“Algunas palabras y temas dominaron esta campaña. La palabra más repetida, más dicha, más mencionada, más dominante fue ‘cambio’. El tema más ampliamente evocado fue la reforma. Sé que estoy siendo reconducida a la Presidencia para hacer los grandes cambios que la sociedad exige”.
(Dilma Rousseff).
Ella estaba exultante. Ese domingo 26 de octubre a la noche en Brasilia, después de un día frenético de especulaciones, bocas de urna de uso reservado y obsesivas proyecciones voto a voto, por fin sabía que acababa de ganar las elecciones presidenciales. Por poco, apenas 3,4 millones de votos sobre un padrón oceánico de casi 143 millones, pero había superado la prueba más exigente para el Partido de los Trabajadores en doce años de ejercicio del poder. Dilma Rousseff, al fin reelecta y con su brazo levantado por Luiz Inácio Lula da Silva frente a la multitud, ya podía festejar y, sobre todo, respirar aliviada.
Se ha dicho que el poder desgasta a quien no lo tiene. Es cierto, pero el que lo detenta también sufre una erosión. Personal, muchas veces de salud, de imagen. La realidad no se detiene y los logros de ayer son nuevas exigencias mañana. Eso le pasó a Dilma y al PT, arrojados a demandas de segunda generación de una nueva clase media, engrosada en 40 millones de expobres, que, más que comer, exigen ahora mejor educación, transporte, vivienda y acceso a la justicia. Ni más ni menos que lo que se vio en las calles en junio del año pasado, un estado de ánimo más erizado aun por la inminencia de un Mundial demasiado cruzado por gastos organizativos desmedidos y sospechas varias.
Aquel clima social denso amenaza con recrearse ahora, con las revelaciones del escándalo en Petrobras en la primera plana de los diarios y en las aperturas de los noticieros televisivos cada día. Un caso que supone coimas por casi 4.000 millones de dólares desde el inicio de la era petista y que involucra a decenas o, acaso, a cientos de legisladores y líderes políticos. Una trama, además, potencialmente peligrosa para Dilma, quien encabezó el Consejo de Administración de la empresa más emblemática de Brasil desde 2003, primero como ministra de Minas y Energía y luego como jefa de gabinete. Hasta 2010, cuando el voto popular la promovió a la primera magistratura.
Esa promesa de cambio y reforma en la efímera noche triunfal apunta, claro está, a un funcionamiento de la política que se descubre por fin cruzado de modo estructural por la corrupción. Pero también a una economía que urge sacar de la meseta en la que entró hace ya cuatro largos años, algo que tenderá en lo inmediato a agriar más el humor social y a reducir (suele pasar) la tolerancia con los latrocinios. Estas sensaciones y estas necesidades dominarán el Brasil de 2015, para el que puede augurarse una política turbulenta, demasiado cruzada por lo judicial, mientras las autoridades encaran un ajuste fiscal que, en el mejor de los casos, será el preludio de una era de crecimiento.
Así, en lo inmediato, la experiencia indica que pocas mejoras podrán verse, una mala noticia para una Argentina entrampada en sus propios dilemas y necesitada de una tracción externa para una economía trabada por el cepo cambiario, la restricción de divisas, una inflación demasiado elevada y otros desajustes que llevará tiempo y esfuerzo encauzar.
Es que todo apunta a una etapa de ajuste en Brasil, seguramente necesario después de “una heterodoxia que duró demasiado”, como dijo hace poco Paul Krugman en referencia a la Argentina, pero que augura por un tiempo una nueva era de hielo económica. Al cierre de este artículo, el vecino no dejaba de acumular malas noticias.
Por un lado, las cuentas externas registraban el mayor déficit desde 1947, cuando comenzaron las mediciones: 8.100 millones de dólares en octubre. Así, la suma de todo el intercambio brasileño de bienes y servicios con el mundo acumulaba en el año un rojo de 70.700 millones, también sin precedentes, y uno de 84.400 en los últimos doce meses, nada menos que un 3,73% del PBI.
Mientras, la Inversión Extranjera Directa, indispensable para paliar ese desequilibrio, cayó un 8,4% interanual.
Por otro lado, el Índice de Confianza del Consumidor (ICC) se redujo un 6,1% en noviembre con respecto al mes precedente, dijo la Fundación Getulio Vargas. Ya en octubre había retrocedido un 1,5%, lo que indica que la pendiente se va haciendo más pronunciada.
Así las cosas, los mercados financieros recibieron como maná del cielo el nombramiento de un equipo económico de su agrado, liderado por el ortodoxo Joaquim “Manos de Tijera” Levy, un paso que Dilma aceptó dar en busca de restaurar la confianza. Las audacias heterodoxas, habituales en los años electorales y del gusto de la economista desarrollista que es la Presidenta, entran en cuarto menguante.
“Dilma sabe que la situación no es buena y que, pasadas las elecciones, es momento de aceptar los hechos y trabajar para cambiar las cosas. Tiene en claro, también, que la división política que mostraron los votos en octubre le exige algo más moderado, menos ideológico”, dijo para este Anuario desde Brasilia Marcelo Rech, analista político y director de la consultora InfoRel. La demora de la mandataria en dar señales claras se expresó antes e inmediatamente después de los comicios en un vaivén loco de la Bolsa de San Pablo, sobre todo de las acciones de Petrobras, otras firmas estatales y bancos públicos y privados, atentas a cada señal de cambio de rumbo como si Brasil se debatiera entre un modelo venezolano y uno estadounidense.
¿Exageración? ¿Presión descarada? Toda lectura es posible, pero lo cierto es que la política y la economía también son, de modo preponderante, expectativas y que cuentan y mucho las de los sectores financieros y empresariales cuando la agenda está dominada por la necesidad de ampliar la inversión y relanzar el crecimiento. Porque Brasil, la séptima economía mundial, entramada por densos intereses privados, no es Venezuela, pese a lo que algunos osan decir.
No es posible, entonces, soslayar la influencia que que “los mercados” intentan ejercer día a día, señalando con desplomes y recuperaciones “lo que debe hacerse” y “lo que no debe hacerse”. Pero como Brasil no puede prescindir de ellos, cabe preguntarse seriamente qué es lo que le reclaman a su Gobierno reelecto y hasta qué punto este, con el giro que revelan las designaciones en el equipo económico, está dispuesto a entregar.
Los mercados reclaman varias cosas. Por empezar, la necesidad de relanzar un crecimiento lánguido desde 2011, casi nulo este año y triste, según lo que se espera, para el próximo.
Por otro lado, la inflación. Comparada con la Argentina, no parece gran cosa. Pero el índice cercano al 6,5% fijado por el Banco Central de Brasil como techo de una meta cuyo centro anual es el 4,5%, comienza a complicar el consumo popular en un país donde el transporte y la vivienda son particularmente caros, sobre todo en las grandes ciudades. Pero, además, una cifra que expresa una puja distributiva intensa que limita las ganancias de las empresas. Si se las invita a invertir, éstas salen entonces a pelear por su margen.
A diferencia de los dos anteriores de Lula da Silva, el Gobierno de Dilma respondió a aquellas tensiones con una política de “administración de precios” que se tradujo, sobre todo, en la decisión de “pisar” los de los combustibles y las tarifas de los servicios públicos. Con lo primero, dañó las cuentas de la atribulada Petrobras. Asimismo, hizo menos competitivo al sector del etanol, al que la nafta barata puso en graves problemas.
La inflación, afirma el alto empresariado, expresa a su vez un gasto público que, en un año electoral, resultó excesivo en un marco de ingresos públicos menguantes dado el bajo crecimiento y que deterioró el superávit primario proyectado por las autoridades. Así, el leve superávit esperado de 0,3% del PBI en el año se transformaría en un déficit equivalente.
Esta tendencia llevó la deuda bruta del sector público del 53% del PBI al 60% entre 2010 y 2014, es decir en la era Rousseff. Solventar ese agujero presiona sobre las tasas de interés (la básica, Selic, es fuertemente positiva, ubicada hoy en el 11% anual) y encarece el financiamiento de las empresas.
El dólar, todo un clásico, siempre está barato para el sector industrial (allá, acá y en todas partes), aunque el real venga de golpe en golpe desde el inicio de la campaña electoral. He ahí otro reclamo, para el que se exponen también datos.
La caída de los precios de las materias primas, de cuya exportación depende en buena medida la economía de Brasil, hace que este año el superávit comercial estimado sea de apenas 3.000 millones de dólares. Mientras, proyecciones oficiales aparte, en lo que va de 2014, el panorama es aun peor, con un déficit de 1.270 millones. Hasta la Argentina, gracias a las trabas comerciales que se le toleran, volvió a tener superávit con Brasil, se escandalizan los exportadores.
Contactado para este Anuario, Creomar de Souza, asesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Católica de Brasilia, estimó que “en términos económicos serán necesarios algunos ajustes, sobre todo ante los indicadores económicos difíciles que se presentan en el fin del año”.
Carlos Eduardo Vidigal, profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad de Brasilia, dijo que “el primer mandato de Dilma, así como los dos de Lula, estuvieron suficientemente volcados hacia los negocios, como lo ilustran el crecimiento del comercio con diversas regiones del mundo, en especial con China, y la internacionalización de empresas brasileñas. Pero esa cuestión está en el orden del día y los liderazgos del PT y (su socio centrista, el Partido del Movimiento Democrático Brasileño) PMDB están discutiéndola. A diferencia de la Argentina y de Venezuela, Brasil, en virtud de la alianza del PT con ese partido y otros, tiende a seguir una línea más moderada, opuesta a la idea de dar ‘otra vuelta a la tuerca’”.
En este sentido, los mercados y el alto empresariado industrial le exigen a Dilma también cambios hacia afuera, en particular en una política exterior que juzgan demasiado ideologizada y que, por mantenerse atada a los designios de una Argentina cada vez más proteccionista, priva a Brasil de abrir su comercio hacia mercados capaces de asegurarle el despegue económico que necesita.
En esto conviene que ser cauto. La elección signó, con el triunfo del PT y la derrota de Aécio Neves, la opción por la continuidad del Mercosur como unión aduanera. Despejó así el fantasma de un Brasil que, cortándose solo en negociaciones comerciales internacionales, abriría su mercado a compañías europeas, estadounidenses y asiáticas más competitivas y capaces de sacar de la cancha a las argentinas.
La propia Dilma se diferenció de su rival en la campaña, valorando a la Argentina como un socio esencial y al Mercosur, como una herramienta clave de un desarrollo pensado en base a una convergencia de políticas industriales en base a un mercado que debe corregir sus problemas en lugar de optar por la autodestrucción.
Sin embargo, las presiones que sufrirá de aquellos sectores serán muchas ante cada nueva restricción argentina, tendencia hecha no de mala fe ni de vocación ideológica, como algún sector quiere instalar en Brasil, sino de una crisis concreta de escasez de divisas. El problema es que el año electoral argentino y la previsible persistencia de desequilibrios macroeconómicos aseguran que el “cepo” tenga aún vida por delante en un período clave para que la reelecta presidenta de Brasil busque recuperar puertas adentro el crédito político perdido.
¿Seguirá vigente la “paciencia estratégica” de Brasil o habrá tormentas a corto plazo?
La respuesta oficial en Brasilia da cuenta de una absoluta continuidad. “Pudiste constatar el sentimiento anti-Argentina que la oposición propaló durante la campaña electoral. ¡Perdieron!”, le dijo a este periodista el asesor especial en Política Exterior de Dilma, Marco Aurélio Garcia. “En los próximos cuatro años trataremos de profundizar nuestra relación con ese país, que es estratégico para Brasil”, completó.
Rech, de InfoRel, matizó la cuestión. Según él, “con Dilma, Brasil promoverá pocos cambios en relación al Mercosur y a la Argentina. El bloque seguirá entre las prioridades de la política exterior brasileña, así como la relación con la Argentina. Pero la Presidenta sabe que son muchos los problemas y los obstáculos que deben de ser atacados para sacar al Mercosur del estancamiento, y sabe también que el empresariado quiere cambios profundos y defiende una relación menos ideológica y más pragmática. Obviamente que el resultado apretado, la poca diferencia entre ella y su opositor, la obligarán a reflexionar sobre eso”.
Y parece no equivocarse. El ministro jefe de la Casa Civil, jefe de Gabinete, Aloizio Mercadante, hizo una concesión retórica recientemente al hablar de la necesidad de que el bloque apure las negociaciones de libre comercio con la Unión Europea, la obsesión del empresariado industrial más concentrado de Brasil.
En una línea similar, Creomar de Souza indicó que “en términos generales no habrá muchos cambios en relación con el Mercosur. Sin embargo, la dinámica de dialogo que la Presidenta se verá obligada a consolidar podrá llevar al Gobierno a construir posiciones más duras en términos comerciales con algunos de los vecinos”.
En conclusión, Brasil, y el rostro mismo del Gobierno de Dilma y el PT se enfrentan a un proceso de mutaciones, que sólo definirán su rostro en función de las acciones de otros actores, internos (los empresarios, los mercados financieros, los partidos aliados… los fiscales) y externos (la política comercial de la Argentina, entre otros). El trauma de una elección en la que el poder, acaso sorprendentemente (¿o no?) estuvo a punto de perderse, pesará con fuerza.
“Las elecciones dejaron en claro que el PT no puede arrogarse la unanimidad en Brasil y que hay una clase media fuerte que quiere cambios. En concreto, la Presidenta tendrá muchas más dificultades para gobernar y para relacionarse con el Congreso. Y, en medio de todo eso, seguirá resonando un escándalo como el de la Petrobras, que se mantendrá como una amenaza constante para ella y para su partido”, sintetizó Rech.
Es una historia abierta, de fuerte repercusión en la Argentina. Si 2015 parece más o menos jugado en términos económicos para ambos socios, es de esperar que esa transición sirva, al menos, para poner las dos casas en orden y para sentar las bases, por qué no, de un proceso posterior y sincronizado de crecimiento a ambos lados de la frontera.
