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Brasilia – De rasgos negros e indios, figura frágil, modos serenos y decir intelectual, Marina Silva es una figura difícil de definir. “Si, salvando las distancias, Eduardo Campos (el candidato fallecido en agosto en un accidente aéreo) convencía como Perón, Marina convence como Gandhi”, le dijo recientemente a este periodista, con conciente exageración, Diego Brandy, el “marketeiro” de la campaña del Partido Socialista Brasileño.

Maquiavelo decía que hay dos formas de llegar al poder: por la suerte y por la virtud. La “suerte”, o el azar digamos, ya que su encumbramiento fue producto del deceso de su compañero de fórmula, la tuvo. Ahora Marina necesita, a sus 56 años, probar que también posee virtudes políticas para frenar el derretimiento de su postulación y así acceder a la segunda vuelta del domingo 26.

El analista Benício Schmidt afirma que “Marina es un fenómeno nuevo. Hizo una alianza extraña, de liberales ortodoxos hasta militantes socialistas”. Acaso eso explique porqué le resulta tan difícil retener los votos que, hace dos semanas, creía seguros.

Su pasado es conocido y es tan humilde como el de Lula da Silva. Nació el 8 de febrero de 1958 en Rio Branco, Acre. Fue una entre once hermanos, de los cuales tres no lograron sobrevivir a las enfermedades tropicales. Ella misma las sufrió y estuvo varias veces al borde de la muerte, experiencia que suele esgrimir ante quienes la interrogan sobre su supuesta fragilidad.

Fue recolectora de caucho y empleada doméstica, y recién aprendió a leer y a escribir a los 16 años. Eso no le impidió graduarse como pedagoga. Hizo varios cursos en Argentina, país que conoce bien. Tuvo cuatro hijos.

Dos características la distinguen: su lucha ambientalista y su fe evangélica.

Su larga militancia izquierdista la llevó al Partido de los Trabajadores, y Lula da Silva la convirtió en su ministra de Medio Ambiente al llegar al poder en 2003.

Hizo de la reducción de la deforestación en la Amazonia su gran causa, y en gran medida tuvo éxito. Aunque en lo demás se permitía negociar, se fue desgastando en choques con varios colegas de gabinete, entre ellos la entonces ministra de Minas y Energía Dilma Rousseff, por la entrega de permisos ambientales para diversas obras.

También se opuso a la entrada de la soja transgénica llegada de Argentina, llamada “Maradona”. Sus crecientes roces con Lula y el escándalo del “mensalao” terminaron en su sonora salida en 2008.

Se la conoce por fundar partidos e irse de ellos, como alguna dirigente argentina. Del PT pasó al Partido Verde, al frente de cuya candidatura sacó el 20% de los votos en 2010. Pero partió otra vez, a un proyecto propio, la Red Sustentabilidad. La demora en presentar los avales a la justicia electoral dejó a su creación fuera de carrera para la elección, por lo que se afilió al Partido Socialista Brasileño de Campos.

Más popular que su socio pero carente de estructura propia, debió cederle a aquél el primer lugar de la fórmula. Un accidente aéreo, que según ella misma dijo no la tuvo entre sus víctimas “por la Providencia divina”, la puso frente a el desafío de su vida. Aquel impacto la encumbró en las encuestas; sus ambigüedades amenazan ahora con hundirla.

Marina fue la gran beneficiada por las protestas juveniles de junio del año pasado, fenómeno que supo cabalgar con su prédica anticorrupción y su énfasis en una reforma política. Quiere terminar con la reelección y gobernar sin apoyarse en partidos, sólo convocando “a los buenos” de cada agrupación. Nadie sabe aún cómo lo logrará.

De su viejo izquierdismo ya no queda nada. Primero, lo remplazó con el apoyo moral y material del gigante de los cosméticos Natura y de una de las herederas del banco Itaú, el mayor privado de Brasil, Neca Setúbal. Segundo, abrazando una plataforma económica decididamente liberal. Tercero, con su fe evangélica, que la lleva a rechazar el matrimonio igualitario y, poco convincente, a dejar pendientes de decisión en supuestos plebiscitos cuestiones como el aborto y la legalización de la marihuana.

Tampoco queda nada de su viejo ecologismo radical: ya no se opone a la explotación petrolera a gran escala y hasta prometió hacer las paces con el agronegocio.

(Nota publicada en Ámbito Financiero).