La minoría árabe de Israel estuvo ayer, durante la jornada electoral, en boca de todos. La decisión de sus líderes políticos de presentar una lista de unidad, el intento de movilizar a un sector que da cuenta de un considerable 21% de la población del país, su emergencia como tercera fuerza política y su demonización en una desdichada proclama del primer ministro, Benjamín Netanyahu, parecieron darle una inédita centralidad. Sin embargo, las apariencias suelen mentir.
Los comicios de ayer trajeron la novedad de que los principales partidos de esa comunidad presentaron una Lista Árabe Común que sumó a Balad, la moderada Asamblea Nacional Democrática; la Lista Árabe Unida (Raam en hebreo), de base islamista; el Movimiento Árabe por el Renacimiento (Taal), secular; y Hadash, el comunismo judeo-árabe.
La alianza fue más fruto del espanto que del amor, dado que una ley promovida por el partido del canciller de derecha dura, Avigdor Lieberman -uno de los grandes damnificados del resultado de ayer, irónicamente-, elevó del 2 al 3,25% el piso de votos para que un partido pueda ingresar al parlamento de 120 miembros. El temor a quedarse afuera, promovió una unidad que le permitió al sector convertirse en la tercera fuerza de la Kneset, con 14 bancas.
Pero si los partidos árabes evitaron por esa vía la desaparición política, el esfuerzo no se tradujo en una fuerza demasiado mayor, ya que la sumatoria de sus diputados en la legislatura saliente era de 12 bancas.
Asimismo, su decisión de excluirse, como es habitual, de cualquier posibilidad de formar parte de un Gobierno con vocación para resolver la cuestión nacional palestina le restó relevancia desde un comienzo. Sin embargo, esa actitud no es producto de ningún capricho.
Por un lado, su eventual acercamiento al centro-izquierda judío, en esta ocasión a la alianza laborista-liberal Campo Sionista, haría sido probablemente un factor “piantavotos”, capaz de alejar a aquellos que, si bien desean una paz basada en el principio de “dos Estados”, temen que una quinta columna árabe en el Gobierno que la negocie sea un elemento que lleve a demasiadas concesiones. En segundo lugar, participar de un Ejecutivo supondría el reconocimiento de un Estado que, aseguran, priva a sus hermanos palestinos de sus derechos nacionales. Tercero, no se deben soslayar las fuertes diferencias entre los partidos que componen la alianza. Cuarto, y más importante, hay que destacar la compleja situación identitaria y política de los árabes israelíes.
Estos, aproximadamente 1,7 millones de los algo más de 8 millones de habitantes del país, son mirados con recelo tanto por sus conciudadanos judíos como por sus hermanos palestinos de Cisjordania, Gaza y las barriadas de refugiados que permanecen en varios países árabes, producto de la “nakba”, la “catástrofe” o diáspora violenta de 1948.
Buena parte de los israelíes ponen en duda su lealtad a un Estado cuyo carácter judío se busca asegurar por todos los medios. Los atentados recientes y aislados de “lobos solitarios”, que embistieron con autos o topadoras contra transeúntes judíos o que apuñalaran a civiles en las calles, ciertamente no ayudó a reducir esas tensiones.
Cerrando la pinza, los estimados 4,4 millones de palestinos de Cisjordania y Gaza, así como los cerca de 3 millones de refugiados que siguen soñando con un improbable retorno, los consideran desleales a la causa nacional.
Al limitar su participación política solo al ámbito parlamentario, como si en definitiva eso no supusiera de por sí un reconocimiento del Estado, los árabes de Israel contribuyen a los recelos de los primeros. Mientras, al intentar llevar adelante vidas normales, al presentar reclamos económicos y sociales naturales en cualquier país y, en paralelo, considerar la “cuestión nacional” como un tema sensible pero no excluyente, tributan a los resentimientos de los segundos.
Su lugar ambiguo se completa por el hecho de que gozan en Israel de condiciones de vida mucho mejores que la de sus hermanos palestinos, mientras sufren una innegable discriminación, como el carácter “optativo” para ellos del servicio militar, la judaización de muchos de sus poblados e indicadores de desarrollo humano y empleo más bajos que el promedio.
Hablar con árabes israelíes, incluso con los más politizados y militantes de los partidos mencionados, es adentrarse en una psicología abrumada por problemas de identidad y sentimientos de culpa. Para ellos, Israel es su país, pero el palestino es su pueblo.
El empeño en polarizar en torno a su figura la votación de ayer llevó a Netanyahu a un exceso peligroso. “Los votantes árabes acuden a las urnas en masa. Las ONG de izquierda los llevan en colectivos”, dijo en su cuenta de Facebook en tono de denuncia. El lugar común de los “micros” y el “choripán” es, parece, universal. Aunque en este caso acaso se hable del shawarma.
Ironías aparte, la expresión de Netanyahu no se condice de ningún con el trato que se debe dar a un sector de la ciudadanía de un país. Pero acaso eso sea coherente con sus recientes promesas de impedir la emergencia de un Estado palestino y de no detener por nada del mundo las construcciones en las colonias.
El voto árabe de Israel, una fuerza limitada por su conflicto de identidad

