Brasil cambió de presidente, pero las revelaciones sobre hechos de corrupción no dejan de atormentar a la clase política y demuestran que el fenómeno ha ido mucho más allá del defenestrado Partido de los Trabajadores. En concreto, las sospechas vuelven a salpicar al Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB) del nuevo presidente, Michel Temer.

La información, como siempre convenientemente filtrada por los investigadores, fue publicada por Folha de Sao Paulo, un hecho que hay que observar con curiosidad. ¿Ahora que Dilma Rousseff fue destituida -por las “pedaladas fiscales”, recordemos, no por corruptelas-, las cloacas descubiertas por la operación Lava Jato seguirán emanando mal olor o serán cerradas a cal y canto para evitar daños mayores a la clase política? El mensaje de los investigadores y de una parte de la prensa es que el tren sigue en marcha y que va a ser muy difícil de frenar.

En concreto, Folha divulgó una investigación de la misma Policía Federal que ya se le había salido de control a Dilma, actuando como brazo activo de los fiscales y jueves de la Lava Jato. La información indica que el PMDB y al menos cuatro de sus senadores habrían cobrado coimas vinculadas a la construcción de la usina Belo Monte, en el estado de Pará. Dado los fueros que protegen a los legisladores, la causa se tramita ante el Supremo Tribunal Federal.

Actuando como arrepentido de la Justicia, el expresidente de la constructora Andrade Gutierrez, Otávio Marques de Azevedo, dijo, con la esperanza de una reducción de su pena, la obra supuso el pago de coimas por el 1% del valor total, esto es 134 millones de reales sobre un monto de 13.400 millones (40,85 millones y 4.085 millones de dólares, respectivamente, al cambio actual).

Lo llamativo, explicó otro delator, Flávio Barra, de AG Energia según Folha de Sao Paulo, es que una parte significativa de los sobornos se canalizó como donaciones oficiales a diferentes partidos.

El partido de Temer quedó entonces implicado por dos vías: por un lado, por la falta de control del entonces ministro del área, Edison Lobão, designado por el PMDB; por el otro, por las llamativas donaciones de 159 millones de reales (más de 48 millones de dólares al cambio de hoy) que las compañías que conformaban el consorcio Belo Monte le entregaron para las campañas de 2010, 2012 y 2014.

El PMDB hiede desde hace mucho. Las acusaciones de corrupción contra sus miembros más encumbrados son muchas, desde el expresidente de la Cámara de Diputados, Eduardo Cunha, y el actual titular del Senado, Renan Calheiros. Que esta denuncia involucre a cuatro de los jueces que se deshicieron de Dilma la semana pasada añade un tinte tragicómico más a la saga.

También Temer ha sido señalado. Marcelo Odebrecht, expresidente de la constructora homónima y condenado en primera instancia a 19 años y cuatro meses de prisión, le dijo a la Justicia en calidad de “arrepentido” -aportando datos, se descuenta- que el entonces vicepresidente le había pedido donaciones en negro para sus aliados políticos en 2014.

¿Por qué esto no generó una ola de indignación tal que inviabilizara su acceso al poder? Porque la atención de los medios más grandes a la corrupción del PT es más obsesiva que la que le toca a la nueva coalición, y porque el establishment brasileño, tanto político como empresarial, se rompe la cabeza buscando el modo de hacerles entender a los magistrados de la operación Lava Jato que ya es suficiente, que ya cumplieron con su rol histórico.

El problema es que estos, junto con sectores de la Policía Federal y la Procuración General de la Republica, no entran en razones. Y que en la prensa no todo se controla.

Bienvenido a Brasil, lector. El país de la crisis perpetua.

(Nota publicada en ambito.com).