Nueva York – Varias veces nos ocupamos de Donald Trump en esta columna. Alguna para decir que, aunque las encuestas lo ningunearan, definitivamente había que tomarlo en serio. Otra para preguntarnos si había sido prudente la decisión del presidente Mauricio Macri de apoyar abiertamente a su rival en la campaña estadounidense.

Sí, había que tomarlo en serio. Y ahora más que nunca, dado que no solo será presidente de los Estados Unidos desde enero próximo sino porque su agenda incluye la pretensión de dar nueva forma al mundo.

Y sí, Macri podría haberse ahorrado un comienzo áspero con él. Ya habrá tiempo para curar las heridas.

La elección de Donald Trump implosiona, a priori, el modelo argentino de inserción en el mundo. Sí aquel cumple plenamente con sus promesas, lo que no es del todo seguro, todo se debería hacer más cuesta arriba. Los capitales financieros serán más cautos para ofrecerse a un país que, por ahora, solo cubre con ellos un enorme rojo fiscal. Las inversiones productivas tampoco harán de la Argentina su prioridad. Y la visión de un acuerdo de libre comercio entre el Mercosur y Estados Unidos, esbozada por el ministro Francisco Cabrera, sería inviable con el proteccionista Trump.

Con todo, la Argentina tiene condiciones para fungir de socio en una región donde Trump tendrá muchos más rechazos que bienvenidas. Su agenda para América Latina parece reducirse a separar a su país de México con un muro, a expulsar a mansalva a inmigrantes sin papeles y a dar por tierra con cualquier conato de libre comercio. Sin tener siquiera un equipo de especialistas en relaciones exteriores visible, la región es en la mente de Trump lo más lejano que puede imaginarse.

Pero por lejos que se esté, nadie saldría ileso de una política que amenaza con desatar una guerra comercial con China, una cascada de devaluaciones competitivas y sabe Dios cuántas calamidades más.

Ahora bien, ¿cumplirá con sus promesas?

El mérito de Trump fue haber convertido una masa de ciudadanos dejados indolentemente atrás por el sistema en una fuerza electoral cohesionada y capaz, por primera vez, de tomar el poder. “Siempre hubo un sector de blancos autoritarios, pero hasta ahora no habían encontrado la oportunidad de coordinarse y tener a un demagogo como su campeón”, le dijo a este periodista el especialista en política estadounidense de Columbia University Robert Erikson.

Nada de lo ocurrido se puede entender sin mencionar los abismos de la sociedad estadounidense, más sorprendentes en la medida en que es la más opulenta del mundo. La decadencia del “sueño americano”, la convicción de que el esfuerzo personal es una garantía de éxito en una tierra de oportunidades y de que cada generación vivirá mejor que la precedente, es antigua. Data, por poner una fecha arbitraria, del shock petrolero de 1973, que marcó en buena medida la crisis definitiva del Estado de bienestar de posguerra.

Aquel sueño es hoy un recuerdo vago. Repasemos algunas estadísticas:

  • El 1% más rico de los estadounidenses capta (según datos de 2013) el 21% de la renta nacional, contra el 8,9% de 1973. Así, en la actualidad, su ingreso promedio supera en 38 veces al del 90% de los estadounidenses.
  • La desigualdad es tal, que el debate político ya no gira siquiera en torno a los ingresos de ese 1%; ahora se habla del 0,1%. Este minúsculo sector se queda con el 4,9% de “la torta”, frente al 0,8% del 73. Su ingreso promedio es 184 veces superior al del 90% de la gente.
  • Así, la clase media representa hoy menos de la mitad de la sociedad, lo que marca una retracción de 12 puntos con respecto a los años 70, de acuerdo con el Instituto Pew.

El discurso de Trump hizo eje en esa decadencia y presentó, como alternativa, el regreso a un pasado dorado. Una utopía. El problema es que, en tiempos de elecciones, una utopía es mucho más que el vacío que le ofreció Hillary Clinton a esos Estados Unidos largamente insatisfechos.

Donald Trump es un empresario. Es un elusor (si no evasor) confeso de impuestos. Propone terminar con las regulaciones. Promete bajarles los impuestos a los ricos y a las grandes corporaciones. Difícilmente sea el populista con el que se entusiasman algunos en la Argentina.

Es, en definitiva, un representante icónico del “0,1%”, que el año pasado se opuso a un aumento del salario mínimo congelado en U$S 7,25 por hora desde 2009.

Donald Trump tiene, en efecto, dos rostros. Pronto se empezará a saber cuál es el verdadero. Usted, lector, haga su apuesta.

(Nota publicada en el diario Río Negro).