De repente, el mundo parece romperse en mil pedazos. Por lo menos el mundo de los procesos de integración, que tomó forma tras la ruptura del último paradigma precedente, el que ordenaba todo (bien, mal, ese es otro tema) en torno al clivaje capitalismo-comunismo.
Caído “el” muro, la integración económica era en los años 90 la norma y el entonces exitoso modelo europeo, la referencia. El Mercosur y el TLCAN (Tratado de Libre Comercio de América del Norte) fueron exponentes destacados de una moda que parecía hacerse tendencia.
El panorama hoy es muy diferente. La propia Unión Europea, el gran paradigma, acaba de sufrir un desgajamiento doloroso con el “brexit” del Reino Unido y puede que otros países sigan el mismo camino. Algo poco sorprendente tras varios años de crisis económica y de sostenimiento forzado de una unión monetaria que deja sin esperanza a los miembros menos competitivos.
El Mercosur, en tanto, naufraga entre conflictos ideológicos y economías en crisis.
Donald Trump liquidó a sola firma el Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP) y se dispone a clavarles un puñal al TLCAN y a México. Otro muro, esta vez en la frontera de EE.UU. con ese país, será pronto el símbolo de un nuevo cambio de era.
¿Cómo nos explicamos esto?
Básicamente, recordando que no hay proceso de integración que funcione sin crecimiento económico y sin una perspectiva de desarrollo. La UE y nuestro Mercosur son ejemplos acabados de esto.
Pero hay algo más de fondo. La globalización no es un fenómeno nuevo y, si no nació con la Revolución Industrial, al menos tomó con ella mayor velocidad, tanto que, aun sin esa etiqueta, fue el concepto subyacente en los desarrollos de los economistas clásicos, de Smith y Ricardo a Marx. La explosión tecnológica de los 90 impuso definitivamente el imperio de las finanzas. Con este, la dosis de globalización se hizo demasiado alta, con esquemas económicos cada vez más avaros en el reparto de la riqueza.
Como el “brexit” y los nacionalismos europeos, el fenómeno Trump es hijo del grito contra la globalización. Mientras, México se aferra al TLCAN, esto es al libre comercio y a la globalización de la producción. Curioso: tras veintitrés años de vigencia plena, casi la mitad de los mexicanos sigue viviendo en la pobreza. ¿Sirvió para algo diferente que para oxigenar la tasa de ganancia de las multinacionales?
Cuando la globalización aprieta, los pueblos se refugian en un viejo conocido: el Estado nación. Y así será mientras este sea el escenario excluyente de la acción política y el voto solo rija (al menos medularmente) dentro de sus fronteras.
El Estado nación puede haber perdido su viejo sitial y verse obligado cada vez más a compartir poder con actores corporativos, supranacionales y ONGs. Pero dista de estar muerto.
