La Argentina sincerará la semana próxima un conflicto social que estaba latente pero no terminaba de expresarse. Las clases no comenzarán el lunes, como estaba previsto, debido al conflicto entre los tres estamentos del Gobierno macrista (Nación, provincia de Buenos Aires y Ciudad Autónoma) con los docentes. Y el martes, cientos de miles de trabajadores, formales y precarizados, harán sentir su reclamo en la calle ante una realidad más dura que lo que muchos temían pero que, probablemente, no haya mostrado aún sus aristas más filosas.
Acaso desde ciertos sectores oficiales se tema mucho, incluso excesivamente, esos conatos de protesta. No puede entenderse de otro modo lo que se ve en estos días en los medios de comunicación, tema que motiva estas líneas y que se desarrollará un poco más adelante.
Que la provincia de Buenos Aires no tiene margen presupuestario también es cierto, tanto como que eso no es culpa de María Eugenia Vidal ni de ninguno de sus antecesores. Con la excepción de Alejandro Armendáriz, quien en tiempos de Raúl Alfonsín consintió que el distrito fuera el eterno perdedor de un reparto de impuestos coparticipables absurdo. En estos tiempos en que se habla mucho y con razón de nefastos legados peronistas es bueno recordar también ese perdurable desatino radical.
No conozco personalmente a Roberto Baradel ni puedo estar seguro de la pureza de sus acciones. Pero hay algo concreto: el conflicto docente se nutre de la decisión oficial de ofrecer un aumento salarial que en el mejor de los casos compense la inflación del año en curso, sin tomar el cuenta lo perdido en 2016. Lo perdido en 2016, sí, y ninguna alquimia estadística que pretenda que un docente del conurbano pueda hacer las compras en la provincia de San Luis cambiará esa realidad.
Pese a eso, es evidente que en los medios y programas que por convicción o conveniencia defienden acríticamente al macrismo se ha lanzado una campaña de demolición de su figura, una ofensiva por quebrar un movimiento de queja que erróneamente se supone producto de un liderazgo personal y no de una inquietud de bases. ¿Quién es Baradel? ¿Hizo paros durante la era K? ¿Trabajó alguna vez como docente? ¿Ser preceptor es hacer docencia? ¿Estudió algo? ¿Dónde, con qué notas? Cosas por el estilo se leen y se escuchan en estos días absurdos.
No soy afecto a hacer periodismo de periodistas. No me gusta, me genera temor a ser injusto. ¿Conozco exactamente si lo que mueve a ciertos colegas es la convicción o el interés? Puedo presumir cosas en cada caso, pero prefiero callar ante lo que no puedo probar. Diferente es constatar lo flagrante. Y muchas veces con lo flagrante basta y sobra para emitir un juicio fundado.
En la TV de estos días se ve a panelistas de un programa “entrevistando” a chicos de colegio, buscando sonsacarles algún resentimiento con los maestros que los privarán de ir a la escuela. Para eso se los aprieta, se los chicanea, se les miente afirmando que el paro va a durar tres semanas.
También “se desnudan” los vínculos de Baradel, una nadería barata que solo es el soporte formal para exhibir en cámara durante un buen rato los nombres y las fotos de su esposa y sus hijos. No se le achaca ningún delito, nada sospechoso. Solo se busca mostrar eso, la familia.
¿Será esta la forma en que se logra gobernabilidad en la Argentina? ¿Explicará esto el acompañamiento llamativo, la sospechosa «racionalidad» y moderación de algunos dirigentes flojos de papeles? Si esto es lo que se muestra públicamente, da miedo pensar lo que se puede llegar a decir en reuniones reservadas.
Ese Baradel acosado es el mismo que muestra los mails en los que se amenaza de muerte a sus hijos y nietos (ver ilustración adjunta). Esa mención a sus nietos es un detalle da cuenta de un cierto conocimiento de su vida. Baradel, dijo el Presidente, “no necesita a nadie que lo cuide”.
Conmociona tanta brutalidad, al punto de que 678 en cualquier momento va a ser confundido con un bucólico programa de la BBC.
Siempre el antikirchnerismo le achacó a ese producto el “escarchar” a periodistas y políticos. Era cierto que sesgaba sus informes y comentarios, pero al menos tenía la virtud de mostrar a los diferentes personajes en conflicto consigo mismos, archivo mediante. El recurso, de cualquier manera, también exponía, atizaba formas de rechazo o violencia social que no debían ser toleradas. Pero lo de hoy es peor.
No me gusta el periodismo militante. La sola expresión es un oxímoron. El periodismo apunta a informar, a dar cuenta de noticias socialmente relevantes. La militancia es otra cosa, válida pero diferente. Respeta jerarquías, lógicas de construcción de otro tenor. También hay jerarquías en el periodismo, claro, pero el profesional que se precie de tal debe plantear con ellas una pelea cotidiana para ganar espacios de libertad, no de obediencia. Se trata de lógicas diferentes.
Sin embargo, si tengo que elegir entre periodismos militantes de diferente tipo, prefiero la honestidad del que se presenta como tal, que no busca engañarme travestido de independencia.
La Argentina no logra deshacerse de un gen fascista que hizo erupción en varios momentos de su historia, con los malditos años 70 y 80 como recuerdo más fresco. No hay caso. Tengo ya 49 años y me voy quedando sin la esperanza de vivir en una sociedad más tolerante. Ojalá que mis hijos puedan.
Siempre es bueno recordar lo que uno fue cuando era joven, tenía ideales, era más puro y mejor. Conocía pero más de lejos el cinismo. Rechazaba, como debe hacerse, esa estupidez de gente vetusta que asocia idealismo con juventud y con ignorancia. Hay que recordar, seguir siendo lo que uno fue, cada vez mejor, con más conocimientos pero con la misma esencia.
¿Para hacer ese tipo de cosas es que abrazamos una vez esta profesión? ¿Para apretar gente? ¿Para meter miedo al que ve cómo su familia es amenazada de muerte? ¿¡Por una paritaria!?
Somos una república sin republicanos. La idea de república es aquí, tristemente, solo un arma arrojadiza contra el prójimo, un concepto útil para revestir de virtud el mero recurso a la guerra. Con los excesos de cada era, de la actual, de la kirchnerista, de la menemista, de la militar… solo nos aseguramos de revigorizar viejos fantasmas. Todo pasa, no hay eras políticas eternas. Y la Argentina, cómoda en una prehistoria que no deja nunca registro de sus infortunios, repite eternamente sus ciclos, eso sí, cada vez con una carga mayor de resentimiento.
Volvió el periodismo de guerra. O acaso nunca se fue. El drama es que la guerra se pone cada vez más sucia.
