preguntó en marzo de 2010 un entonces brioso Obama al israelí en la Casa Blanca. Tras recibir el silencio como respuesta, le lanzó: “Me voy a cenar con mi familia. Voy a estar por ahí. Haceme saber si hay algo nuevo”. A la humillación le siguió, un mes después, una áspera negativa hebrea a acudir a una cumbre nuclear en Washington, en la que el demócrata estrenaría su recientemente ganado premio Nobel de la Paz.

El regreso de Netanyahu a Washington para entrevistarse con Obama el próximo lunes será, cabe esperar, menos estridente, pero la tensión entre ambos no será menor. La puerta que el último volvió a abrir ayer para una negociación sobre el plan nuclear de Irán cayó en el Estado judío como la comprobación de que, por primera vez, está solo ante su gran “amenaza existencial”.
“Irán cree que con palabras reconfortantes y acciones simbólicas podrá continuar su camino a la bomba atómica. No vamos a engañarnos con medidas parciales que sólo proveen de una cortina de humo. Y el mundo no debería engañarse tampoco”, dijo el premier hebreo a la CNN minutos después de que el estadounidense hubo finalizado su discurso ante la Asamblea General de la ONU. “Aprecio la declaración de Obama de que las palabras conciliadoras de Irán deben corresponderse con una acción que sea transparente y verificable”, señaló, como toda concesión.
En paralelo, mientras su “aliado eterno”, según palabras pronunciadas en marzo por el demócrata, ensaya un nuevo acercamiento al conservador moderado Hasán Rohaní, Netanyahu ordenó a su delegación abandonar la sala mientras éste hablaba.
La inicial decisión de EE.UU. de atacar Siria como escarmiento por el ataque químico del 21 de agosto contra civiles damasquinos y su posterior retroceso fue, para Israel, una señal ominosa: ese país ya no cumple con sus amenazas. Si la Casa Blanca no es capaz de lograr apoyo del Congreso para actuar contra un país endeble de 22 millones de habitantes, ¿qué se puede esperar si llega la hora de bombardear centrales atómicas en una potencia de 85 millones?
El clero iraní está convencido de tener razones estratégicas poderosas para hacerse de armas nucleares. Por un lado, su gran enemigo, Israel, las tiene de a centenares y sin control internacional alguno. Segundo, en la última década EE.UU. no hizo más que cercar militarmente a la República Islámica: atacó Afganistán, por el este, y derrocó a los talibanes en 2001; hizo lo propio en Irak, por el oeste, y se deshizo de Sadam Husein en 2003; las aguas del golfo Pérsico, por el sur, son escenario permanente de patrullaje de lo más sofisticado de su flota de guerra. Tercero, dictadores como Muamar el Gadafi que renunciaron a sus programas nucleares terminaron linchados, mientras que los que los mantuvieron siguen en el poder, como la “monarquía” comunista hereditaria de Corea del Norte. Cuarto, sus rivales del Golfo, ricas monarquías petroleras, están armadas hasta los dientes. Por último, su gran aliado, el sirio Bashar al Asad, está cercado y su eventual caída dejaría a Teherán absolutamente solo ante el mundo.
A ojos de Israel, esto indica que el plan nuclear persa no se detendrá. EE.UU. parece conformarse con que Teherán acepte, no ya revertirlo, sino al menos frenarlo, lo que lo dejaría a la teocracia a sólo uno o dos años de desarrollar “la bomba” desde el momento en que tome la respectiva decisión política. El levantamiento o la relajación de sanciones económicas que desquician la economía iraní es la zanahoria ofrecida.
Demasiado poco para Israel, donde periódicamente se fantasea con un bombardeo unilateral que desencadene una guerra dramática, ante la que EE.UU. ya no tenga margen para la neutralidad.
Mientras las palabras suaves copan el escenario, la República Islámica se acerca a niveles enriquecimiento de uranio que se consideran críticos. Según expertos, 2014 será el año de la decisión final: o se acepta la emergencia de una nueva potencia nuclear (y se buscan modos de coexistencia al estilo India-Pakistán) o se asume que Irak, Libia y Siria han sido meras distracciones antes de la verdadera pelea de fondo.

(Nota publicada en Ámbito Financiero).