Cuando pase el temblor y la Argentina elija un nuevo presidente (o ratifique al actual), los problemas del país, lamentablemente, seguirán siendo los mismos. Más allá de condicionantes que ya pueden anticiparse, como la reedición de un Congreso sin mayoría y más polarizado y como el lastre de la deuda pública, el mayor desafío del futuro gobierno para afianzar su autoridad será sacar al aparato productivo de la parálisis. Como siempre, el agrícola es el primer sector que se observa para proyectar un ciclo expansivo, pero en esta ocasión varios factores amenazan con frustrar esa posibilidad, desde la propia incertidumbre electoral hasta una señal insuficiente de precios internacionales, pasando, claro, por el mayor temor del sector: que la necesidad de sostener el ajuste fiscal lleve a una nueva vuelta de tuerca sobre las retenciones a las exportaciones.
De hecho, el campo fue la gran apuesta del gobierno de Mauricio Macri para transitar este año áspero. La cosecha total de la campaña 2018-2019, del orden de las 145 millones de toneladas, revirtió con un alza productiva del 30% el mal paso de la sequía de la campaña anterior y marcó un récord histórico. Pero el campo no puede a salvar al país por sí solo: aun con esos números y con un par de sectores más que se salvaron del colapso, como el turístico y el de servicios financieros, la situación duele.
Para la próxima campaña se esperan nuevos récords en trigo y maíz, así como una cosecha importante de soja. Si bien el nivel de producción general seguirá siendo satisfactorio, el piso alto limitará la generación de una sensación de crecimiento fuerte.Y es justamente el cultivo estrella, la soja, el que concentra más dudas.
Por un lado, pesa la incertidumbre electoral, ya que se sabe que el sector, al menos en sus eslabones productivos de mayor escala, es hostil a la ex presidenta Cristina Kirchner, a quien las encuestas muestran como una alternativa muy competitiva.
Para la próxima campaña se esperan nuevos récords en trigo y maíz, pero se sabe que la apuesta grande es a la soja. Y allí aparecen las dudas.
En el sector repiten un clásico: el productor no va a dejar de apostar. Sin embargo, el cronograma electoral juega parcialmente en contra. La soja de primera, que da cuenta de entre el 35 y el 40% del total, se siembra entre fines de septiembre y fines de octubre, es decir, antes de que se vote. La de segunda, que supone el 60 a 65% restante, se siembra después de la cosecha de trigo, en la segunda mitad de diciembre y la primera de enero, ya con el nuevo presidente instalado.
En vinculación con lo político, hay que señalar como un elemento de atención la falta de certezas sobre el tipo de cambio de los próximos meses: si bien un dólar más alto alienta a los exportadores, en el corto plazo también encarece los costos de insumos clave.
En segundo lugar, los precios internacionales de la oleaginosa tampoco ayudan. En el último tiempo, la cotización en la Bolsa de Chicago ha serpenteado alrededor de los 300 dólares por tonelada, llegando incluso a bajar de ese valor, el menor en una década.
Analistas del sector no descartan que en 2020 haya un reacomodamiento parcial de los precios, pero no apuestan demasiadas fichas a ese escenario. Es que ese futuro depende de factores hoy imposibles de ponderar, como el desenlace de la guerra comercial entre Estados Unidos y China, la posibilidad de que los productores de maíz destinen parte de sus campos a la soja (lo que tendería a deprimir más el precio) y hasta problemas sanitarios en el país asiático.
El conflicto comercial, agravado en los últimos días por Donald Trump a punta de tuits, tomó a la Argentina a contra pierna, sin porotos de soja suficientes para exportar y aprovechar un cierto desvío de comercio a expensas de Estados Unidos; el excedente ya había sido absorbido por la industria procesadora local, cuya capacidad de molienda es muy amplia. Pero eso terminó siendo, a su vez, un inconveniente dado el brote de peste porcina africana en China, que diezmó en un 30% la población de cerdos de ese país y redujo en alrededor del 25% las importaciones de harina con la que se los alimenta.
Proyecciones internacionales indican que China, cuya demanda de soja venía superando ampliamente las 100 millones de toneladas anuales, tal vez no llegue a comprar 85 millones en 2020. La recuperación, se teme, puede tomar un par de años.
“Las cosas no van a ser fáciles en 2020 porque el productor viene de haber sembrado con una expectativa de precio que estaba entre 80 y 100 dólares por encima del actual”, le dijo a Letra P una fuente del sector. “En general se ve un panorama bastante flojo para los commodities. ¿Puede haber un rebote de precio? Puedo haberlo. Pero es dudoso que el mercado esté en condiciones de rebotar 100 dólares”, agregó.
Más allá de lo anterior, en tercer lugar, el ángulo que más preocupa es el tributario. El secretario de Agroindustria, Luis Miguel Etchevehere, volvió a salir al cruce esta semana de versiones sobre un retoque al esquema, al afirmar que “fue un rumor que no sé de dónde salió”. A esta altura cabe preguntarse quién será el que alimenta esa usina persistente.
Lo que pasa es que, dadas las necesidades fiscales que devienen del plan de déficit cero aplicado con la bendición del Fondo Monetario Internacional (FMI), los analistas creen que el próximo presidente, sea Cristina, Macri o Roberto Lavagna, va a aumentar las retenciones. Además, eso se debe a que, a diferencia del trigo y el maíz, que tienen un componente importante de consumo doméstico, el “yuyito” es un producto netamente de exportación.
Dadas las necesidades fiscales que devienen del plan de déficit cero aplicado con la bendición del Fondo Monetario Internacional (FMI), los analistas creen que el próximo presidente, sea Cristina, Macri o Roberto Lavagna, va a aumentar las retenciones.
El esquema en curso, que suma a la alícuota fija del 15% una imposición de $4 por cada dólar exportado, ya está diluido por efecto de la suba de la divisa estadounidense y la inflación.
¿Habrá lifting, entonces? He ahí el gran desvelo.
