El sueño duró una década larga: el mundo rico miraba, con envidia y cierta impotencia, cómo el peso del crecimiento internacional recaía en el emergente, con China actuando como un inmenso imán capaz de atraer todas las materias primas imaginables, disparando sus precios y generando en países como la Argentina una bonanza sin precedentes en casi un siglo.
Pero el despertar fue brusco. Los mercados financieros y las monedas de los países emergentes se desplomaron como un castillo de cartas, los flujos financieros globales se revirtieron, la promesa china perdió brillo y el futuro de los que habían atado su suerte a la del gigante, acaso desaprovechando la oportunidad de iniciar un proceso de desarrollo en serio, se llenó de sombras.
¿Se esfumó, de la mano de la revaluación del dólar, el mundo en el que “un kilo de soja vale más que un kilo de automóvil”? Mientras Europa sigue sin rejuvenecer, ¿Estados Unidos vuelve a ser el centro de la economía global y China languidece? ¿Son definitivamente cosa del pasado los términos de intercambio excepcionales que permitieron en los países emergentes altas tasas de crecimiento y proyectos nacionalmente variados de mejora de las condiciones de vida de los más pobres? En síntesis, ¿el mundo vuelve a ser el de siempre?
AL PRINCIPIO FUE CHINA…
La primera alerta global se produjo con la devaluación china del 11 de agosto, cuando el Banco del Pueblo (central) amplió al 2 % la banda de flotación con el dólar y anunció que se permitiría usar como referencia el tipo de cambio del cierre de la rueda anterior para administrar la cotización de la moneda local, el renminbi. Esto abría la puerta, al menos en teoría, a una devaluación diaria de esa magnitud.
Los especialistas se dividieron en la interpretación de la movida del hermético banco central chino. Para algunos, era el comienzo de una devaluación de gran envergadura destinada a revertir la valorización acumulada en la última década frente a la divisa estadounidense. Para otros, en cambio, se trataba de una decisión destinada a dar una lógica de mercado a los movimientos del renminbi y, con ello, a habilitar su ingreso en la canasta de monedas del Fondo Monetario Internacional y su consolidación como divisa de referencia en materia comercial y financiera.
Como fuere, la inquietud duró poco, apenas dos ruedas, en las que la moneda china acumuló una depreciación del orden del 4,5 %.
“Era esperable que ocurriera algo así, sobre todo porque todos ya habían devaluado, desde Estados Unidos hasta Japón y varias economías emergentes importantes. Tal vez lo que sorprendió fue el modo, que se lo hiciera de golpe. Más allá de eso, la magnitud de la devaluación no es gran cosa”, le dijo a Bank Magazine el economista Luis Palma Cané, director de Fimades y especialista en mercados internacionales.
Ramiro López Larroy, socio y director de Integras Capital, coincidió. “Tal vez sorprendió la forma, pero si miramos los datos y la estrategia de largo plazo de China, es comprensible que devaluaran. Desde mediados de 2010, el renminbi se había ido apreciando contra el dólar y mucho más contra el resto de las divisas de los principales países que comercian con China: Japón, varios de Europa, Canadá, Australia… Lentamente, esa apreciación del renminbi, sumada al lento crecimiento del mundo, hizo mella en las exportaciones chinas. En julio, por ejemplo, estas cayeron cerca de un 9 % comparadas con el mismo mes de 2014”, explicó a Bank Magazine.
Según este especialista, sin embargo, prima el otro objetivo: “Para el Gobierno chino es muy importante políticamente, como muestra de su poderío global, que el FMI incluya al renminbi en su canasta de SDR”, en castellano los Derechos Especiales de Giro (DEG), la “moneda” de la entidad.
La movida de Pekín alentó una serie de correcciones en otros países emergentes, pero pronto dejó de hablarse de “guerra de devaluaciones” competitivas. Otras acechanzas comenzaron a generar mayor preocupación.
La segunda alerta sobre China llegó el “lunes negro” del 24 de agosto último, cuando la Bolsa de Shanghái se desplomó más de un 8 %, poniendo en evidencia una serie de desequilibrios financieros cuyos efectos aún se sienten. ¿Qué había detrás de ese desplome, punto máximo de una brusca corrección que había comenzado en rigor dos meses antes?
En efecto, la principal bolsa de China cerró agosto con pérdidas del 12,5 %, acumulando una contracción de nada menos que un 40 % desde mediados de junio.
“Lo que ocurrió fue la coincidencia de la explosión simultánea de dos burbujas. Una financiera, provocada por el Gobierno chino para sostener el consumo, y otra inmobiliaria, dada también por el sostenimiento oficial de la construcción”, indicó Palma Cané.
En un sentido, podría decirse que con la actual encrucijada china el mundo vive una tercera fase de contagio de la crisis desatada en 2008, que tuvo en la caída de Lehman Brothers su símbolo financiero más potente. Como es sabido, la crisis de las hipotecas “subprime” derivó en Estados Unidos en la llamada “Gran Recesión”, que impactó por vía financiera y comercial en una Europa que, a diferencia de lo hecho por la Reserva Federal, demoró más allá de lo prudente la aplicación de políticas de expansión monetaria.
China, entonces, protagoniza la tercera fase de esa crisis. Ante la caída de los principales mercados para sus exportaciones, el régimen de Pekín se lanzó a una intensa política contracíclica en tres direcciones: un mayor gasto estatal en infraestructura; abundante crédito de bancos estatales para obras de construcción, dinamizadoras del nivel de actividad; y fuerte aliento al ingreso de pequeños ahorristas a los mercados bursátiles.
Lo primero llevó a un fuerte endeudamiento de las administraciones regionales y, aun, del Gobierno central, cuya deuda total saltó de 7 billones de dólares en 2007 a 28 billones el año pasado.
Lo segundo, derivó en una sobreoferta crónica de propiedades que, ante la caída del la actividad económica, no podía si no terminar en el estallido de una burbuja.
Lo tercero, finalmente, explica los bruscos movimientos de los mercados financieros. Si a través de una amplia difusión y créditos para “apalancar” inversiones por parte de pequeños ahorristas no sofisticados el Gobierno había permitido la apertura de nada menos que 90 millones de nuevas cuentas para operar en los mercados, los derrumbes de junio y julio desencadenaron la abrupta salida de 24 millones de aquellos. Una estampida.
El derrumbe de las bolsas de Shanghái y Shenzhen, con todo, debe ser puesto en perspectiva. En el caso de la primera, el “pinchazo” de la burbuja que representa esa caída del 40 % sigue a una valuación tan impactante como artificial del 150 % en el año precedente. Era inevitable que pasara lo que pasó. La única pregunta era cuándo sucedería.
La oportunidad estuvo dada por la difusión de una serie de datos económicos que muestran una clara ralentización de la economía china.
Si el régimen ya venía advirtiendo a la población que las tasas de crecimiento económico de dos dígitos eran cosa del pasado y hablaba de una “nueva normalidad”, con una expansión promedio del 7 % anual, las dudas se generaron cuando ni siquiera esa meta, importante todavía, podía darse por garantizada. Estos son los datos más recientes que confirman esa tendencia negativa.
- Previsiones de analistas privados que hablan de una expansión del Producto no mayor al 5 % para este año, sin que las repetidas medidas oficiales de estímulo (cinco bajas de tasas de interés consecutivas, reducción de encajes) parezcan ya suficientes para mejorar el panorama.
- Las exportaciones se desplomaron un 8,3 % interanual en julio.
- Las importaciones bajaron 8,1 % ese mes, por noveno período consecutivo.
- El dato clave del Índice Industrial de Gerentes de Compras (PMI) pasó de los 50 puntos registrados en julio a 49,7, esto es su menor nivel en tres años y ya en terreno de contracción.
Con todo, a contramano de la fase depresiva de mercados habitualmente bipolares, los analistas hablan de un “aterrizaje suave”.
“Ni por asomo estamos ante una situación parecida a la de 2008 y 2009”, aseguró Palma Cané.
“Nuestra hipótesis actual es que por ahora la situación no es de crisis sino más bien de transición, y que los riesgos mayores quizás sean políticos. China está intentando transformar su economía de una basada en la inversión en infraestructura y las exportaciones a una más sostenida por el creciente mercado interno. No es fácil lograr esta transición sin algún sobresalto, pero es un camino que China debe recorrer para lograr un crecimiento sostenido a largo plazo”, resumió López Larroy.
EL CONTAGIO: BRASIL, PRIMERA ESTACIÓN
El impacto de lo que ocurre en China, inevitablemente, se hace sentir en Sudamérica. Es que se trata del principal socio comercial de Brasil, y el comercio bilateral asciende en la actualidad a unos 80.000 millones de dólares. Es natural que, en el contexto de una menor absorción del mercado chino, nuestro vecino sufra por lo que muchos analistas se apresuran a calificar como el fin de la era de las materias primas caras. Y eso sin mencionar los proyectos de inversión comprometidos en mayo por China por más de 50.000 millones de dólares, que algunos se desesperan por ver ratificados en el actual contexto.
Mientras los mercados crujen y comienza a registrarse un “vuelo a la calidad”, multimillonarios fondos emprenden el camino de regreso a los grandes centros financieros mundiales. ¿Brasil devaluó? En un punto eso es evidente. Pero acaso, más que devaluar, sufrió pasivamente una adecuación cambiaria brusca producto de la reversión de los flujos financieros en los que basó su modelo económico a lo largo de toda la era del Partido de los Trabajadores. Al cierre de esta edición, el real cotizaba en mínimos de trece años y acumulaba una devaluación del orden del 40 %.
Pero no todo es China. Brasil, como otros países emergentes, vivió una fiesta mientras sus principales productos de exportación (hierro, granos, carne) registraban precios internacionales récord, y mientras el petróleo caro daba alas a las inversiones faraónicas en cuencas de aguas profundas recientemente descubiertas que resultaban a la vez abundantes pero de onerosa explotación.
En una saga que no es solo argentina, la paulatina declinación de los términos de intercambio fue erosionando un crecimiento que se creía garantizado. El aumento del gasto público a cuenta de la expansión por venir terminó quedando descalzado cuando viró el viento internacional. ¿Cómo podía ser de otro modo, cuando, por caso, el mineral de hierro, del que Brasil es el primer exportador mundial, cayó más de un 50 % en el último año? Cosas parecidas podrían decirse de otras materias primas vitales para una economía que, a despecho de su potencial industrial, se ha primarizado en la última década como todas las de Sudamérica.
Los años de Dilma Rousseff fueron de crecimiento nulo y la crisis política insinuada en el final de su primer mandato no solo no se atenuó al influjo de su sufrida reelección en octubre del año pasado sino que recrudeció, con demoledoras implicancias económicas.
El enfriamiento del consumo fue generando mal humor. Los gastos fastuosos para el Mundial de Fútbol del año pasado y los Juegos Olímpicos del que viene contrastaron con un deterioro fuerte de la infraestructura que realmente le cambia la vida a la gente. La percepción de una corrupción generalizada hizo finalmente eclosión con las revelaciones en capítulos sucesivos del escándalo en Petrobras, que tiene a Dilma contra las cuerdas y en peligro permanente de destitución.
Nunca es bueno llamar a la gente a pagar una fiesta ajena, y menos cuando esos excesos quedan expuestos ante los ojos de una población irritada. Los esfuerzos del ministro de Hacienda, Joaquim Levy, para aplicar un fuerte plan de ajuste no hacen más que deslegitimar a un Gobierno desdibujado.
El país está hoy en recesión técnica, el desempleo trepa ya al 8,3 % y se espera que la economía caiga más de un 2 %. La inflación, en tanto, superará el 9 % y el rojo fiscal permanecerá inalterable. El remedio de Levy no está surtiendo el efecto esperado, la impaciencia social y política crece y hasta el sector industrial comienza a olvidar sus repetidos pedidos de austeridad.
La reciente presentación ante el Congreso del proyecto de Presupuesto para 2016 fue elocuente en muchos sentidos. Por un lado, exhibió las malas previsiones económicas: caída del PBI del 0,2 % y déficit fiscal primario del 0,5 %. Por el otro, expone la debilidad política del Gobierno: al presentar por primera vez en la historia un Presupuesto con déficit (la realidad suele ir por carriles diferentes a los textos, se sabe), deja en manos del Congreso la tarea de cortar más gastos y de subir o crear impuestos. Todo luce precario y la posibilidad de una pérdida del grado de inversión ya no puede descartarse de ningún modo.
Para peor, los analistas creen que los cálculos del Gobierno son, aun en su oscuridad, mejores que los esperables. La caída del Producto, aseguran sería de al menos el 0,4 %, por lo que el agujero fiscal crecería conforme se deteriore la recaudación. El ajuste de Levy se muerde la cola.
¿Y POR CASA CÓMO ANDAMOS?
El contagio baja de China a Brasil, y de Brasil a la Argentina. Para peor, nuestro país se autoinflinge daños innecesarios, privándose, por caso, de aprovechar uno de los pocos elementos favorables que sigue brindando una economía internacional que ahora sopla mayormente de frente: la abundancia de capitales y la persistencia de bajas tasas de interés.
Aquellos males son conocidos: elevada inflación, detonación del sistema estadístico, impactante apreciación del peso, aguda escasez de reservas, restricciones cambiarias, limitaciones a las importaciones, freno de mano productivo…
Pero el tema de este artículo es el internacional. Y en ese sentido hay que consignar que, ausente el contagio financiero para un país asilado de los mercados, el impacto es netamente comercial. Las exportaciones son la única vía de “creación” de dólares para la economía argentina, y la retracción relativa de China y la absoluta de Brasil no auguran un alivio en lo inmediato por esa vía.
Sin embargo, se sabe que lo último que la gente deja de consumir son los alimentos. En ese sentido, siendo la Argentina un exportador de materias primas, es una bendición que la naturaleza le haya dado más granos que minerales. Si el petróleo perdió un 55 % en el último año y el hierro el mencionado 50 %, nuestra soja se sostuvo mejor, cayendo un 20 %.
Mientras, nuestra producción industrial sufre de la mano de la crisis brasileña, con los sectores alimentario y automotor como las principales víctimas. El comercio bilateral es hoy un 40 % más bajo que hace cuatro años y las exportaciones al vecino decrecen a un ritmo anual del 20 %.
Recojamos ya el barrilete. “China está en una clara transición, a punto de cambiar su modelo de desarrollo. Puede suponerse que la situación se estabilizará en los próximos doce a veinticuatro meses con un crecimiento de entre el 7 y el 8 %. Al Gobierno chino le quedan muchas herramientas para usar en pos de ese objetivo, desde bajar más las tasas y los encajes hasta seguir inyectando dinero”.
Si eso ocurre, a mediano y largo plazo el gigante asiático volverá a ser la aspiradora de materias primas que disfrutamos en los últimos años y un foco poderoso de inversiones al mundo emergente. Pero ahora es tiempo de soportar la tormenta.
El proceso de renovación política en Argentina suma hoy más dudas que certezas. Sin embargo, en un escenario adverso, a veces la incertidumbre es preferible a algunas certezas conocidas.
(Nota publicada en Bank Magazine).
