Brasilia – «A partir de ahora, si me encarcelan, me convierto en héroe. Si me matan, me convierto en mártir. Y si me dejan suelto, me convierto de nuevo en presidente”. Esta es la frase que varios interlocutores le atribuyeron a Luiz Inácio Lula da Silva en las últimas horas, que pasó en esta capital. Son las palabras de un hombre que no ha perdido del todo la confianza, pero que claramente advierte que las cartas están echadas para él.
Su pelea por sobrevivir políticamente no es solo suya; es la del propio Partido de los Trabajadores. “El PT es Lula y sin él como candidato en 2018 el partido no existe”, le dijo a Ámbito Financiero el analista político Marcelo Rech, director del instituto InfoRel.
Por eso no sorprendió la propuesta que Lula da Silva escuchó el martes a la noche de boca de la presidenta, Dilma Rouseff, y ayer de nuevo de boca de varios legisladores petistas: asumir un ministerio. Para ello, hasta se barajó alguno en el área económica, la jefatura de gabinete y la Cancillería. La razón es clara: en Brasil, los presidentes, vicepresidentes, ministros y legisladores gozan de un fuero especial ante el Supremo Tribunal Federal (STF), por lo que sus actos no son perseguibles por la justicia federal. Tal movida implicaría sacarle al juez de Curitiba Sérgio Moro el caso que lo atormenta, por la supuesta recepción de coimas y dádivas de parte de grandes empresas contratistas del Estado a cambio de concesiones amañadas.
“Si eso ocurriera, sería una confesión de culpa del expresidente Lula y del propio Gobierno. En ese caso, el gabinete tendría un ministro que ya está denunciado por corrupción, lo que solo complicaría más las cosas”, le dijo a Ámbito Financiero el diputado Rubens Bueno, del Partido Popular Socialista (PPS), la segunda mayor bancada de la oposición y, pese al énfasis progresista de su sigla, hoy de centroderecha.
El propio Lula da Silva no se mostró muy convencido de la idea, pero este enviado pudo recoger durante una larga recorrida por el Congreso en esta ciudad que no cerró del todo la puerta cuando los legisladores se la llevaron. La sensación, de cualquier modo, es que tal cosa sería demasiado para su orgullo personal.
¿Qué implica, en el fondo, una iniciativa de ese tipo? Salvar a Lula de la cárcel, claro. También su carrera política y, con ella, al propio PT. “Su partido lo defiende porque no tiene otro nombre para una candidatura presidencial. Como sea, Lula sigue teniendo un piso de votos y el amor de una cantidad importante de seguidores. Lo que no está claro es que logre crecer desde allí”, le explicó a este diario el diputado Eduardo Barbosa, del opositor Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB).
Pero hay algo aun más importante. En medio de una distancia y una tensión creciente entre Dilma Rousseff y el PT, no son pocos dentro del partido los que hacen dibujos en una mesa de arena: ¿entregar la cabeza de ella para salvar la de él?
Un legislador brasileño que pidió mantener su nombre en reserva le confirmó a este enviado esa posibilidad. “El PT podría forzar la renuncia de la Presidenta, o aceptar que la destituya el Tribunal Superior Electoral por el caso de los aportes oscuros de campaña. También, en un extremo, el ‘impeachment’. El problema, que no es fácil de resolver, es que el Supremo Tribunal Federal pueda darle a Lula alguna garantía de inmunidad, aunque eso podría arreglarse”.
Entre los políticos de Brasilia circula un chiste amargo, que dice que la hora más insegura del día es a las 6 de la mañana. A esa hora es que la Policía Federal irrumpe en casas y oficinas, realiza arrestos y allanamientos. “Si uno llega libre a las 7, el día ya está asegurado”, terminan. Así viven muchos hombres poderosos hoy aquí.
Eso es lo que le ocurrió el viernes de la semana pasada al propio Lula da Silva. Una fuente de la Policía Federal le dijo a este periodista que se utilizó la orden de “conducción coercitiva” del juez Moro para realizar “un experimento”. ¿Cuánto tiempo pasaría entre el momento en que se supiera que Lula estaba bajo un virtual arresto y la reacción del PT y los movimientos sociales? ¿Cuán violenta podría ser la respuesta de estos? Ese episodio tan controvertido por su forma fue, en esa perspectiva, un ensayo general para un (no tan) futuro arresto en toda la regla. Y el resultado fue “satisfactorio”.
También Dilma vive día a día. El comienzo del trámite de su enjuiciamiento político en el Congreso depende de que el STF dirima cuál es el reglamento que se debe seguir, sobre todo el modo en que se elegirá la comisión interpartidaria que debe tratar inicialmente el caso para, una vez admitido, elevarlo al pleno. Si este vota la elevación a juicio en el Senado, Dilma quedaría automáticamente suspendida en su cargo.
El diputado Rubens Bueno recibió a este diario justo después de mantener una reunión con los ministros del STF. Estos le aseguraron, reveló, que la diferencia de criterios sobre la comisión será zanjada la semana que viene, “el miércoles o el jueves”, precisó. Dos semanas después, esto es antes de fin de mes, la maquinaria del “impeachment” podría ponerse en marcha.
Otros, como Barbosa, son más cautos. “Todo es incertidumbre aquí. La fecha del inicio del ‘impeachment’ y el mismo monitoreo de cuántos diputados votarían a favor o en contra de Dilma”. Coincidió con él su colega Jarbas Vasconcelos, hombre del Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB) pero, a diferencia de otras alas de la principal agrupación política del país, un intenso opositor. “Antes de iniciar el proceso de ‘impeachment’ contra la corrupción descontrolada del PT, tenemos que definir qué hacemos con el presidente de la Cámara”, Eduardo Cunha, de su mismo partido y que intenta, negociando con el mejor postor, salvarse de las acusaciones de coima que lo complican gravemente, recordó el pimero. “Cunha es un cínico y ya es un reo por estar procesado por la Justicia, añadió el legislador. Si Cunha cae, como todos esperan, Vasconcelos es considerado número puesto para comandar Diputados y darle celeridad al expediente de Dilma.
“Todo dependerá de lo que pase el domingo. Si salen a las calles ocho millones de brasileños para pedir la renuncia o la destitución de la presidenta Dilma, ni el Congreso ni el Tribunal Superior Electoral podrán mirar para otro lado. La presión va ser muy grande y los hechos podrían precipitarse”, aseguró Barbosa.
Mientras, el PT, que hasta estudia cambiar de nombre para eludir de algún modo el oprobio en el que ha caído, denuncia un golpe en ciernes. “La oposición nunca reconoció su derrota en las lecciones de octubre de 2014 y por eso intenta realizar un golpe institucional. No lo lograrán, pero su irresponsabilidad seguirá trayendo graves consecuencias a la economía y a la dedmocracia en este país”, señaló en diálogo con Ámbito Financiero el vicejefe de la bancada petista, Henrique Fontana.
¿Grieta? El Brasil de estos días podría darle clases a la bucólica Argentina.
