(Ilustración de Ippóliti)

¿Uno es su propia caricatura? Sí en un sentido, pero no en otro. El dibujo satírico supone, para lograr el efecto que busca, la selección de ciertos rasgos salientes de un rostro y su exageración, todo lo grande que se pueda para resultar gracioso, aunque sin cruzar el delgado límite que desfigura al retratado.

Las caricaturas implícitas en las discusiones políticas suelen trasponer esas fronteras; el fragor ideológico se permite licencias semejantes. Así, si Barack Obama cree que el Estado debe jugar un rol para orientar al mercado de modo de generalizar la cobertura de salud de millones de norteamericanos, fácilmente es tachado de «socialista» por sus detractores. Si Michelle Bachelet pretende volver al poder prometiendo una reforma tributaria destinada a que Chile deje de ser el país más inequitativo de la OCDE, es comparada con el fantasma de Salvador AllendeY si el Gobierno de Cristina de Kirchner impone controles al mercado cambiario, pasa a ser, de un plumazo, chavista.

El paralelismo se impone sin importar que Venezuela viva un proceso revolucionario y aquí rija uno sólo suavemente reformista (y para muchos opositores ni siquiera eso). «Somos Venezuela», se repite.

Sin embargo, la exageración no es total y hay que reconocer que ambos países han optado en los últimos años por rumbos crecientemente intervencionistas, algo de lo que mercado del dólar es el mejor ejemplo. Cabe entonces repasar cómo y por qué el país hermano llegó, años antes que el cepo argentino de octubre de 2011, a la imposición de férreos controles a la compra y venta de dólares y, sobre todo, qué efectos provocó eso en su economía y en su convivencia social. Efectos que vemos hoy reflejados en una inflación anual del 50% y una escasez de productos en las góndolas superior al 20%. El «remedio» realmente sorprendente se escenificó en intervenciones de empresas manu militari, encarcelamientos de aparentes especuladores, cierre de páginas de internet que informaban sobre el dólar «lechuga», liquidación forzada de stocks privados, decretos-ley que ponen tope a precios y ganancias y, finalmente, en un interrogante mayúsculo: ¿quién repondrá sus inventarios cuando todo se haya vendido y la euforia deje paso a la depresión?

El escenario es el de un abismo al que, pese a los gruesos errores de política económica de los últimos años, el Gobierno argentino se resiste a asomarse; un reflejo defensivo que explica los cambios de equipo y de políticas decididos en los últimos días por la Presidente. Cuál será el resultado de los nuevos intentos es algo que aún está por verse. Nos contentamos aquí con describir la historia que se intenta borrar de los libros del futuro.

Si hay controles cambiarios, hay mercado negro, y el precio del dólar, siempre creciente, pero imparable, desde el año pasado en Venezuela, es lo que anticipaba el escenario más inquietante para nuestro país. Si en el debut del control de cambios bolivariano, hace diez años, la brecha entre el «negro» y el oficial treparía pronto a un 50%, en la actualidad el primero casi decuplica al segundo, sin que la doble devaluación del 70% decidida por Nicolás Maduro entre su interinato por la enfermedad de Hugo Chávez y su asunción formal en abril hiciera nada para revertirlo. ¿Pero es Venezuela realmente el espejo en que la Argentina evita mirarse?

«Estamos viviendo lo que fue Venezuela con algún rezago», dijo a Viernes Hernán Lacunza, director de Empiria Consultores. «Ese país empezó con los controles en 2003 y allí nació el dólar paralelo. La brecha con el oficial tuvo altas y bajas, hasta que explotó el año pasado, cuando alcanzó el 400%, y sobre todo hoy, cuando llega al 1.000%. Se trata de un antecedente relevante para mostrar lo que ocurre cuando se toman medidas de efecto transitorio», añadió.

Por su parte, el economista Nicolás Dujovne dijo a este suplemento que «la experiencia venezolana claramente está en la mira en nuestro país, que entró en un proceso de crisis de balanza de pagos que no le permitiría llegar sin sobresaltos al recambio presidencial de 2015. Una pérdida de reservas de entre u$s 1.000 y u$s 1.500 millones por mes no es sostenible, porque en un punto, el tenedor de pesos se asustaría demasiado».

Sin embargo, para este especialista hay diferencias entre los dos casos que es importante tener en cuenta; algunas que juegan a favor y otras, en contra. «Venezuela puede aguantar mejor una brecha tan grande entre el dólar oficial y el paralelo porque sus exportaciones son en un 90% realizadas por el sector público. PDVSA, que es estatal, no va a retener las divisas que genera, lo que implica que los dos países tienen canales de transmisión distintos», indicó. Para nosotros, se intuye, la involución puede ser más rápida.

En la Argentina, la disparada del paralelo «alimenta las expectativas inflacionarias y retroalimenta el círculo de ataque sobre las reservas del Banco Central, porque los exportadores dejan de liquidar, los importadores buscan anticipar sus operaciones y los tenedores de pesos se los quieren sacar de encima», acotó el titular de Nicolás Dujovne y Asociados.

Lacunza acercó esta explicación al ciudadano común al indicar que «no hay nada peor que una autoridad monetaria que minimice la importancia de un mercado paralelo. No importa el tamaño de ese mercado, sino el contagio que produce en el formal. Una brecha amplia entre el dólar paralelo y el oficial alienta la expectativa devaluatoria. Los exportadores retrasan sus ventas y los importadores anticipan sus compras, que no es otra cosa que lo que hacen tantos adelantando la compra de sus paquetes turísticos de 2013, 2014 y hasta 2015». Según él, «las expectativas devaluatorias estimuladas por el ‘blue’ hacen que las reservas terminen cayendo más. Se ve afectado el saldo comercial y baja la inversión, porque quien tiene que traer dólares de afuera teme que una devaluación le haga perder parte de su dinero. Así se entra en un círculo vicioso».

Sin embargo, hay puntos en los que la Argentina está todavía mejor parada. «Venezuela tiene una situación fiscal peor, y su atraso cambiario es dramáticamente mayor. Acá se ve que las exportaciones industriales, excluyendo las de autos, caen este año un 10% y que a las economías regionales les cuesta mucho tener rentabilidad. Pero en Venezuela un litro de leche cuesta 40 dólares oficiales, algo muy aberrante», puntualizó Dujovne.

Esto no debe llevar a subestimar los riesgos en nuestro país, advirtió: «Cuando se habla del nivel de reservas, vemos sólo la mitad de la historia, ya que lo que importa es el apalancamiento del Banco Central. Las reservas tienen una contrapartida de pesos que ejercen una demanda potencial sobre ellas. Hoy las reservas están en u$s 32.000 millones cuando en 2010 eran de 52.000 millones, pero la diferencia es que hay muchos más pesos circulando que entonces. Esto hace que el poder de fuego del Central se haya reducido de manera dramática. Hoy la Argentina tiene reservas bajas, se tome el indicador que se tome».

UN POCO DE HISTORIA 

Cabe recordar cómo llegó Venezuela a su cepo y qué destino le cupo a partir de ello. En 2002, cuando aún faltaban dos años para que Hugo Chávez se declarara socialista, Venezuela afrontó una de las coyunturas políticas más dramáticas de su historia, lo que no es poco decir. El fracasado golpe de Estado de abril, que terminó en un retorno del comandante en una apoteosis comparable al Día de la Lealtad peronista, no implicó más que una tregua entre los dos sectores sociales y políticos en pugna. El avance del chavismo hacia un control estatal más fuerte del negocio petrolero y, sobre todo, de la estructura burocrática de PDVSA dio origen a principios de diciembre a la declaración de un lock-out patronal por tiempo indeterminado y destinado a lograr la caída del Gobierno, al que se sumarían la plana mayor y los cuadros gerenciales de la compañía. El país se paralizó, los combustibles y la comida comenzaron a escasear y la violencia se instaló en las calles.

Dos meses más tarde, el Gobierno lograría retomar el control de la compañía de la que depende casi la totalidad del ingreso de divisas del país, así como el 50% del financiamiento del Estado. Pero el daño para la economía sería muy duro. En lo inmediato, el Producto se hundió casi un 9% y todos los indicadores sociales experimentaron un fuerte deterioro. Las divisas escaseaban como nunca, y las que estaban en poder del Banco Central se fugaban sin remedio, a un ritmo de casi u$s 10.000 millones anuales.

El 5 de febrero de 2003, Chávez decretó un estricto control de las operaciones cambiarias y la creación de la Comisión de Administración de Divisas (CADIVI). Inicialmente, los dólares se reservaron para los importadores, en un país que compra en el exterior el 40% de lo que consume, incluso alimentos, y para los turistas. Luego llegaron más límites para estos últimos, cada vez más estrechos, tanto en lo que hace a la adquisición de billetes físicos como a los gastos anuales autorizados con tarjeta de crédito.

Aunque el descabezamiento de los cuadros gerenciales de PDVSA seguiría pesando por años, la producción petrolera, es decir la propia Venezuela, se recuperó tras el paro patronal. Con todo, los dólares siguieron faltando y su racionamiento se hizo cada vez más estrecho, algo que da cuenta del nivel de desmanejo de una economía que, antes de producir cualquier otra cosa, genera u$s 60.000 millones en exportaciones de crudo. Así las cosas, en la actualidad los importadores sólo pueden hacerse de los dólares que necesitan a través de las subastas del CADIVI, de las que surge una cotización implícita superior al cambio oficial de 6,30. Un esquema similar rige para los viajeros, quienes además sólo pueden gastar con sus tarjetas en el exterior por un máximo de u$s 3.000 anuales y u$s 2.500 en destinos más cercanos.

El camino de Venezuela y la Argentina a la reedición de la tradicional «restricción externa» tiene en común la dificultad para acceder a crédito externo barato, expresión de políticas mal vistas por los dueños del capital. Pero allí terminan los parecidos.

«La Argentina llegó al cepo a fines de 2011, cuando se perdieron u$s 5.800 millones de reservas. La respuesta del Gobierno en su primer año de déficit cambiario fue reprimir la demanda, trabando secuencial y progresivamente todas sus fuentes. Primero no se permitió comprar dólares para ahorrar, pero la demanda fue migrando de canal. Esto llevó a trabar las importaciones, el giro de utilidades de las empresas al exterior y el turismo con dinero en efectivo», recordó Lacunza. «Se optó por un racionamiento por cantidad para no ajustar la divisa por precio», agregó.

Las razones últimas fueron «el atraso cambiario, tras varios años en los que la inflación subió por el ascensor y el dólar lo hizo por la escalera. Además, la otra causa concurrente fue la decisión de pagar todos los vencimientos de deuda con reservas por no tener acceso al crédito. El desendeudamiento dejó de ser voluntario y pasó a ser compulsivo», dijo quien recuerda muy bien lo que define como «un abuso de las reservas» por haberse desempeñado como gerente general del Banco Central en tiempos de Martín Redrado.

La carencia se intentó presentar como virtud y se siguió pagando deuda con reservas en 2012 y 2013, mientras que el Presupuesto del año próximo prevé erogaciones por u$s 10.000 millones más. El problema es que la caja sufrió en grande tras una pérdida de reservas de más de u$s 11.000 millones este año.

«El cepo fue eficaz en términos de que bajó a la mitad la demanda de dólares entre 2011 y 2013, pero su daño colateral fue que la oferta bajó: nadie entra a una fiesta de la que no podrá salir», explicó Lacunza.

Partiendo de dos puntos distintos, Venezuela y la Argentina transitaron juntas un buen tramo de una ruta peligrosa y de mal final.

Desde los orígenes de la historia nacional, resuenan aquellas palabras desoladas que Juan José Castelli alcanzó a escribir antes de morir: «Si ves al futuro, dile que no venga». Con opciones menos dramáticas que las que creía ver Castelli hace 201 años, nuestro país intenta encontrar una salida.

(Nota publicada en el suplemento Viernes de Ámbito Financiero).