ujs-df-2

Brasilia  – Si uno quiere color electoral, no lo va a encontrar en el centro de Brasilia, en la Brasilia del “plan piloto” del genial Oscar Niemeyer. Todo es amplio, espacioso y bello. Hablar con la gente implica ir a buscarla, aunque encontrarla en grandes aglomeraciones es una misión imposible.

Es que esta ciudad le hace honor a su fama, la buena y la mala. Aquí la política “se hace” pero no “se muestra”. Se la discute y se la elabora en los despachos de los edificios públicos de diseño moderno, así como en las oficinas los bancos y de las poderosas cámaras empresariales. Todo entre cuatro paredes. Es una política vidriosa, de “lobby”, que no sale a la calle.

De ahí que Brasilia sufra las mismas críticas que en Estados Unidos le caben a Washington: la capital aislada del “Brasil real”, la “nave espacial” ajena a los problemas, a los abismos nacionales.

¿Campaña? Independientemente del microclima que es Brasilia (¡toda ciudad lo es!), ésta no es muy intensa, porque es hija del descreimiento, de la insatisfacción, de la resaca de la promesa del Brasil potencia del lulismo. Es el día (o el año, mejor) después de las multitudinarias manifestaciones que pusieron en vilo a la clase política. Pero eso duró un rato. Las calles se vaciaron y los políticos perdieron el miedo, pero la insatisfacción continúa su faena corrosiva.

Claro, a la hora de votar se vota, y se descuenta que el oficialismo sacará una amplia ventaja el domingo. Pero el sufragio es la medida de una opción, de una decisión. Nunca da cuenta de la real intensidad afectiva del apoyo a una causa.

La política electoral se encuentra, profusa, en la televisión y en la radio, en los espacios a los que acceden los partidos con minutos proporcionales a sus desempeños electorales pasados. Algo más, apenas, en las amplias avenidas, donde los carteles de los distintos candidatos presidenciales, estaduales y legislativos se suceden con prolijidad y sin que nadie les preste realmente atención. En otro tramo, “militantes” ondean banderas rojas del Partido de los Trabajadores y volantean sin fervor: son, en una práctica a la que acuden todos los partidos, empleados contratados por hora. Tanto es así que no es extraño que confiesen, sin mucho rubor, que votan por la opción rival a la que le hacen propaganda. “No ponga mi nombre”, sólo piden como si hiciera falta. La militancia argentina… en Brasil no se consigue.

Afuera, en las ciudades dormitorio que rodean a Brasilia dentro del Distrito Federal, el interés es mayor, así como en el estado de Goiás, del que el DF no forma parte pero en el cual está enclavado.

Justo en el centro de la zona del “plan piloto” brasiliense, donde la larga avenida que se llama Eixo (Eje) Monumental se cruza con las dos alas (norte y sur) que forman ese avión que se observa desde el aire, está la Torre de Televisión de Brasilia. A un costado, la feria de artesanos, donde los vendedores, sin demasiado trabajo estos días, se dan el tiempo para hablar con un argentino.

Joelma, vendedora de un puesto de souvenirs, dice que “una siempre espera una mejora para el país, pero infelizmente hemos tenido muchas falsas promesas. Estoy muy, muy desilusionada con el Gobierno de Dilma, especialmente en la salud y la educación, que tienen que mejorar bastante”.

La mujer ni perdona ni olvida. “Ellos invirtieron demasiado en la Copa del Mundo”, agrega. Aunque se declara indecisa, con el uso del artículo (“ellos”) denota su lejanía insalvable con el oficialismo nacional y local del PT. “Ese dinero debería haber sido gastado en otra cosa. Brasil no tenía condiciones para organizarla y lamentablemente creo que ahora vamos hacia una crisis grande”.

No es la única que expresa ese presentimiento, si por crisis entendemos un tiempo más de vacas flacas, ajustes de un gasto que subió más de la cuenta en el año electoral, bajo crecimiento y perspectivas recortadas. Ése es el clima hoy en Brasil.

A la vuelta, en otro negocio, Ricardo vende artesanías de cuero. “Tengo esperanzas de que esto cambie, que mejore. Las cosas no puedan quedar como están”, explica.

Entre lo que debe cambiar también habla de salud y educación, pero agrega “la seguridad, la falta de apoyo a los pequeños empresarios, a los artesanos como yo. Los materiales con los que trabajo están muy caros, la inflación me perjudica mucho”, añade. “El domingo voy a votar a Marina” Silva, afirma.

Si ése es el clima entre los pequeños comerciantes que dependen del mercado doméstico y del turismo interno de los fines de semana, el entusiasmo no es mayor entre los jóvenes.

Gabriel tiene 18 años y se declara indeciso. “Por mi edad, estoy obligado a votar pero no me siento lo suficientemente maduro. Yo no viví más que gobiernos del Partido de los Trabajadores. Me dicen que la gente hoy vive mejor, pero realmente no puedo comparar”, indica.

“Sí, yo me movilicé en junio del año pasado; me parecía bueno que la juventud mostrara interés y yo quería ser parte de ese momento. Después todo se diluyó”, se resigna.

Cerca de él, Caio, de 22 y estudiante de Agronomía, parece demasiado joven para ya no creer en nada. “El domingo voy a anular mi voto, no vale la pena votar. Nunca vi ni creo que vaya a ver un cambio real en Brasil”.

(Nota publicada en Ámbito Financiero).