La crisis que se cerraba anoche permitió descubrir un nuevo Barack Obama, dispuesto a dar pelea al borde del precipicio y diferente del que, en su primer mandato, se entregaba a una política negociadora que, muchas veces, terminaba desfigurando sus iniciativas.
Eso había ocurrido, por caso, con su reforma sanitaria, el buque insignia de su gobierno que el ala más derechista del Partido Republicano pretendía matar por inanición presupuestaria mientras provocaba el bloqueo legislativo que obligó a cerrar parte de la administración pública por primera vez en 17 años y que amenazaba con hundir a los Estados Unidos en un impensado default. La norma, promulgada en 2010 y que permite extender la cobertura de salud a unos 40 millones de estadounidenses, había sido pensada con un seguro a cargo del Estado, algo que el demócrata resignó en el trámite legislativo para evitar que lo calificaran del modo más insólito: “socialista”.
Esta vez todo fue distinto. El presidente, decidido como nunca, se abroqueló en la defensa de su reforma y no la entregó como prenda de cambio al Tea Party. Que el “shutdown” y la amenaza de una cesación de pagos se superen desde hoy, como todo indicaba anoche, sin que la reforma sanitaria haya sufrido mutilación alguna hace que el mandatario emerja como el gran vencedor.
Sin embargo,  su festejo no podrá durar demasiado. El acuerdo establece la obligación de que oficialistas y opositores pacten fuertes recortes del gasto en plazos perentorios y un fracaso dejaría a los Estados Unidos en el mismo punto crítico de las últimas horas: con otro cierre de la administración pública y con un nuevo plazo (el 7 de febrero) para una cesación de pagos que no termina de desaparecer del horizonte.
En tanto, el Partido Republicano admitió ayer a través de sus principales dirigentes en el Congreso que perdió una fase de la lucha contra la reforma, pero advirtió que la guerra está lejos de concluir. “La batalla continuará contra la catástrofe” de extender la cobertura a decenas de millones de norteamericanos, amenazó, en un giro curioso, el presidente de la díscola cámara baja, John Boehner.
Con todo, sus palabras sonaron como una concesión a los miembros más recalcitrantes de su bancada, a quienes terminó ignorando, con toda responsabilidad institucional, al filo del default. La herida que queda entre los republicanos moderados y los más conservadores es profunda y podría hacerse bien visible en los meses por venir.
Acabamos de contemplar el modo en que un sistema político mundialmente elogiado por sus balances y contrapesos quedó al borde de la parálisis por convertir sus virtudes en una caricatura. Una porfía ideológica inexplicable estuvo a punto de arrastrar no sólo a los Estados Unidos sino al sistema financiero global a un precipicio. 
La pelea política encontró una tregua in extremis. Las elecciones de mitad de mandato de noviembre del año que viene, en las que se renovará toda la Cámara de Representantes y un tercio del Senado, entregarán, acaso, el veredicto que despeje definitivamente el panorama. Sólo entonces se sabrá si el Congreso seguirá paralizado como hasta ahora, con una cámara alta demócrata y una baja republicana, y si el electorado le pasará la factura a la oposición por la algazara de los últimos días.

(Nota publicada en Ámbito Financiero).