buitres

Un grupo defensor de intereses financieros de nombre extrañamente militar, la American Task Force Argentina (ATFA), acaba de hacer pie en nuestro país con la publicación de una serie de solicitadas y con la realización de varias reuniones con personajes influyentes. No debe sorprender, ya que ése, el lobby, es el corazón de sus actividades.

Tampoco debe llamar la atención que lo haga en plena pulseada del Estado con los fondos buitre, ya que éstos, más en particular Elliott Management, son quienes lo financian y le dan razón de ser. Elliot es, como se sabe, dueño de NML Capital, uno de los fondos que acaba de obtener una victoria legal sobre la Argentina que levanta agrios cuestionamientos en sitios tan poco sospechables de veleidades populistas como el Fondo Monetario Internacional, el diario Financial Times, el Council on Foreign Relations y Gobiernos como los de Francia, Brasil, México, Chile y un largo centenar más.

Vienen a explicar que el Gobierno argentino estimula una serie de mitos sobre su accionar. Uno de ellos, acaso el único que valga la pena considerar, es el que defiende su deseo ferviente de negociar con el país para superar el entuerto. Dejemos que lo haga José María Barrionuevo, director gerente de StormHarbour Partners y exdirector de Barclays Capital, entidad en la que diseñó el modelo de reestructuración de la deuda argentina en el primer canje de 2005.

«Realmente tengo mis dudas de que el verdadero interés de los holdouts sea reclamar lo que dicen reclamar. Yo creo que van por mucho más», le dijo Barrionuevo a este periodista en un diálogo radial. «Acuérdese que tenemos un mercado en el que cotizan opciones de quiebra, los Credit Default Swaps, y obviamente si se da un default técnico es obvio que los que tienen ese tipo de posiciones van a ganar muchísimo más dinero. El juego no es el que parece ser «, añadió.

Quienes conocen bien el mercado financiero advierten desde el inicio de esta saga una encendida defensa de la posición argentina en los informes de los bancos de inversión internacionales, prácticamente sin excepción, simpatía que tiempo atrás habría sido imaginable. Sospechan que los fondos buitre tienen plan A y plan B. Si cobran todo lo que el juez Thomas Griesa, la Cámara y una Corte Suprema desaprensiva les garantizaron, obtendrán una rentabilidad del 1.600%, un negocio poco explicable si se habla de capitalismo y no de rapiña; si, en cambio, empujan a la Argentina a un default, gatillarán los CDS que tienen en su poder para lograr un negocio no menos jugoso. ¿Por qué preocupa eso a los bancos? Porque marcaría la hora de pagar lo que en rigor no son seguros sino simples apuestas sobre «eventos» de default, emitidas y transadas sin control regulatorio alguno, a tenedores que ni siquiera deben tener en su poder títulos de la deuda asegurada y por montos que pueden sobrepasar escandalosamente el de la misma, números que, asombrosamente, no se conocen. A nadie le gusta pagar lo que no se justifica y, además, ese escenario podría exponer a la luz pública uno de los excesos más incalificables de un Wall Street al que muchos tienen ganas de ponerle límites en Estados Unidos desde la caída de Lehman Brothers y otros escándalos.

No sorprende en medio de ese clima contra los fondos buitre que Barrionuevo trace un paralelismo sugestivo. «Hay un principio internacional, que siguen los Gobiernos para lidiar con el terrorismo, y es el de no negociar con él. Lamentablemente también hay terroristas financieros», disparó.

Los buitres, es bueno señalarlo, no sólo medran desguazando empresas y países enteros en desgracia, con sus trabajadores, sus jubilados y sus niños como rehenes. También ganan abusando de los inversores de buena fe, los que efectivamente son la savia de los mercados de capitales a los que es necesario recurrir para financiar la producción y el crecimiento. Sólo porque un 92,4% de los acreedores de la Argentina actuó con corrección, aceptando quitas, el país pudo dejar de ser un paciente terminal y volver a ser viable, más allá de aciertos y de errores eventuales. Sólo cuando, tras nueve años de esfuerzos de esos trabajadores, jubilados, niños e inversores de buena fe, se dan esas condiciones, ellos pasan por caja a cobrar lo que inicialmente ni siquiera era suyo.

No sólo el recuerdo del 11S hace que muchos en Wall Street detesten a los terroristas.

(Nota publicada en el suplemento Viernes de Ámbito Financiero).