Hasta hace tres años, e incluso más cerca en el tiempo, la eurozona parecía un enfermo terminal y su estallido final solo albergaba la incógnita del momento. Alemania brillaba como la única economía grande del bloque con futuro, mientras el temor a la insolvencia ascendía desde las economías más débiles, englobadas en la oprobiosa sigla “PIGS” (Portugal, Irlanda, Italia, Grecia y España) hasta otras, poderosas, como las de Italia y la de la propia Francia. El extremo más desesperado, Grecia, suponía un enorme riesgo sistémico para la unión monetaria y aun para la economía global, expuestos como estaban los grandes bancos alemanes y franceses a una deuda sin esperanza de repago. Mientras, el Gobierno de Angela Merkel les marcaba el paso a sus socios, indiferente a las distintas necesidades del grupo. Así, la Reserva Federal libraba, con amplio éxito, una guerra de monedas de la que, insólitamente, el Banco Central Europeo no tomaba nota e insistía en precaverse de una fantasmal suba de los precios cuando el peligro, inminente, era el inverso: la deflación. La realidad hoy es muy diferente. Desandando aquella demora inconcebible, el BCE adoptó por fin, bajo la conducción de Mario Draghi, la receta del «Quantitative Easing» (QE) inaugurada en su momento por Ben Bernanke, y desde el 9 de marzo último puso en marcha un programa de compra de activos financieros soberanos y privados a razón de 60.000 millones de euros por mes. El cronograma, se sabe, debe durar al menos hasta septiembre del año que viene, o cuando la inflación de la eurozona alcance el 2 % anual. La irregularidad y fragilidad de la recuperación productiva del bloque permite, por el momento, imaginar un horizonte que vaya más allá de aquella fecha. Definitivamente, el problema era la deflación: la inflación promedio de la eurozona debería ser de apenas un testimonial 0,1 % este año y llegar a un lánguido 1 % en 2016. Así las cosas, la eurozona volvió a moverse de acuerdo con la realidad del cosmos: el euro por fin se devaluó contra el dólar, el dinero volvió a fluir en los mercados financieros europeos, las tasas de interés llegaron casi al cero y se hicieron mucho más amigables para las necesidades de los países en dificultades, y, ¡milagro! incluso volvió el crecimiento económico. Y algo extraordinariamente importante: aunque Grecia sigue navegando sin rumbo, al menos ya no supone una amenaza para la banca del bloque ni para el euro. ¿Salió finalmente el sol? Depende de qué se entienda por eso. Si se habla de cómo se ha despejado el horizonte del peligro del desmembramiento de la moneda única e, incluso, de un estallido financiero global, la respuesta es positiva. Si, por el contrario, se pretende ver el retorno de Europa en su conjunto como uno de los motores de la economía mundial, el entusiasmo debería dejar paso a la frialdad. Todavía falta tiempo, acaso mucho, para eso. En el medio, puede celebrarse la recuperación de un cierto clima de “normalidad”, importante para el funcionamiento de los mercados financieros y los circuitos productivos, pero que también arrastra graves consecuencias sociales en diferentes países, sin posibilidades de reparación significativa en el corto plazo. Se sabe que un camino tal depara siempre sorpresas políticas, aunque por el momento sean difíciles de ponderar. Es mejor precaverse, entonces, de los excesos maníaco-depresivos y mirar la realidad de frente. El Fondo Monetario Internacional ha errado muchas veces en sus pronósticos, sobre todo sobre la Argentina, pero quién no lo ha hecho. Conserva, sobre todo en el caso de economías más convencionales y predecibles que la nuestra, una palabra útil como referencia. Su Panorama Económico Mundial, divulgado en abril, dio motivos para la esperanza. La eurozona en su conjunto repuntará desde la caída de 0,5 % de 2013 y de la recuperación escuálida de 0,9 % del año pasado. Así, crecerá este año un 1,5 % y un 1,6 % el que viene, dijo el FMI. ¿Recuperación en marcha? No hay que apresurarse. La proyección para 2020 sigue dando cuenta de un ritmo moroso, en sintonía con estos números. Ocurre que, por más que se hayan moderado sus aristas más afiladas, los problemas de la economía europea siguen presentes: alto endeudamiento público y privado en muchos países y falta de incentivos para la inversión productiva. Hasta la poderosa Alemania está acusando el freno de sus socios y de las economías emergentes. Francia, por su parte, crecerá al 1,2 % este año, al 1,5 % el que viene y al 1,9 % para 2020. Italia, una bomba de tiempo siempre pronosticada pero que, en lugar de estallar solo parece languidecer eternamente, crecerá a un ritmo del 0,5, 1,1 y 1 %, respectivamente. Así las cosas, hay todavía poco para festejar, apenas (¿apenas?) el haberse alejado varios pasos del abismo. Es interesante, por otro lado, observar lo que se espera en términos de crecimiento y empleo en dos de los países que, años atrás, resumían los fantasmas que invocaban los PIGS: España y Grecia. El primero es uno de los que encabeza la tendencia hacia la recuperación (relativa, pero recuperación al fin); el segundo sigue sumergido en una tragedia sin final a la vista. Solo detrás de Irlanda, que según el FMI crecerá este año un 3,9 %, Malta (que lo hará en 3,2 %) y Eslovaquia (2,9 %), la economía española será una de las de mayor actividad este año. El Fondo, de hecho, revisó al alza su proyección anterior de 2 %, quedando fijada en un 2,5 %. Envalentonado con las buenas nuevas, el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, habló hace poco de un crecimiento del 2,9 %, algo que, al menos él, presenta como el inicio de una recuperación robusta y duradera. La Comisión Europea, el órgano ejecutivo de la Unión Europea, dijo en tanto que España será uno de los países que más empleos creará en el año y Rajoy le puso un número a sus expectativas: medio millón de puestos de trabajo. Pero lo anterior no significa que el drama de la desocupación vaya a dejar de atormentar a los españoles. El mismo FMI que habla de una recuperación económica señala un sendero de reducción muy gradual del problema. Así, si en 2014 la desocupación cerró en 24,5 % de la población activa, el índice a fin de este año será del 22,6 % y bajará al 21,1 % en 2016. Los españoles son conscientes de que el futuro no será fácil, especialmente los jóvenes, cuyo desempleo se acerca al 50 %… sin contar la legión que trabaja en condiciones precarias o que añora, llena de nostalgia, la época en la que el “mileurismo” era considerado el fondo del abismo. Según una encuesta difundida a mediados de abril por la universidad de Cambridge, el 84 % de los españoles de entre 16 y 24 años cree que solo lejos de su país estará en condiciones de encontrar un empleo. Así, para el 70 % es más necesario saber inglés para probar suerte en el exterior que tener un título universitario y el 61 % dice no tener confianza en España como país. Un dato importante: el 94 % de ellos asegura que pagan los platos rotos por los errores de los políticos, los gobiernos y bancos. John Maynard Keynes dijo en su momento que “en el largo plazo todos vamos a estar muertos”. Esa definición célebre intima a los economistas a buscar soluciones que quepan dentro del ciclo vital de las personas de carne y hueso. ¿Cuál es entonces la solución para los españoles? Draghi, el presidente del BCE, afirma que esta pasa por “reforzar las medidas de política laboral”, un eufemismo poco velado para hablar de una flexibilización todavía mayor de las relaciones laborales. Puede que en el futuro haya, por ese camino, más empleo, pero será de menor calidad que el conocido, lo que para los jóvenes de ese país es mucho decir. Así las cosas, todo indica que la siempre aludida “década perdida” española será algo menor de los diez años que la consigna suponía. Si la crisis comenzó en 2008, para 2017 el país habrá recuperado el Producto Bruto Interno perdido. Y no debe quejarse: a los otros PIGS les costará todavía más regresar al punto de partida. Y, claro, en ese momento, todos constatarán que habrán dejado jirones de bienestar social en el camino empedrado. Al cierre de esta edición era imposible determinar si la tormentosa relación entre la UE y el Gobierno del izquierdista griego Alexis Tsipras terminará en un acuerdo, por dificultoso que sea, o en una ruptura. Lo único seguro es que cualquier camino que se tome será indefectiblemente doloroso. Por lo pronto, los peores presagios al respecto no se concretaron, como algunos temían, inmediatamente después de la asunción de un Gobierno que llegó con la promesa de terminar con el ajuste impuesto por la odiada “troika” (el FMI, El BCE y la UE). Al contrario, las peleas públicas y privadas del ministro griego de Finanzas, Yanis Varufakis, con sus colegas de la eurozona y los tuits en los que denunciaba ser el foco del “odio” de todos ellos, tuvieron como respuesta la decisión de Tsipras de correrlo del primer plano de las tratativas. No debe sorprender: una cosas son los deseos (y las promesas de campaña) y otra la realidad dura. Los mismos griegos que votaron al partido izquierdista Syriza y que, si hoy hubiese elecciones lo ratificarían de un modo aun más contundente, desean en un 71,9 % que haya acuerdo con los acreedores y quieren en un 72,9 % seguir siendo parte de la eurozona, dijo una reciente encuesta de la consultora KapaResearch para el diario To Vima. Esa aparente contradicción no es tal. Los griegos necesitan un alivio a un sufrimiento de años y sin visos de progresos reales, pero no imaginan su futuro fuera de la moneda única. Los argentinos podemos entenderlos bien si recordamos nuestros propios dilemas sobre el fin de la convertibilidad. Ocurre que se teme que una “Grexit”, esto es la salida del euro y la restitución de una moneda nacional, precipite un fenomenal impago de deudas privadas y una no menos fenomenal confiscación de ahorros. El que depositó euros, recibirá dracmas, podríamos decir. Así, desde diciembre último, cuando se preparaban las elecciones que al mes siguiente llevaron a la izquierda griega al poder, el pánico de los ahorristas provocó una fuga de depósitos equivalente al 15 % del PBI nacional. Ha habido una enorme asistencia europea para evitar el colapso financiero del país (y, más que eso, porque esto no se trata de altruismo, los daños colaterales en el resto de la eurozona), cuantificada hasta fin de abril en unos 110.000 millones de euros. Sin embargo, no habrá más fondos frescos hasta que Atenas acepte seguir en el camino de las reformas, ese modo peculiar de llamar al ajuste fiscal. Mientras Tsipras centraliza en el Estado central los fondos remanentes en todos los organismos públicos (una medida desesperada para poder hacer frente a los salarios inmediatos antes de que no quede más remedio que optar por el acuerdo o la ruptura), el tenor de las discusiones con Bruselas deja en evidencia cuál es el lado más vulnerable en las negociaciones. Tsipras aceptaría retirar su promesa de elevar el salario mínimo y también la de terminar con el ajuste, conformándose con una disminución de los ahorros exigidos. Este torbellino político y económico, para peor, va diluyendo las expectativas de un rebote módico del nivel de actividad: pocos creen que se cumpla el pronóstico de un crecimiento del 2,5 % en 2015, cuando debería terminar una profunda depresión de seis años. Lo que Europa no atina a responderle a la gente común es adónde apunta con sus exigencias. Pese a la renegociación de 2012, la deuda pública griega sigue representando un impagable 175 % del PBI. Solo hay una diferencia: al revés que entonces, el 80 % de los acreedores ya no son bancos privados de la eurozona sino entidades oficiales. El riesgo privado fue, reformas y paquetes de financiamiento mediante, transferidos al BCE y varios gobiernos, o, lo que es lo mismo, a los plomeros de Stuttgart (como diría Paul O´Neill). El peligro de una crisis sistémica se ha evaporado, y con ella acaso la última carta de Grecia para negociar un ajuste, seguramente inevitable pensado a escala más humana. Tsipras sabe que tiene malas cartas en la mano, y que ganar, lo que se dice ganar, no es una opción real para su Gobierno. No por nada presiente que habrá, finalmente, un acuerdo con la UE y que probablemente sea malo. En ese caso, dijo, firmará de modo condicionado, sujeto al resultado de un referéndum en el que le pedirá a la población que decida si ese es el tipo de dolor que prefiere. ¿Un modo de presionar a sus enemigos íntimos de Europa? Puede ser: El FMI y Estados Unidos no dejan de decirle a Bruselas que hay que impedir por todos los medios una “Grexit”. Pero acaso hable en serio. El clima financiero puede haber mejorado en la eurozona, y es cierto que ya no se habla de recesión sino de crecimiento. Sin embargo, la cuantía de esa recuperación parece insuficiente para asegurarles a las poblaciones de los países más afectados por la crisis que comenzó en 2008 una recuperación significativa de sus anteriores niveles de vida. Más arriba repasamos diversas encuestas, en las que españoles o griegos aparecen respondiendo sobre sus preocupaciones y sobre las responsabilidades y demandas que dirigen a las autoridades de sus países. El problema es que estas no están en condiciones de hacerse cargo de las mismas. La construcción europea adolece de un problema de base: la propia lógica de la integración fue retirando progresivamente atribuciones y facultades a los gobiernos nacionales, siendo la emisión de monedas locales la última y más fuerte. En paralelo, construyó un poder supranacional burocrático, en el que las instancias de elección popular se limitaron a la conformación de un Parlamento de facultades más que limitadas. Así, mientras lo económico se independizó y traspasó todas las fronteras conocidas, lo político se siguió dirimiendo dentro de las viejas fronteras nacionales. Hoy, gobiernos acosados por procesos de endeudamiento masivos y de larga data, y, por no tener moneda propia que administrar, imposibilitados de “resolverlos” a través del recurso inflacionario, siguen siendo políticamente responsables ante sus electorados. Solo que no cuentan con herramientas básicas para resolver los problemas que se les adjudican. Puede aborrecerse mucho los ajustes, y no hay pueblo que no lo haga. Pero, con sinceridad, ¿qué herramientas les quedan a un Rajoy o a un Tsipras (por mencionar dos extremos ideológicos), cuando las cuentas no cierran y los mercados de deuda se cierran a sus emisiones? Solo el ajuste. Acaso la pregunta sea qué es lo que se ajusta, sobre quiénes se carga el mayor peso. En la era de la tecnocracia, el viejo tema de la ideología sigue vivo y regresa con fuerza. LOS LÍMITES DEL GIGANTE Durante largos años, tras el estallido de la crisis del euro, Alemania logró mostrar una situación muy diferente a la de sus socios en problemas. La principal de las 19 economías de la eurozona, continuó creciendo y generando empleo (aunque de menor calidad que en las décadas de su esplendor). Así, imponía su enorme peso político para marcarle el paso a un Banco Central Europeo que, insólitamente, mantenía elevadas sus tasas de interés de referencia cuando el resto del bloque se hundía en un pantano. No hay dudas: el BCE de Jean-Claude Trichet era un apéndice de las necesidades de Berlín. ¿Qué habrá sido en esos años incomprensibles de la tan mentada independencia de los bancos centrales del mundo desarrollado? Acaso algún día esa historia se cuente. ¿Pero hasta qué momento podía resistir Alemania, hasta cuándo podía seguir creciendo con robustez mientras sus socios iban hacia atrás? Hasta que la crisis llegara a las grandes economías emergentes. El crecimiento de China al 7 % anual, muy por debajo de los días gloriosos del 9 %, marca, en ese sentido, un problema concreto. Así, el país pasó de un crecimiento del PBI del 3,7 % en 2011 a magros 0,6 %, 0,2 % y 1,6 % en 2012, 2013 y 2014, respectivamente. El Fondo Monetario Internacional le augura a Alemania para este año, en la misma línea, un crecimiento de un 1,6 %, uno de 1,7 % en 2016 y uno de 1,3 % hacia 2020. Es cierto que las economías más grandes tienden a moverse con mayor lentitud, pero esos números, de concretarse, no permitirían hablar, como en el pasado de una “locomotora” productiva. Fuentes privadas locales, en cambio, auguran una expansión del 2,5 %. Acaso sea esa sensación la que registren los ciudadanos, dado el clima político favorable que rige en el país. ¿Será Alemania otro error del FMI? Se verá. El mundo está muy incierto y ese es un dato clave para una gran economía exportadora Tal vez por lo anterior, y la sensación social de un rebote inminente, el statu quo sigue favoreciendo a Angela Merkel, la figura dominante desde hace quince años de la política alemana. Mientras gobierna en su tercer mandato, una encuesta de la firma Forsa publicada por el semanario Stern, le otorga, si hoy hubiera elecciones, una intención de voto impactante de 61 %. Por mucho que la odien los griegos y muchos otros, en Alemania Merkel parece inoxidable. Seguramente porque ha defendido como nadie el interés nacional. La nación… ese concepto viejo pero vigente que se empeña en volver a pesar de las sofisticadas discusiones sobre integraciones y monedas únicas. RAJOY SE JUEGA A UNA ÚNICA CARTA Envalentonado por los mejores datos de la economía, con un crecimiento previsto por el FMI del 2,5 % para este año, que su Gobierno eleva a un 2,9 %, Mariano Rajoy dejó de jugar a las escondidas. A fines de abril terminó con las dudas, tanto ajenas como propias, y confirmó que será candidato a la reelección en las legislativas de fin de año. La economía (macro) sonríe, pero la gente común no siente por ahora las mejorías que se proclaman desde lo alto del poder. De este modo, el sistema político español registra los efectos del tsunami económico de los últimos ocho años, y lo que conocimos como un esquema bipartidista clásico hoy muestra un aspecto muy diferente. Los españoles dicen que su sistema político se ha “italianizado”. Ya no gira en torno a un centro-izquierda, el socialista PSOE, y un centro-derecha, el Partido Popular, que pugnan por conquistar un electorado centrista independiente. Ahora irrumpen dos fuerzas nuevas que hacen que se divida en cuatro, casi en partes iguales, un electorado confundido sobre quién representa mejor (o aunque sea un poco) su interés. Una de esas fuerzas nuevas es Podemos, de izquierda y obsesivamente vinculada por la prensa tradicional con aportes del chavismo, un modo de estigmatizar a los profesores universitarios que la dirigen que se está probando eficaz: se sostiene como uno de los cuatro enanos dominantes el sistema político, pero ya no crece y, de hecho, empieza a caer en la consideración popular. La otra es Ciudadanos, de origen catalán pero lanzada a toda España con un mensaje liberal. Es tanto lo que le está comiendo al PP que este pasó del 44 % de los votos cuando Rajoy fue elegido en 2011 a una intención de votos actual del 22 %. Acaso por pensar en una alianza que sume a ese liderazgo renovador y no manchado por corruptelas como el del PP, Rajoy se anime a la quimera de ir por la reelección a pesar de semejante caída. El tiempo dirá, si el presidente del Gobierno cumple con ese propósito, si Ciudadanos le aporta ese aire fresco o si, por el contrario, el sistema es más fuerte y el cambio es, en realidad, puro gattopardismo. (Nota publicada en Bank Magazine).