Recanto das Emas, Distrito Federal – Brasilia es una ciudad de primer mundo, planificada, espaciosa y llena de empleados públicos con salarios y jubilaciones de privilegio, que la convierten en la de mayor ingreso per capita de todo Brasil. Cada día llegan a trabajar allí millares de brasileños humildes, provenientes de las llamadas “ciudades satélites” o “ciudades dormitorio”, según el nivel de desarrollo económico, mayor o menor, que hayan alcanzado. Ir hacia ese conurbano populoso, recorrer el camino inverso al de esos trabajadores para visitarlos en su hogar, permite descubrir algunas de las contradicciones de un Brasil que en ciertos lugares luce menos nuevo y pujante que lo que suele pensarse.
También ayuda a entender, en primera persona, cuáles son las “demandas de segunda generación” que salieron a la luz en este país una vez que la era del Partido de los Trabajadores logró reducir sustancialmente los problemas de alimentación de sus pobres. En Recanto das Emas, el “milagro brasileño” sólo pasó por la puerta.
Todo lo que cambió para bien aquí en los últimos años se concentra en el ingreso. La ruta de acceso desde el norte (desde Brasilia) muestra una rotonda con el nombre de esta ciudad dormitorio y un par de figuras de las aves corredoras, una especie de ñandú, a la que éste remite.
A un costado, varios bloques de viviendas populares a punto de terminarse y, en todas direcciones, calles decorosamente pavimentadas.
Cerca del acceso principal se encuentran dos pequeños centros de salud, una suerte de salas de atención primaria bastante limpias y concurridas. Pedir permiso para hablar con médicos y pacientes lleva a una negativa: la sensibilidad es alta en época de elecciones. Pero nadie puede impedir que se aborde a la gente a la salida.
Es viernes a la tarde. Mientras abandona el Centro de Salud N° 2, Angelita duda de hablar con el extraño. Sin embargo, el acento argentino la convence. Va a decir algunas cosas fuertes, pero se van a leer en Buenos Aires, y eso no es problema.
“La salud es una porquería”, comienza. De inmediato olvida la desconfianza y su relato toma el ritmo veloz del desahogo.
“Uno aquí puede morirse esperando que lo atiendan. Y sé lo que digo: mi madre se murió hace un mes porque estuvo siete días esperando una cama en terapia intensiva”, le dice a Ámbito Financiero
Angelita, que acaba de hacer atender a su hijo adolescente discapacitado, vive de una pensión. “Hoy no lo atendieron mal, pero la clase baja se puede pasar dos años esperando una cirugía”, se queja.
“Vivo aquí desde hace veinte años. Nada cambió, y si algo cambió fue para peor. Vivimos encerrados las veinticuatro horas del día, y cuando salimos no sabemos si vamos a volver. ¿Sabe qué? Los peores bandidos aquí son los policías”, agrega.
A la pregunta de cómo la atendieron, Leni responde: “Me atendieron”. No llegó de cerca, sino del estado de Piauí, en el norte, a diez horas de viaje. “En el pueblo donde vivo no hay centros de atención, y preferí traer a mi hijo aquí y antes que a la capital del estado”, explica.
Eva es una “diarista”, una empleada doméstica que trabaja cada día de la semana en una casa diferente de Brasilia. Una jornada completa puede dejarte en el monedero entre 25 y 50 dólares, según la contrate una familia de clase media o una acaudalada de las zonas de Lago Norte o Lago Sur.
También sale del centro sanitario. “¿Cómo la atendieron?”. “Muy bien”, responde. Pero su verdadera queja es el transporte público, al que define con la misma palabra que Angelita había calificado la salud: “Es una porquería”, asegura.
Para ella, llegar a sus lugares de trabajo en el centro de Brasilia, llamado aquí el “Plan Piloto”, le lleva “una hora o una hora y cuarto”. Los colectivos son la única alternativa.
No parece un tiempo tan impactante para alguien que vive en Buenos Aires. Pero otros moradores describen trayectos de dos horas o más, de ida y luego de vuelta, para recorrer una distancia de sólo 25 kilómetros. El viaje desde Brasilia en auto, un viernes a la tarde fuera de la hora pico, le llevó a este periodista 25 minutos.
Y ni que hablar de lo que viven cada día los que llegan a trabajar al centro brasiliense desde ciudades del limítrofe estado de Goiania, de base muy popular, como Valparaíso, Cidade Ocidental, Nova Gama o la populosa Luciánia. Lo que es una hora en auto puede superar en colectivo y en hora pico claramente las dos y media o tres.
Al entrar más profundamente en Recanto das Emas, el asfalto se transforma en tierra colorada, un infierno de barro cuentan los locales, en la temporada de lluvia que acaba de comenzar. Lluvias tropicales, espesas, que duran poco rato pero dejan su marca.
La actividad comercial es poca, y toda la vida económica del lugar depende de los empleos en Brasilia.
Esta ciudad no tiene una historia larga. Fue fundada en 1993, en tiempos de Itamar Franco, en el marco del Programa de Asentamiento puesto en marcha por el Gobierno del Distrito Federal, al que pertenece, para abastecer a Brasilia de una mano de obra entonces escasa. El plan implicó el asentamiento de miles de familias provenientes de la zona cercana, en el estado de Goiás, o del Nordeste. Hoy tiene más de 150.000 habitantes.
Las quejas tienen varios destinatarios. El Gobierno de Dilma Rousseff, claro, pero sobre todo el del gobernador Agnelo Queiroz, también del Partido de los Trabajadores, que buscó ayer la reelección pero hizo un papelón en las urnas, derrotado por Rodrigo Rollemberg, del Partido Socialista Brasileño (PSB), el de Marina Silva.
Si algo abunda aquí, es la presencia de los aparatos políticos. Las calles, sobre todo en el ingreso, están llenas de carteles de propaganda, de locales partidarios y de militantes que desde sus mesitas siguen volanteando a despecho de la veda electoral.
“Juarezao, diputado distrital”, dice uno de los carteles que más se repite. “Un amigo de la salud”, sonríe el candidato. Todos le pasan por el costado. Nadie le cree ni lo mira.

