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Es sabido que Michel Temer opera desde hace tiempo en las sombras (y a veces a la luz del sol) para suceder a Dilma Rousseff. La carta que conmocionó ayer a Brasil marca el penúltimo peldaño hacia una ruptura que dejará a la Presidenta peligrosamente cerca del precipicio. Solo resta el anuncio formal del divorcio y el paso de los legisladores que responden a aquel a las filas del “impeachment”.
El texto no tiene desperdicio y está lleno de mensajes que vale la pena descifrar. Mensajes que delinean un perfil interesante de los modos y los fines de quien ya se sueña, evidentemente, como el próximo presidente de Brasil.
Por un lado, lo define como una “carta personal”, algo que motivó un agrio pase de facturas entre los leales a ambos enemigos íntimos: ¿quién la filtró a la prensa? Las respuestas encontradas entregan más munición para la balacera final.
En un sentido amplio, es una respuesta a los reproches que le dirigieron en los últimos días el Partido de los Trabajadores y la propia mandataria por su silencio ante el inicio del proceso de juicio político.
Dilma le metió presión varias veces, ensalzando su “lealtad”; es sabido que se pregona aquello de lo que más se carece. El lunes, ante el silencio ya insoportable de este, fue más directa: “Confío en el vicepresidente Temer como siempre confié. Siempre fue extremadamente correcto y no puedo desconfiar ni un milímetro de él”.
Contra la pared, el vice decidió romper. Así, se encarga de enmarcar su lealtad en el “artículo 79” de la Constitución. Frío… Si su lealtad es legal y no política o personal, es claro que la remoción de la Presidenta en un juicio político será tan “institucional” como aquella. Ya nada lo ata.
Temer argumenta de mil formas la “desconfianza” que siempre sintió de parte de Dilma, algo en lo que, quizás, haya que darle la derecha. Es proverbial en Brasilia el aislamiento de la mandataria, su falta de diálogo fuera de un círculo mínimo de asesores, la nula apertura y hasta el maltrato a aliados que considera de estatura inferior. Todo lo contrario del estilo cautivante de Luiz Inácio Lula da Silva y un rasgo de carácter que muchos vinculan con sus actuales problemas políticos.
Temer le recuerda que en la última convención de su partido, el del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), el mayor de Brasil, “apenas el 59,9% votó a favor de la alianza” con el PT. Él, y no otro, sería así el garante de un apoyo que mañana mismo podría desaparecer, le advierte.
Luego enumera los destratos que, asegura, soportó en digno silencio. Para empezar, el no haber sido consultado sobre las grandes cuestiones de Estado y haber sido relegado a las tareas de un mero operador para asegurar el voto del PMDB para las iniciativas oficiales en el Congreso. En principio, este parece un reclamo extraño de un funcionario que, en un sistema presidencialista, sabe que el suyo es un rol “decorativo”, algo que él, en cambio, denuncia. Pero, otra vez, algo de razón le asiste dado el peculiar funcionamiento de la política brasileña, en la que mandatarios sin mayoría legislativa siempre generan armados que conforman un híbrido casi parlamentario, un “presidencialismo de coalición”. Se supone que los referentes de esas alianzas deben tener algún tipo de influencia.
Más allá de reproches vinculados a su vanidad, como el haber sido excluido de reuniones con su par estadounidense Joe Biden, lo más medular pasa por la repetida decisión de Dilma de no ratificar a hombres suyos en distintos cargos, así como haberse deshecho de otros. Temer revela allí su entrega al toma y daca que tanto irrita a la población, confesándose como un estadista de menor estatura de lo que pregona.
Pese a todo, sigue el vice, cuando Dilma le pidió que articule la relación del Gobierno con el Congreso para lograr la aprobación del plan de austeridad, él obedeció por responsabilidad política, pese a las consecuencias de ello “para los trabajadores y los empresarios”. Temer piensa en su futuro y se despega de un ajuste que tiene otros gerentes. Pero no cuenta sus encuentros con hombres de negocios, a quienes le promete, si llega al poder, un plan económico proempresa.
Justifica las conversaciones que, como “demócrata” que es, mantiene con opositores. Las charlas apuntan, dice a “reunificar el país”. ¿Qué significará “unir a Brasil” cuando haya que votar el juicio político?
Finalmente, le atribuye a Dilma el “promover la división” del PMDB. Temer se erige en garante de la unidad de la agrupación que lidera, pero admite de hecho que este no es un verdadero partido sino una suma de facciones sin coherencia ideológica, que actúan coordinadamente solo como maquinaria electoral.
Algunos diputados, senadores, alcaldes y gobernadores del PMDB le responden a él. Otros, al “hombre bomba” que metió a Dilma en el “impeachment”, el jefe de los Diputados, Eduardo Cunha. Otros, al presidente del Senado, el todavía “leal”, Renan Calheiros; y otros, por fin, al aún influyente expresidente José Sarney.
El sitio web de Folha de Sao Paulo consignó ayer la crítica de varios senadores del PMDB a Temer, según quienes la carta revela “una actuación personal y no en pro del partido”. Estos le llevaron su queja a Calheiros, quien calificó de “infantil y desproporcionada” la misiva. El problema es que Calheiros está por caer en las garras del “Petrolão”.
Acaso dentro de un tiempo Dilma descubra que ya no le quedan caciques a los que aferrarse.

(Nota publicada en Ámbito Financiero).