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Esta noche, lector, cuando se disponga a dormir en la oscuridad de su cuarto, su mente sabrá con precisión cuáles son los objetos que lo rodean y en qué lugar están. En su infancia, acaso, la misma situación le generaba la sensación de estar inmerso en un mundo mucho más poblado, incluso por figuras intimidantes que sus padres, deseosos de calmarlo y volver a dormir, llamaban “fantasías”. ¿Lo eran para usted?
Esto no es otra cosa que lo que desvela a los seres humanos desde el mismo momento en que comenzó el pensamiento racional, la filosofía de la antigua Grecia: ¿qué es lo que existe? ¿Son las “cosas”, los objetos que vemos y tocamos? ¿O esas “cosas” sólo cobran entidad en nuestra mente? ¿Lo que existe entonces son nuestras percepciones sobre esos objetos, acaso diferentes para cada uno de nosotros? ¿Son, finalmente, las ideas, los conceptos?
Las campañas electorales, especialmente las más intensas, ésas que nos generan el sentimiento de estar ante un punto de inflexión en la historia, nos llevan también a interrogarnos sobre lo que es importante, central en la política, sobre lo que está verdaderamente en juego.
Brasil vive hoy uno de esos momentos. Y, con ese país, toda Sudamérica, que inauguró el pasado domingo 5 un año entero de elecciones cruciales para el futuro de la región. A esa cita, siguió la del último día 12 en Bolivia, vendrá la segunda vuelta brasileña el 26, la primera de Uruguay ese mismo día, un balotaje también allí y, justo en un año, los comicios que definirán el futuro de la Argentina. ¿Seguirá el mapa político dominado por Gobiernos que, a falta de una mejor definición, calificaremos de “progresistas”? ¿O iniciaremos un cambio de era, en el que la política basculará hacia una mayoría de administraciones proempresa?
Entonces, ¿qué es “lo profundo”, “lo real” que se juega en Brasil, nuestro caso testigo?
Los ejes del debate político (que, a no dudarlo, tiene tendrá réplicas muy similares en todos los casos mencionados) son allí variados. Para algunos el principal es la corrupción. Para otros, cerca, la debilidad de las instituciones y la Justicia, o el auge de la inseguridad. Más allá, se habla de la distribución del ingreso. En el medio, del desarrollo.
Es imposible ponerse de acuerdo, pero en esta nota haremos foco en lo que desde aquí consideramos la decisión más trascendente: a punto de agotarse un modelo de acumulación basado en tasas de interés internacionales muy bajas, abundancia de capitales, un dólar débil y precios de las materias por las nubes, ¿cuál será el que se imponga?
La cobertura de la primera vuelta brasileña permitió registrar dos visiones contrastantes en torno a esta cuestión. La del Gobierno de Dilma Rousseff, donde hay conciencia de que es necesario reformular el “modelo” pero sin renunciar a su base: la preeminencia de un mercado interno fuerte. Enfrente, el alto empresariado, expresado de modo inmejorable por el candidato “socialdemócrata” (en verdad un conservador) Aécio Neves, apuesta a una apertura comercial amplia. Las dos posturas, en plena pugna, no parecen dejar demasiado lugar a posiciones intermedias.
Una definición de Carlos Eduardo Abijaodi, director de Desarrollo Industrial de la Confederación Nacional de la Industria (CNI), resultó particularmente ilustrativa al respecto. “Si no hay reformas en Brasil, ni el mercado doméstico se va a mantener. El propio Gobierno sabe que no se puede mirar sólo a él”, le dijo a este periodista en una entrevista reciente, realizada en la sede empresarial en Brasilia, en el Sector Bancario Norte. El empresario de Minas Gerais, el terruño de Neves, además, agregó que el mercado interno, “sobre todo si se pierde el de la Argentina, que se está reduciendo, no sustenta nuestra industria, ni trae innovación, ni tecnología, ni inversión, ni agrega nada”. El mercado interno, entonces, no agrega nada… Una postura fuerte.
Cerca de donde habló Abijaodi, en la Plaza de los Tres Poderes, en el palacio presidencial del Planalto, Marco Aurélio Garcia explicaba, poco después, cuál debe ser la estrategia para relanzar el Mercosur, entendido como una suerte de mercado interno ampliado que es necesario seguir estimulando desde los Estados.
Dentro de un replanteo del bloque que tampoco el Partido de los Trabajadores quiere eludir, el asesor especial de Política Internacional de Dilma, virtual “canciller” para la región, insistía en que hay que definir “si vamos a llevar adelante un proceso de sustitución de importaciones regional. Argentina plantea mucho eso, sobre todo en el sector de autopartes (…) El reto para toda la región es restaurar la idea de un crecimiento acelerado”.
El funcionario ve a Brasil, claro, como eje de esa estrategia. Para él, se viene una era de “complementación industrial” y pone como ejemplo lo que puede generar la explotación a gran escala de los yacimientos petroleros del lecho marino a partir de 2016, oportunidades de negocios inmensas para empresas regionales capaces de ofrecer obras de infraestructura y de proveer servicios, equipos, barcos. “Todo eso impactará en el desarrollo industrial del país y de la región. Ésta debería ser, por ejemplo, una de las cuestiones a negociar en el Mercosur”, detalló.
Si pensamos entonces, sin abusar demasiado del concepto, en el actual Mercosur como un mercado interno ampliado, relativamente abierto y relativamente protegido por un arancel externo (más o menos) común, es fácil suponer que a esos sectores del gran empresariado brasileño que aspiran a jugar en las grandes ligas el bloque ya los convenza poco. Su pálido rostro actual, sus múltiples perforaciones, la debilidad de la demanda interna en momentos en que sus tres principales economías se encuentran estancadas o directamente en recesión (Brasil en e primer caso; Argentina y Venezuela en el segundo) son factores que no ayudan, precisamente. Tampoco colabora el descrédito que le provoca a la “marca Mercosur” una Argentina inmersa en una crisis de escasez de divisas ya demasiado prolongada, que la lleva a pisar importaciones, a diferir pagos y a bloquear la repatriación de remesas de las empresas extranjeras.
Por todo esto, Neves, fiel exponente de ese modo de pensar, propone “flexibilizar” el Mercosur. “Su Brasil” debería imponer su agenda de apertura fuerte hacia otros bloques y países, y si los socios se oponen, tendría que terminar con la unión aduanera y revertirlo a una simple zona de libre comercio. Con empresas menos competitivas que las de los nuevos socios eventuales (europeos, asiáticos, estadounidenses), ese Mercosur bonsái tendría definitivamente gusto a poco. ¿Podrá hacerlo?
José Roberto Novaes de Almeida, doctor en Economía de la George Washington University y profesor de la Universidad de Brasilia, le dijo a Viernes que para eso “tendría que enviar un proyecto de ley al Congreso. Pero el Poder Ejecutivo puede, aun sin el Congreso, poner al Mercosur a baño maría. Sin un perfeccionamiento, el sistema muere naturalmente”.
Carlos Eduardo Vidigal, profesor de Relaciones Internacionales y especialista en Mercosur, es más cauteloso, ya que percibe que “el Mercosur ya adquirió densidad económica, política e institucional como para ser deshecho en un período de uno o dos mandatos. Además, una acción en ese sentido encontraría reacciones en los medios empresariales, políticos y en la propia burocracia del Gobierno brasileño”.
En la misma línea, Creomar Lima Carvalho De Souza, especialista de la Universidad Católica de Brasilia, afirmó a este periodista que “una victoria de la oposición realinearía la estrategia sudamericana del Gobierno brasileño sin que eso resulte en un aislamiento frente a una sociedad consolidada como la argentina. Podrá haber algún espacio para la discrepancia en algunos elementos, pero, aparentemente, no hay ningún indicador firme hasta el momento que pueda resultar en una ruptura del Mercosur”.
Neves habló de avanzar en conjunto hacia nuevos acuerdos de apertura comercial “hasta donde se pueda” y advirtió que si el proteccionismo argentino lo impide, Brasil actuará por las suyas.
Su eventual canciller, el exembajador en Estados Unidos Rubens Barbosa, fue más preciso en cuanto al plan. «Vamos a negociar, queremos al Mercosur, liderar, que pueda negociar con otros países… Ahora, si no hay interés de los otros países miembros de llevar esta idea adelante, ahí Brasil no deja de lado ninguna hipótesis», explicó recientemente al sitio Brasil247. Se buscará perseguir el » interés comercial y político sin ideología, ninguna ideología. La política de afinidad ideológica, de paciencia estratégica, se va a convertir en una página del pasado», remató.
Esperable. Barbosa es una excelente síntesis: además de coordinador del programa de política internacional de Neves, preside el Consejo Superior de Comercio Exterior de la Federación de las Industrias del Estado de San Pablo (FIESP), el núcleo más concentrado de las 26 entidades estaduales que conforman la CNI y el más interesado en un giro tal.
Se debate si se debe abrir o no el bloque regional al mundo, o en todo caso cuánto y a qué ritmo, pero cabe preguntarse si éste es el mejor momento o, incluso, si hay socios dispuestos para esa estrategia.
Un informe la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) acaba de señalar que el comercio exterior de América Latina y el Caribe completará este año tres años de estancamiento. La causa última es la ralentización del comercio mundial y una menor tracción de una Unión Europea que no sale de su crisis y de la gran economía del mundo emergente, China, para las exportaciones regionales.
El Panorama de la Inserción Internacional de América Latina y el Caribe 2014, difundido en Chile, indica que las exportaciones de la región crecerán un magro 0,8% en valor este año, mientras las importaciones bajarán un 0,6%. Vale destacar que las exportaciones venían de un aumento del 23,5% en 2011. Allí comenzó el enfriamiento: 1,6% en 2012 y 0,2% en 2013.
El informe nos permite interrogarnos, en primer lugar, acerca de las verdaderas posibilidades de cerrar acuerdos comerciales como el tan mentado con la Unión Europea. Los sectores empresariales brasileños lo siguen considerando al alcance de la mano, mientras que Neves y Barbosa lo ubican al tope de sus prioridades. Todos coinciden en que el verdadero obstáculo es el “proteccionismo argentino”.
La mención a esas acusaciones hizo que Marco Aurélio Garcia levantara la voz, indignado, por única vez en la charla con este periodista. “¡No, no, eso es falso, es una mentira! Todo lo contrario. Nosotros hicimos un trabajo de orfebrería en el interior del Mercosur para llegar a una propuesta. ¿Sabe qué nos dijo (la canciller) Angela Merkel aquí mismo en vísperas del debut de la selección alemana en la Copa del Mundo? Nos dijo: ‘Nosotros no tenemos una propuesta, y va a ser muy complicado que los 28 países nos pongamos de acuerdo’. Ahora, si va a haber ofertas se trata de intercambiarlas al mismo tiempo, porque nosotros no podemos entregar la nuestra para que ellos la analicen y después digan en qué están de acuerdo y en qué no. El sistema debe ser así: yo te doy mi propuesta y recibo la tuya; y ahí empieza la discusión”. Veintiocho países, agreguemos, con niveles de desempleo dispares pero en general elevados, sometidos a un poderoso “lobby” proteccionista de sus productores rurales y con un Producto prácticamente plano. El panorama no parece objetivamente el mejor para cerrar ese tipo de entendimientos.
Pero volvamos al informe de la Cepal. Salvo México, cuya economía está evidentemente integrada a la de Estados Unidos (podemos dejar para otra vez la discusión sobre los beneficios de esto; diremos aquí solamente que no se traducen en una caída sostenida del índice de pobreza), el resto de los países de la región no son proveedores relevantes de bienes intermedios no primarios para las cadenas de valor internacionales.
Si bien todo el mundo emergente se benefició del aumento de los precios de las materias primas de la última década larga, uno de los perjuicios de ello fue la calcificación del carácter eminentemente primario de esas economías. Desde Chile con su cobre hasta Bolivia con su gas, desde Argentina con sus granos hasta… sí, hasta Brasil con su producción agropecuaria y su hierro. La industria, potente en un país que no conoció a fondo el neoliberalismo setentista y noventista que arreció en Argentina, de cualquier modo perdió posiciones.
Segundo interrogante: ¿asociar de modo inmediato las economías de la región a otras, más competitivas y desarrolladas desde el punto de vista industrial, es una buena receta para superar esa primarización?
La respuesta, para quienes ven grandes oportunidades en la integración de la región a cadenas de valor internacionales, es sí. Sin embargo, otros, los que desconfían de las políticas de apertura comercial amplias y veloces, apuestan a una fuerte acción de estímulo desde los Estados, con amplias inversiones en infraestructura, ciencia y tecnología. Todo un desafío en un mundo en el que el capital puede, a mediano plazo, volverse menos abundante y barato que en los últimos años.
En todo caso, se pueden buscar equilibrios, sobre todo si el tiempo político cambia en Brasil y, como dijo Barbosa, un Gobierno de Neves buscará “liderar” el Mercosur hacia la apertura. Tal vez decir simplemente no, llevando al bloque a un punto de ruptura, resulte poco inteligente. En ese caso, un buen punto de partida podría pasar por una mayor confluencia entre el Mercosur y la Alianza del Pacífico (México, Colombia, Perú y Chile), un modo de ampliar mercados entre socios de tamaño más equivalente.
¿Y si sigue Dilma? Aunque en principio es claramente más amigable con la idea de un Mercosur similar al actual pero, cuidado, uno que funcione, no es seguro que a mediano plazo deba hacer algo ante presiones empresariales que crecerán. Tarde o temprano Brasil querrá salir al mundo; será mejor in preparándose para ese momento.
Mientras, algo es seguro: un mercado interno (nacional o regional) de competencia limitada puede no sumar innovación, tecnología o inversiones a gran escala. Pero no puede decirse que “no aporte nada”. No al menos en países como Brasil, de 202 millones de habitantes, o Argentina, de 40 millones, necesitados de tener sectores industriales que den trabajo y medios de vida. Por más que esto, visto desde el lado de las empresas ansiosas de tener un despegue internacional, sea visto como un costo.
Los efectos de las políticas que abortan esas posibilidades de atención a lo social son conocidos, una “realidad” palpable. El desempleo alto y prolongado convoca graves fantasmas sociales, desde la pérdida de la cultura del trabajo hasta la desestructuración de las familias. Pasando, claro, por la inseguridad.
Puede que esos fantasmas, durante la noche, sólo se presientan. Pero siempre, cuando sale el sol, terminan por mostrar su rostro más temible.


(Nota publicada en el suplemento Viernes de Ámbito Financiero).