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Brasilia  – Cuatro años atrás, cuando Dilma Rousseff buscaba su primer mandato de la mano del superpopular Luiz Inácio Lula da Silva, prometía tres cosas: mantener las impresionantes políticas de inclusión social de su antecesor, darle más eficiencia a la gestión del Estado, y ser implacable con la corrupción.

Hoy, cuando a los 66 años busca la reelección, hay que decir que sólo cumplió con la primera de esas premisas, lo que le alcanza para que su Gobierno goce de un nivel de popularidad del 39%, algo poco impresionante pero que claramente la pone en carrera para estirar a 16 años la era del partido de los Trabajadores.

Todo lo demás es aquí materia de una polémica enconada.

Con ella, el auge económico se fue apagando sin remedio. Si en 2010 Brasil creció el 7,5%, producto del rebote de un año previo de crisis internacional, en 2011 lo hizo un 2,7%, en 2012 un 1% y el año pasado, un 2,5%. Hoy reina el estancamiento y 2015 promete ajustes.

El analista político Benício Schmidt le explicó a Ámbito Financiero que “tras el ‘boom’ de las commodities, Dilma tuvo que administrar los efectos de la crisis de 2008-2009 y se tomó mucho tiempo para reformular las políticas de atracción de capitales primados. Hoy el país se está parando y desindustrializando”.

Ante ese panorama, optó por sostener el mercado interno, y aunque el aumento del gasto generó presiones inflacionarias que el debate político dramatiza más que la calle, el desempleo se mantuvo en niveles históricamente bajos. Esto, acaso, y el perfil de sus dos principales competidores, que no terminan de convencer a la mayoría de que las conquistas del lulismo llegaron para quedarse, son hoy sus mejores cartas de triunfo.

Pero Dilma ya no puede exhibir sus viejas credenciales de gestora eficiente. Ni siquiera en el área energética, en la que fue ministra de Lula da Silva. Su largo manejo de Petrobras genera cada día nuevas revelaciones de corruptelas, que no la tocan pero que no supo, no pudo o no quiso evitar, desde refinerías compradas en EE.UU. a precios increíbles, hasta obras realizadas en Brasil en medio sobrefacturaciones y de un esquema estable de coimas pagadas a decenas de políticos de la llamada “base aliada” en el Congreso y los estados. Una suerte de “mensalao dos”, es decir un sistema de compra de apoyos políticos.

La presidenta tampoco goza de un gran carisma, pero se sigue beneficiando del de Lula da Silva, que recorrió Brasil de modo incansable hasta las últimas horas de campaña para salvar a su heredera. El porqué se acordó respetarle, con riesgo, a Dilma el derecho a ir por la reelección sin apelar a la carta más segura de Lula candidato es algo que sólo saben ellos dos. Los rumores de una ruptura persistieron, aunque menguados, hasta el plazo legal de 20 días antes de los comicios, cuando los partidos podían cambiar sus fórmulas. Algo los une, más fuerte que lo que se conoce.

Thiago de Aragao, analista en Arko Advice, resalta las diferencias entre ambos. “En lo político, Lula era agregador, buscaba la opinión de todos, inclusive opiniones divergentes. Dilma prefiere confiar en un grupo más restringido, de su confianza. Casi no dialoga con la oposición y crea una situación binaria”, le dijo a este enviado.

Lo que no se le puede negar es que es una luchadora.

Nació den Belo Horizonte (Minas Gerais) el 14 de diciembre de 1947, de padre búlgaro, un empresario, y madre brasileña.

En su adolescencia optó por la izquierda militante y a los 20 años confluyó en la Vanguardia Popular Revolucionaria (VAR-Palmares), donde recibió entrenamiento en guerrilla. Ella jura que nunca participó en hechos de sangre, pero el régimen militar la detuvo y torturó en 1970 en San Pablo. «Nadie sale de eso sin marcas», recordó alguna vez.
Liberada dos años después, terminó su carrera de Economía y recién en los años 80 comenzó a militar en política, de la mano del exlíder socialista Leonel Brizola.

Lula la llevó al PT en 2001 y la llegar al poder la nombró ministra de Minas y Energía.

Su imagen de honestidad la depositó luego del “mensalao” en la jefatura de Gabinete, su gran trampolín a la Presidencia. Pero ni eso le resultó fácil: primero debió superar un cáncer linfático detectado en 2009.

Sin dudas, Dilma Rousseff es una sobreviviente. Se equivoca quien la subestime.

(Nota publicada en Ámbito Financiero).